“EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” : REFLEXIONES SOBRE LITERATURA, PERSONAJES Y REALIDAD HISTÓRICA

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El tiempo entre costuras   de María Dueñas está siendo uno de los iconos  literarios más significativos de la última  década.  Éxito editorial en el que la autora ha sabido combinar el olfato  comercial y la excelencia de la prosa, no cabe duda que  El tiempo entre costuras es una pieza que merece cierto interés dentro de la historia cultural contemporánea . Esto  por haber sabido reunir virtudes inscritas en dos mundos diferentes : las exigidas en el marco  de la cultura de masas ( por lo tanto la capacidad de empatizar  con un público diverso  en la manera de leer y hermeneutizar los textos)  y las impuestas  en el universo académico ( evitando así de caer en los vicios de esa efímera literatura de kiosko que abunda en las librerías). La prueba está en que la tradicional hostilidad de la que es objeto la literatura comercial  en el ámbito de la teoría y la crítica literaria y entre el lector “culto” no parece haberse manifestado con la firmeza  que lo ha hecho en otros casos. Es evidente que desde ” Nada” de Carmen Laforet, no se ha producido un fenómeno similar y que la obra de Dueñas marcará toda una época.  Los contextos históricos son, claro está, muy diferentes y el lado enigmático de la joven Laforet , aborrecedora de la vida pública, contrasta con la imagen que ofrece María Dueñas, mucho más inscrita en esa sociedad de la información en el que la proyección mediática es inherente al éxito de un escritor.   

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La pujante literatura comercial de los últimos años es un producto no sólo del cambio de rumbo de las políticas de los sellos editoriales ( sometidos a una competencia salvaje en el mercado de las ofertas culturales), sino también un reflejo del propio proceso de democratización cultural de una sociedad para la que los canales de acceso a la lectura se han multiplicado, relegando a un segundo plano los privilegios de la opinión “sabia” o académica. En ese sentido no hay razón para ponerla en el ojo del huracán y al margen de que a menudo contribuya a catapultar obras de pésima calidad y  proyectar, ( sobre todo gracias al machaque de los medios de comunicación) a autores y autoras muy cuestionables. Aún así, las formulaciones  críticas a la literatura  popular , que siempre vinculó la masificación de los productos culturales a su vulgaridad estética, merecen una relativa revisión en la medida que debe insistirse en que algunas obras no son por doquier sospechosa en su calidad y belleza por el simple hecho de salir de los muros de la academia.  La obra de Dueñas es un ejemplo de que la popularidad mediática no es incompatible con la excelencia literaria.

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La propia forma que tiene El tiempo entre costuras  de tratar  el contexto narrativo parece representar también toda una inflexión . Los  periodos históricos de la Guerra Civil y de la posguerra han sido generalmente abordados desde los paradigmas de la tradición literaria inscrita en las corrientes del  realismo y la consecuente carga de critica política y social ( sutil en el caso de los años 40 y 50 y en la difícil realidad de la dictadura ) y abierta, directa e ideológicamente militante en toda la producción perteneciente al tardo y posfranquismo. La miseria material, la desmoralización, el desconcierto y el imperio de personajes dolidos y atormentados ha sido la tónica dominante en las obras literarias, la producciones cinematográficas  y las representaciones teatrales inspiradas en este periodo histórico.  El universo de los “vencidos” y  los desheredados  dominó e hizo en gran medida la singularidad de esta tradición realista y neorrealista.  En los últimos años la obra  Pa Negre es la que mejor ha sabido inscribirse en ese espíritu de crítica y denuncia social. Frente a esta tradición narrativa, parece  que María Dueñas, con el cuidado político de no caer en la frivolización y banalización de nuestra realidad histórica más dramática, ha recreado nuevos universos que le han dado un toque de originalidad tanto a la novela como a la serie televisiva. Dominado por el mundo de la moda, el lujo, el glamour y la ostentosidad de las clases adineradas y las altas esferas del poder, Dueñas ha tenido el mérito de recordarnos  las diferencias sociales en la experiencia de la posguerra.

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                                                                                                   María Dueñas

Como previsto por sus impulsores el gran éxito televisivo de la temporada está siendo precisamente  la serie basada en la novela de Dueñas y emitida en Antena 3 todos los lunes a las 22h30. Más allá de la formidable campaña promocional que ha rodeado a la producción ( y que  en otros casos ha tenido un efecto perverso al  frustrar  las expectativas de los espectadores), estamos presenciando la emisión de una serie de calidad que ha  conseguido minimizar las deserciones en el índice de audiencia y mantener vivo el entusiasmo del público. El propio éxito de ventas de la obra de Dueñas ha sin duda contribuido a esa buena acogida, pero más allá de ello no cabe duda que la serie brilla con luz propia, al haber puesto director, realizador, actores y equipo técnico su particular toque. Lo que confirma que  la magia y  el triunfo de una película o  serie televisiva inspiradas en obras literarias clásicas o de éxito comercial son en gran medida tributarios de la capacidad de conectar con las configuraciones que construye el lector en su imaginación acerca de los personajes, las escenas y los contextos. El objetivo parece haber sido logrado   y eso al margen de que ni director, realizador o guiones hayan podido evitar en un momento dado ciertas infidelidades hacia la obra original y las propias intenciones de la autora. Cabe recordar que la  misma palabra ” adaptación  presupone ya  la existencia de una “interpretación” que se aproxima  más o menos al espíritu del escritor o escritora, pero que nunca consigue calcarlo en su totalidad.

Erigida en joya de la corona, El tiempo entre costuras  conserva muchas e  indiscutibles cualidades. La fotografía y los planos exteriores han resultado un regocijo para la retina y la belleza de los decorados y sobre todo,  de los vestuarios, tampoco han dejando  de generar unanimidad.  Se han colado en el guión algunos errores que debieron pasar desapercibidos para el telespectador común, pero no para los eruditos en la historia y sociología de la moda y del patronaje. Se atribuye por ejemplo el diseño de las primeras faldas modernas de tenis a la famosa diseñadora italiana Elsa Schiaparelli, cuando en realidad es un privilegio que corresponde al francés Jean Patou.  La propia mención en una de las escenas a Nina Ricci resulta descontextualizada dada que el salto al mundo de la alta costura por parte de la diseñadora francesa de origen italiano  no llegará hasta la segunda mitad de los años 40. Al margen de estas lagunas históricas, no puede nada más que señalarse la delicia de los modelos exhibidos y que por su elegancia y dimensión artística, son para hacer soñar a cualquiera fascinado por ese glamuroso mundo de la alta costura de entreguerras.

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La excelencia de algunas interpretaciones, en especial de su protagonista, Adriana Ugarte, en el papel de Sira, también ha puesto de acuerdo a la mayoría de los comentaristas. Con cierto aire de “Coco Chanel” y algún que otro paralelismo con la trayectoria biográfica de la diseñadora francesa ( los orígenes modestos  y un pasado tormentoso), el espíritu de Sira se asemeja sin embargo mucho más a Elsa SchiaparelliSchiaparelli y Chanel fueron los dos iconos de la alta costura en los años 30, a la zaga la una de la otra en vanguardismo, pero opuestas desde un punto de vista ideológico. De origen aristocrático y devota de los surrealistas, Schiaparelli se esforzó en no molestar a su conservadora clientela, pero sus biógrafos han recordado de buena fuente sus veleidades izquierdosas e incluso simpatía por el Partido Comunista al final de su vida. Perfil diametralmente opuesto al de Gabrielle Chanel.  Los historiadores de la moda y los propios biógrafos coinciden en la execrable personalidad de “Coco”, su complejo de clase y esnobismo propio de los nuevos ricos, por no hablar de su condescendencia con el nazismo, su amistad con algunos criminales de guerra y las fundadas acusaciones de colaboracionismo con la ocupación alemana durante los peores y más humillantes momentos vividos por Francia al principio de la Segunda Guerra Mundial.  Icono de la alta costura parisina, Gabrielle Chanel encarnó también su peor vergüenza política, cómo nos lo demuestra la excelente y ya clásica biografía de la prestigiosa periodista francesa Edmonde Charles-Roux. Con todo lujo de detalles explicó Charles-Roux  los manejos de Chanel para convencer a Churchill de parar la guerra, mostrándose indiferente al hecho mismo de que la contienda encerraba un problema civilizatorio que ponía frente a frente democracia y totalitarismo, razón y barbarie. Bien relacionada en las altas esferas del poder, Chanel se libró de una condena por “colaboracionista“, conservando su amistad con los más infames personajes del régimen nazi aun después de la Segunda Guerra Mundial e incluso contribuyendo a su ocultamiento y huida del yugo de los Aliados.  Sea cuál sea la influencia que haya podido tener en su espíritu la figura de Chanel, es de agradecer  que María Dueñas  inventase un personaje que a lo largo de la trama resulta más humano y entrañable. La  historia de espionaje en la que se inscribe el personaje de Sira está basada en los verídicos hechos históricos sobre las estrategias de Churchill y de los servicios secretos británicos para evitar una intervención de la España de Franco en la Segunda Guerra Mundial al lado de las fuerzas del Eje.   Así, tanto la novela como la serie dan la impresión de hacer un amalgama de géneros literarios y tramas narrativas, donde se entremezclan amor, glamour y política, novela romántica,  dramática,  negra e histórica.

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Los principales personajes femeninos resultan a todas luces haber sido los que mejor han sabido dar testimonio del contexto histórico y de los sistemas de valores culturales e ideológicos de la época. Dolores Quiroga,  la madre de Sira (Elvira Minguez ) ha brindado una interpretación magistral,  reflejando  la situación de las mujeres de los medios populares durante la Guerra Civil, azotadas por el miedo, el trauma y la desmoralización generada por la contienda y la inmediata posguerra. Candelaria, la casera, (Mari Carmen Sánchez) ha sabido encarnar a las mujeres españolas dinámicas y temperamentales de aquella época . Alba Flores , aun a pesar de un papel secundario y de un personaje “paja”, demostró su talento en el rol de Jamila, encarnando a la perfección, tanto en lo estético y en lo psicológico, la apagada personalidad de la mujer árabe.    El ambiente femenino de la pensión ha tenido también el enorme mérito de reflejar la persistencia de ciertas representaciones de la mujer española  más tradicional y poner a la luz  el papel determinante de  los prejuicios religiosos en las adscriciones ideológicas durante la Segunda Republica y la Guerra Civil.

Dentro del contexto madrileño de la posguerra y en los capítulos correspondientes al retorno de Sira a la capital como agente de los servicios británicos, hay que apuntar la singular interpretación de Elena Irureta en el papel de Doña Manuela, una antigua y glamurosa costurera cuya vida, estado anímico  y situación económica se ven arrasados por las consecuencias de la guerra. Encasillada en un ridículo papel de vulgar y abrupta funcionaria de policía  en la serie ComisarioIrureta ha dado una gran sorpresa desvelando una faceta como actriz dramática nada desdeñable. Aunque ausente en la novela e insertado en la serie, el personaje de Paquita, (Pepa Rus), desprende una gran humanidad y destila el espíritu de las mujeres de las clases populares implicadas en la defensa de la República durante la contienda civil.

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En el polo opuesto Rosalinda Fox   (Hannah New) simbolizaba a la vez  la modernidad, la frivolidad y las posturas ideológicas de las mujeres inscritas en las clases dominantes del imperio británico : su cosmopolitismo se combina con el más férreo anti-comunismo, pero también  el temor ante la amenaza del totalitarismo nazi. Rosalinda Fox representa a la perfección la típica mentalidad de los sectores británicos acomodados, en un primer momento ambiguos frente al canto de sirenas de los regímenes fascistas en Europa continental, pero cuyos arranques nacionalistas y patrioteros durante la guerra les recordaron la virtud del parlamentarismo británico como símbolo de la identidad nacional y cuna del sistema democrático. Cabe precisar, sin embargo, que la simpatía de Hannah New como actriz ha llevado a algunos comentaristas a exagerar las virtudes del personaje histórico y real, buena síntesis de ese cretinismo de los sectores conservadores británicos que llevarían a ese vergonzoso ” Pacto de No Intervención” durante la Guerra Civil española.

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Algo más cuestionables resultan algunas interpretaciones de los personajes masculinos.Olvidado después del primer capitulo, aunque con mucho más protagonismo en la novela, Ramiro Arribas ( Rubén Cortada)parece mucho más un modelo de Vogue que un actor, pero que encarnó de manera más o menos correcta a la figura del “Gigoló” caza fortunas propio de la época.La representación del  coronel Juan Luis Beigbeder  Ministro de Asuntos Exteriores de Franco,  (Tristan Ulloa), en cuanto a ella,  no se corresponde con el espíritu del mundo castrense en los años de la Guerra CivilBeigbeder  tuvo diferencias de matiz con el régimen y presentarle, como se pretende en la serie, en calidad de  un “disidente” respecto a la dictadura tras su destitución y relevo por el germánofilo Serrano Suñer, atestigua de un bien magro conocimiento de la realidad histórica, pero también una relativa distorsión del propio personaje tal y como aparece en  la obra de Dueñas.  A pesar de su magnifica caracterización, Ulloa parece impregnado por su papel en lGran Reserva y no estar a la altura del nuevo personaje que le estaba tocando tocar en la nueva serie. Algo más de criterio  podían haber tenido el productor y los directores de casting, dado que Ulloa hace aparecer a  Beigbeder  aparece mucho más como un romántico y bonachón amante  que como un militar cuyos ademanes fascistas formaron parte de su personalidad. Beigbeder fue un hombre de reconocida cultura  y erudición  ( como muchos otros fascistas contemporáneos suyos), que caído en desgracia en el núcleo duro del franquismo acabó encargado de mediar ante Roosevelt para apaciguar la hostilidad de los Aliados frente Franco ( sin éxito puesto que España fue excluida de la ONU  en 1946 y después del propio Plan Marshall). Aparentemente monárquico y partidario del retorno de Don Juan , nunca vinculó la institución ni al parlamentarismo, ni al constitucionalismo : lo que vuelve peculiar su pretendida “anglofilia”.  No me alcanza la memoria lectora para saber si la escena de la conversación entre BeigbederSira confesándole el primero su repugnancia por el totalitarismo emana directamente de la novela de Dueñas o es un “guisado” de los guionistas celosos de un público sediento de romanticismo barato, pero en cualquier caso es un error de bulto que hace tabula rasa de las características y la personalidad de quienes organizaron y apoyaron la conspiración contra la Segunda República.    A título de precisión histórica, hay que recordar que la primera disidencia “interna” respecto al régimen franquista no emanó en ningún caso del universo castrense ( fiel a Franco y a las estructuras ideológicas del Movimiento Nacional hasta la propia Transición) , sino del falangismo intelectual liderado por un lado por Dionisio Ridruejo y por el otro por el grupo vinculado a la revista Destino. Cada lector tiene su manera de leer una novela e imaginar sus personajes, pero habría sido de agradecer si los productores hubiese hecho gala de algo menos de frivolidad en el momento de configurar el perfil de Beigbeder en la serie.

Cierta sombra aporta también el personaje del comisario Claudio Vázquez (Francesc Garrido) que  también parece tener serias dificultades para autonomizarse de su papel de hermano mayor de los Cortázar.  Sin casi ninguna concordancia con la función   histórica de la policía y fuerzas de seguridad en las zonas caídas en manos de los ” Nacionales“, la interpretación de Garrido  da a entender   que la policía pro Alzamiento era buena. Lo  que contribuye también a “desmemorizar” la fuerte represión que se ejerció en el bando franquista contra quienes mostrasen un solo vestigio de simpatía hacia la República.  En ese sentido David Muro,  en el papel de Palomares , el inspector ayudante de Vázquez,  da mucho mejor el tono que Garrido y eso  tanto en lo físico como en lo psicológico, representando de manera más fiel el papel del policía inculto y fascistoíde de los años 30. Es muy posible que Dueñas quisiese evitar esa vieja dicotomía entre malos y buenos que ha caracterizado a las percepciones sobre los protagonistas de la Guerra Civil, pero no se puede ignorar que la personalidad humana de Vázquez ( aun pudiendo ser plausible), no deja de revelarse una “excepción que confirma la regla”.

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Pero el que realmente parece no dejar desperdicio es el personaje de Felix (Carlos Santos), un artista dominado por una madre  castradora que reproduce todos los estereotipos en torno a la homosexualidad masculina,muy en particular los vinculados al afeminamiento y al viejo mito del “marica amigo de la chica desamparada“.  No cabe duda que esa no fue la intención de María Dueñas, pero los medios de comunicación y las producciones televisivas y cinematográficas sienten siempre la necesidad de satisfacer las expectativas del público y de los imaginarios colectivos que las circunscriben.No pretende este servidor exaltar al gay militante e intelectualizado, que es una figura propia de los movimientos de liberación sexual de los años 70 y de las comunidades queer de los 90. Pero entre eso y caer en la ridiculez hay un largo trecho, dado que el personaje no responde ni siquiera a la realidad de la cultura homosexual durante el periodo republicano.  Felix hace en efecto poco honor a las vanguardias artísticas ( que se trate del arte plástico, del dibujo o  del carterismo), en su abrumadora mayoría comprometidas con el proyecto política de  la Segunda República y  leales y al servicio de la misma durante la Guerra Civil. Puede que el personaje tenga su inteligibilidad cultural dentro del contexto política e ideológicamente reaccionario de los sectores acomodados en general y del mundo del lujo en particular, pero no habría estado mal ahorrarse esos mismos estereotipos siempre “risibles”  que no responde en nada con la personalidad política y el perfil humano de muchos homosexuales leales a la legalidad republicana y que en bastantes casos perderán su vida por ella.

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No cabe duda que si la estructura narrativa y la trama merecen un laurel, el reparto y el guión respecto a los personajes masculinos hubiesen merecido algo más de esmero.Como no hay regla sin excepción, la excelencia de los roles masculinos recaen en Marcus Logan ( Peter Vives), en el papel de espía británico y que resulta bastante creíble y el de Ignacio,  (Raúl Arévalo) ,  que también interpreta de manera magistral a esos grises, acomodadizos y arribistas funcionarios españoles  que se acabarán beneficiando  de la purga llevada a cabo por el franquismo en la inmediata posguerra. Ignacio adquiere también un perfil humano que Dueñas no le dio en su novela en la etapa correspondiente a la posguerra, confirmando la voluntad de los guionistas de mantener vivo un romanticismo complaciente con el público, pero  desvirtuando las partes más “históricas” y realistas de la obra de Dueñas.   El personaje de Alan Hillgarth, ( Mark Sehardan) diplomático y espía británico en la España de la Guerra Civil y el primer franquismo es correcto y sabe reflejar la discreción y la invisibilidad de un militar que sin embargo manejo mucho hilos y jugó un papel determinante en el soborno a empresarios y militares para evitar la intervención de España en la Segunda Guerra Mundial al lado de Alemania.

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Más allá de algunas sombras en cuanto al reparto, ( compensadas por la unánime excelencia de  las interpretaciones femeninas y la magnifica interpretación de actores como Raúl Arévalo y Peter Vives ) y de algunos “guisados” poco fieles a la novela y pensados para la audiencia,  se confirma una ya larga tradición de buena calidad en las serie de televisión españolas y esto tanto en las cadenas públicas como RTVE, en las propias cadenas autonómicas y ahora más recientemente  en las privadas como Antena3. Desde la Transición, con producciones como La saga de los Rius o Cañas y barros,  pasando por los años 0chenta, con Fortunata y Jacinta o Los gozos y las sombras o La Regenta, la pequeña pantalla ha sabido rendir tributo a algunas de las grandes obras de  la literatura española. A ellas hay que añadir otras series notables como Señora o República,  sin olvidar la producción de TV3 Temps de Silenci o Amar en tiempos revueltos ( aunque en este último caso haya perdido mucho de su fuelle). En otra textura, Cuéntame cómo pasó   también marcó todo un hito, aun a pesar del aspecto ligeramente cansino de la última temporada. Frente a la crítica ritual hacia la programación televisiva, de equidad es reconocer que no todo el monte está quemado y que la pequeña pantalla también puede ofrecer productos donde se combine el entretenimiento y la función pedagógica y didáctica. Incluso desempeñar un papel importante en las cuestiones de la “Memoria Histórica” y del conocimiento de las realidades políticas y sociales del pasado.  De más estaría recalcar que estas producciones han supuesto un respiro frente a los producciones de importación, en especial las serie norteamericanas con un papel predominante de la violencia y las tramas criminales y policíacas, pero sobre todo frente a las serie de sobremesa inscritas en los valores de la telebasura y cuyo ejemplo más elocuente fueron en su momento los hoy ya en declive “culebrones” latinoamericanos. Bienvenida en todo caso una serie como la producida por Antena3, que llevando a la pequeña pantalla una novela de éxito, bien puede que incite a muchos teleespectadores a leer un libro por primera vez en su vida.

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