EN HOMENAJE A FERNANDO FERNÁN GÓMEZ : UNA NUEVA MIRADA SOBRE ” LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO”

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La derecha española está librando una ofensiva  ideológica. A ello hay que sumar la voluntad de “revancha” que la lleva caracterizando contra todo aquello y aquellos que le han sido por tradición hostiles, en especial el mundo de la cultura. Los ataques del Ministro de Hacienda, un tal Cristóbal Montoro, contra el cine español es un ejemplo elocuente. Como si fuese poco, la  Alcaldesa de Madrid, también una tal Ana Botella Serrano, se empeña en sumarse a la empresa a través de  su manifiesta intención de retirarle al Centro de Arte Dramático situado en Plaza Colón de Madrid  el nombre de Fernando Fernán Gómez.  Cada uno tiene la ideología  y el nivel intelectual que tiene y en el caso de los dos energúmenos ya se sabe cuáles son.

Más allá de ironías, no cabe duda que la decisión de la Botella ( si es que se confirma), no deja de ser un insulto a la inteligencia, como también a nuestra historia intelectual y cultural, sobretodo al pretender “desmemorizar” en el espacio público a una figura tan excepcional como la del escritor, dramaturgo, cineasta y actor Fernando Fernán Gómez. En respuesta a la sandez y la poca ( o mejor dicho, ninguna) vergüenza que define a esta extrema-derecha que gobierna en Madrid y de la que la señora Botella parece erigirse en el gran icono, yo quisiera en mi post de esta semana tener un gesto de homenaje con el que me parece que fue uno de los grandes intelectuales españoles que dio la Transición. Hombre polifacético, con una basta trayectoria cinematográfica como actor y director y  con una producción literaria y teatral ella también muy diversa, Fernando Fernán Gómez fue una referencia para muchos y por variados motivos, a la vista de la propia multidimensionalidad de su  carrera.

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Obvio resulta que cada uno puede apropiarse  de la figura de Fernando Fernán Gómez  según sus gustos cinematográficos , literarios o teatrales y de acuerdo con la etapa de la carrera de éste con la que más identificado se siente. Es sabido que  por basta que sea la producción de un artista o de un intelectual, siempre lo vinculamos a  los aspectos determinado que con más  fidelidad  responden a nuestras inquietudes. De esta manera, se revela evidente que no hay un sólo Fernán Gómez, sino varios y esto por mucho que su personalidad y trayectoria hayan gozado de cierta cohesión y unidad como intelectual y artista progresista y comprometido.  A título de inciso, quisiera decir que ” mi” Fernando Fernán Gómez como actor es el de ” La lengua de las mariposas“, magistral novela de  Manuel Rivas  y llevada al cine por  José Luis Cuerda en 1999, donde interpreta el papel de Don Gregorio, un maestro republicano en la Galicia rural  y en los albores de la Guerra Civil.  Como autor teatral, desde luego mi gran referencia es ” Las bicicletas son para el verano” : una obra estrenada en 1982 que se llevó el merecido galardón del Premio Lope de Vega  y de la que el director Jaime Chavarri nos volvió a brindar una singularl versión cinematográfica en 1984, con un reparto de excepción y unas interpretaciones sobre las que sólo pudo señalarse su excelencia. En medio del desconcierto que me produce esta reaccionaria derecha nuestra, siempre traicionada por su subconsciente franquista y de la indignación que a mi, como a muchos otros, nos ha llegado a producir la decisión de  Botella,  tuve el hormiguillo de volverla a mirar este mismo fin de semana, entre la pasión intelectual y la nostalgia, pero desde luego desde el convencimiento de que se trata de una de  las obras más  maestras de las últimas décadas.

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Obra centrada en el periplo de una familia de clase media de adscripción republicana. Es evidente que, en retrospectiva, el drama aborda el sentir de esas minoritarias clases medias más o menos “ilustradas” que han depositado todas sus esperanzas en el proyecto de la Segunda República. Más allá del núcleo duro en el que se centra la trama, los restantes personajes encarnan a la perfección las divisiones en la sociedad española de los años 30, los prejuicios de unos y las aspiraciones de otros, configurándose al mismo tiempo el imaginario de las “Dos Españas” y esas futuras fronteras entre “Vencedores” y “vencidos”.  

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La historia empieza en Julio de 1936, coincidiendo con el mismo día en que es asesinado el Teniente del Castillo y en el que dos adolescentes que están empezando a descubrir la sexualidad  bromean y frivolizan sobre la guerra. Mal estudiante y con aficiones literarias y poéticas,  Luisito ( Gabino Diego) parece querer ( sin en realidad saberlo) cumplir los sueños de su padre, Don. Luis, ( Agustín González) que tuvo que renunciar a sus aspiraciones como autor teatral para acabar convirtiéndose en el apoderado de un importante negocio de vinos.  Luisito  va descubriendo poco a poco el pasado de su padre y esos sueños suyos que se han quedado en el olvido y del que son símbolo la multitud de libros guardados en el desván de la casa.  Enamorado de otra adolescente como él, pretende que su padre le compre un bicicleta para el verano para así poder pasear a la chica en ella, comprometiéndose con Don Luis a aprobar la asignatura de física que le ha quedado para septiembre y cuyo suspenso atribuye a las ideas republicanas de su familia. Su padre accede, convencido que todo volverá a la normalidad en ese mismo septiembre y que su hijo cumplirá con su compromiso. Los acontecimientos que suceden al 18 de Julio aplazarán a jamás la compra de aquella bicicleta. La vida de todos en efecto irá cambiando, a medida que los sueños  y las aspiraciones de futuro empiezan a verse frustrados por la guerra.

A lo largo del drama, el hambre, las necesidades, el desconcierto, la pena y la renuncia van tomando el relevo de todas las esperanzas en el futuro. Las  de la  hermana mayor, Manolita,( Victoria Abril)  que  aspira a ser actriz y que, finalmente embarazada de un miliciano caído en el frente, terminará cansándose con  Julio,  ( encarnado por Carlos Tristancho)  un chico de pocas luces del que sin embargo Manolita se irá encariñando antes de morir   en un bombardeo.  En la de Doña Dolores  la mujer de Don Luis, que de repente se ve abocada a lidiar con todos los problemas cotidianos y una serie de cambios en la familia que se entremezclan con la desesperación de los acontecimientos trae consigo  la guerra. A pesar del optimismo de Don Luis, que intenta mantener  el buen humor, la ironía y el sarcasmo  más allá de las adversidades de una contienda  que está durante más de lo previsto y de la propia  ingenuidad de Luisito, que al mismo tiempo que va descubriendo su sexualidad en una relación con María, la criada de la familia ( Patricia Adriani) sigue soñando con esa bicicleta y con sus aspiraciones de escritor, la desmoralización les va ganando a todos. En  especial a Doña Dolores, desesperada por las necesidades y el hambre que está pesando su familia, y a la propia Manolita, que ve cómo va teniendo que renunciar a sus sueños.  Ya agotados por  las penurias de la  guerra, todos esperan que llegue la paz y las cosas vuelvan a la normalidad.

Cada obra cinematográfica posee su toma más magistral y no cabe duda que este caso, la que más llega a las vísceras del espectador es aquella  que se desarrolla en la cocina y en la que, a instancias de Doña Dolores,  todos empiezan a debatir e indagar sobre la misteriosa merma del contenido de la olla antes de ser servida en la mesa. Tras lanzarse mutuas acusaciones sobre quién se está comiendo las lentejas, llega el momento de la verdad.  Avergonzados, uno a uno va confesando  haber comido dos o tres cucharadas de las lentejas que estaban en la olla, simbolizando la escena la miseria, el hambre y la desesperación que está generando en ellos una guerra interminable. Abatida, Doña Dolores apela a la paz y que a todo acabe de una vez por todas.

El triunfo de los ” Nacionales” torna a frustrar sus aspiraciones de recobrar la vida que habían tenido antes de la guerra y va ser para ellos el tiempo de la humillación de los “vencidos”  y de la revancha de los ” Vencedores”. Perseguido por la amenaza de la cárcel a raíz de sus ideas republicanas, Don Luis le anuncia a su hijo que va a tener que renunciar a bastantes de sus aspiraciones, al tenerse que plantear la posibilidad de hacerse cargo de la familia trabajando como recadero y que la bicicleta que le había prometido antes de la guerra sea para otra cosa bien diferente que para un feliz verano, que sabe Dios si volverá algún día. Al igual que como sucedió con su padre Don Luis, que en un acto de sinceridad reconoce su sueño de juventud de parecerse a Maxim Gorki, todo deja a entender al final del drama de que  Luisito va a tener que pasar por las mismas renuncias que Don Luis.

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                              Las teorías post-modernas  sobre la desconstrucción y la muerte del autor que se han venido inspirando del post-estructuralismo nos han recordado la función de la subtextualidad y la propia diversificación de los procesos de hermenéutica literaria En esa lógica, la obra de Fernando Fernán Gómez es susceptible de múltiples  interpretaciones y apropiaciones, siempre dentro de unos estrechos márgenes, pero  desde la subjetividad y la forma de leer y de mirar del lector o del espectador.  Por mi parte y desde mi “hermenéutica”, he considerado desde la primera vez que la vi que  “Las  bicicletas son para el verano” es  un excelente testimonio sobre los sueños de esa sociedad avanzada y progresista de la Segunda República cuyos valores quedan encarnados en la propia familia de Don Luis.  Las partes más desconcertantes del drama se mezclan por momentos con cierto toque de humor  aportado por Doña Marcela ( encarnada por la entrañable Aurora Redondo) y Doña Antonia ( Alicia Hermida) , la madre de Julio.  Incluso los partidarios de los ” Nacionales”  , simbolizados en la casera Doña María Luisa ( Marisa Paredes) , no dejan de exteriorizar su parte más humana.  A través de los personajes centrales , el drama no deja de transmitir una conmovedora moraleja sobre cómo las circunstancias  de la vida pueden llevar a ésta por senderos no previstos . En suma, cómo  los individuos pueden ver convertida su existencia en algo muy diferente a lo que esperaba. Qué duda cabe que  ” Las bicicletas son para el verano” se inserta en la mejor tradición del género realista, donde las cuestiones políticas y sociales se entremezclan con  las angustias, las frustraciones y las amarguras personales.

Bien mirado, estoy por preguntarme si la derecha  pretende retirarle el nombre de Fernando Fernán Gómez al teatro no sólo por motivos ideológicos evidentes, sino con la clara intención de querer ocultar lo que esta misma derecha le quitó a este país aquel fatídico 18 de Julio de 1936 y que es precisamente de lo que parece hablar una obra tan excepcional y magistral como ” Las bicicletas son el verano“.

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