LEER A LORENZO SILVA : UNA APROXIMACIÓN SOSEGADA AL GÉNERO “NEGRO”

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                                 Lorenzo Silva ( Madrid, 1966) es un escritor surgido en  el panorama editorial a mediados de los años 90  y  un referente  en el ranking  de la novela best-seller.  Aunque polifacético, Silva es conocido sobre todo como autor de “género negro“, teniendo como iconos de su producción los personajes de  los Guardias Civiles Bevilavacqua y Chamorro, protagonistas de una serie de siete novelas, una de ellas  galardonada con el Premio Nadal ( El alquimista impaciente,2000)  y que Patricia Ferreira llevó a la gran pantalla con Roberto Enriquez  e Ingrid Rubio  como actores protagonistas. Otros directores también han apostado por la versión cinematográfica de la obra de Silva, como es caso  de Manuel Martin Cuenca ( La flaqueza del bolchevique, 1997). Los críticos literarios, en cuanto a ellos, son casi unánimes sobre el hecho de que lo que  caracteriza a este autor  es una prosa muy pulcra y clara.

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                       Al igual que el resto de los escritores de gran público ,Lorenzo Silva no responde a la tradicional figura   “sartriana” del intelectual,(  hoy en vía de extinción en beneficio de los “opinadores” de toda casta),pero  es de cortesía reconocerle una indiscutible compostura como personaje mediático. Articulista, bloguero y comentarista de temas políticos y sociales de actualidad, no parece tampoco haber sido nunca un adicto del exabrupto, artilugio eficaz en un país como el nuestro y en el que es costumbre que la conquista de notoriedad sea tributaria del arte del despropósito. Es de agradecerle a Silva un estilo de vida pública con cierta cordura y ponderación,  que contrasta con la conducta “vedettista” de algunos de esos escritores/as de la novela comercial que llevan cundiendo desde los últimos años : recientemente  hemos vivido un caso de bochorno, demostrando cómo algunos de estos nombres de éxito se muestran  dispuestos a prestarse  a las peores estupideces y frivolidades, en algunos casos concretos intentando compensar su crisis de creatividad y obsesionados por mantenerse en el candelero a cualquier precio.

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                     Casado con la poetisa catalana Noemi Trujillo y siempre a medio camino entre Madrid y Barcelona, Lorenzo Silva se encuentra también entre los novelistas que más están alzando la voz contra las desventuras políticas en los que algunos pretenden que se embarque Cataluña. Aunque no es un estricto polemista sobre la cuestión, se le puede por momentos reprochar algunas valoraciones  poco acertadas sobre la situación de marginación de los escritores castellanoparlantes en la tierra  de Espriu. Aunque  que tampoco deban  descontextualizarse de un ambiente más bien enrarecido en el que la fuerza centrífuga de los extremos se ha visto alimentada por la demagogia a una y otra orilla del río.

          No habiendo visto nunca ninguna de las películas basadas en sus novelas,  debo  reconocer que   me resistí a leer a Silva ,sospechando ( y es obvio que me equivoqué) que me encontraría con la novela negra al uso,con tramas déja vu y esa epopeya del “mundo de hombres” tan propia de los contextos recreados por este género literario Movido por la curiosidad  me decidí a hacerme con  “La marca del meridiano” ( Premio Planeta 2012) y séptima novela de la serie Bevilavacqua y Chamorro. Confieso que  es la primera vez que consigo leer una novela negra de principio a fin, sin quedarme desconcertado, ni hacerme preguntas sobre las oscuras motivaciones del autor, ni arribar  a la conclusión, llegado a las cincuenta páginas, de que he estado despilfarrando el tiempo y torturando mi maltrecha vista. La narración de Bevilavacqua en primera persona del singular me “enganchó”, sobre todo porque considero  que establece complicidad e intimidad entre el personaje y el lector. Percibí de hecho en Silva un cierto estilo “laforetiano”. 

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                          La trama gira en torno a la investigación del asesinato de un veterano Guardia Civil en Logroño y al que encuentran colgado de un puente : un tal subteniente Robles.  Compañero de servicio de Bevilavacqua en otros tiempos, los superiores de éste le asignan la investigación sobre el crimen. Bevilavacqua, Chamorro y un joven Guardia Civil, Arnau, ansioso de salir de la monotonía, se desplazan al lugar del crimen. Las lesiones que presenta el cadáver atestiguan de una particular crueldad por parte de los asesinos, que no sólo desconciertan a Bevilavacqua, pero que además se convierten para él en un asunto personal. Encontrar a los asesinos es un acto de lealtad hacia un antiguo compañero de servicio.   Los preámbulos de la investigación, centrados en las horas anteriores al asesinato de Robles  ( dominado por una serie de llamadas y sospechosas conversaciones por móvil) demuestran la habilidad de Silva para “atrapar” al lector. Acabas no soltando  el libro, ansioso de descubrir qué fatídico periplo derivó de aquellas llamadas para que Robles tuviese semejante fin. Surgen en la trama personajes como  Pedro López, un brigada del Servicio de Asuntos Internos encargado de investigar las malas prácticas de los miembros del Cuerpo y con él, Salazar, un Guardia Civil  implicado en tráfico de drogas en los puertos de Barcelona, así como Nuño, otro Guardia Civil  de asuntos fiscales, con periplo sospechoso y que al igual que Salazar  parece haber estado  en relación con  Robles. Pero la clave de todo parece ser el personaje de Lucimara,  una joven brasileña y amante de Robles por lo visto dedicada  a la prostitución y al corriente de las tramoyas de su mentor. Los altos ingresos y adquisiciones de Robles empiezan a hacer sospechar que en algo turbio estaba metido.  La trama va encauzándose y la cuestión de la corrupción en las Fuerzas de Seguridad del Estado y el ajuste de cuentas en el marco de círculos mafiosos ocupa un lugar central en la investigación sobre el crimen. Droga, prostitución, mafia y Guardia Civil  son los cuatro ángulos alrededor de los que gira la historia.

                               Debo puntualizar que me llevé una agradable sorpresa. No tanto por la trama en si misma, que no abunda en originalidad, sino por el  enfoque que Silva le da al personaje principal de Rubén Bevilavacqua . El inesperado y relativo placer encontrado en la lectura de La marca del meridiano  y la simpatía que por primera vez despertó en mi un héroe de novela negra, me llevó de hecho a hacer mi retrospectiva sobre un género literario hacia el que  siempre había mantenido una actitud intelectualmente hostil.

                         No sé si por atrevida ignorancia o indómita intolerancia y prejuicios ideológicos e intelectuales, conocí un tiempo (el de mi etapa como activista y teórico gay)  en el que llegué a considerar que la “novela negra”  era un género literario retrógrado  por excelencia.  Inmerso como muchos otros de mi generación ( la de los 90) en grandes debates y reflexiones sobre el género y la sexualidad, la masculinidad y la feminidad y todo ese repertorio de problemáticas en las que  invertimos tiempo bajo la influencia de la teoría queer ,el post-estructuralismo y  los Cultural Studies,  la “novela negra”  me merecía en efecto todos los  peores calificativos .

                    Photo d'archives du sociologue français Pierre Bourdieu, décédé à l'âge de 71 ans

                               Pierre Bourdieu              

 Me afinqué en la idea de que no había  género literario que más hubiese transmitido una apología  del orden social establecido como el de la novela negra.Esa visión mía tan contundente bebía de los instrumentos de análisis que nos brindaba la sociología y  filosofía de la cultura que caminaban bajo la esfinge de Pierre Bourdieu y de Jacques Derrida y que ejerció también en la gente de mí generación una gran influencia : sobre todo porque nos aportó  elementos de reflexión  teórica crítica y radical  sobre la producción cultural   y su papel determinante como factor de perpetuación de los imaginarios colectivos,las construcciones sociales de la realidad y las propias y emanentes discriminaciones hacia los grupos más marginales. Si Bourdieu nos recordaba la fuerza casi imbatible de las formas de violencia simbólica inscritas en las estructuras de dominación social y que la propia cultura de masas contribuía a reproducir, la teoría de la desconstrucción de Derrida  nos interpelaba en cambio sobre la función “ideológica” de los lenguajes, de las propias estructuras narrativas y de los sistemas de significación que externalizaba. No hace falta recordar cómo la literatura “popular” ( de la que novela negra es, junto a la novela rosa y la novela de aventuras, el principal  icono) ha contribuido a consolidar el arraigo de los sistemas de representación más cuestionables.

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                                        Jacques Derrida

                     Las corrientes anglosajonas más irreverentes y radicales del movimiento queer de los años 90 , ( en especial en el campo de la teoría fílmica y literaria  y de la propia teoría feminista de la cultura de masas),  formularon de hecho una demoledora crítica  hacia un género literario y cinematográfico que no dejaba de exaltar  los más criticables  valores culturales : la violencia masculina; la condescendencia con los peores prejuicios sociales, clasistas o raciales y por supuesto, con los más ridículos y cosificantes  estereotipos en torno a la identidad de género.   Sin comentarios en cuanto a la representación de las minorías sexuales en la novela negra : siempre reflejadas como seres “risibles” ( en el mejor de los casos) o como individuos patológicos, con instinto criminal y autodestructivos.

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                        Los prejuicios por los que estaban impregnadas los personajes, las tramas y el desarrollo narrativo de la novela negra  no era otra cosa para los teóricos queer de mi generación que un reflejo más de los arbitrarios procesos binarios y dicotómicos sobre lo que se trazaban las fronteras entre lo “bueno” y “lo malo”, “lo normal” y “lo anormal”. El mismo término “los malos” , tan común en la jerga policial y de la propia novela negra , nos parecía ya de por si un juicio de valor connotado desde un punto de vista ideológico. A título de inciso, cabe recordar nuestros juegos de infancia de “ladrones” y “policías” y las disputas sobre quiénes deberían asumir un rol u otro. ¡¡Porque era evidente que los primeros acabarían siendo los “perdedores” condenados a jamás al infierno y los segundos los “grandes héroes”!!

                          A esa novela negra “carca” en la que el “bien” siempre se situaba de lado del “orden”, los teóricos  queer  solíamos  contraponer autores como Jean Genet con su Diario del ladrón  o a Truman Capote con  ” A sangre fría” . En absoluto por la homosexualidad de dichos autores ( nunca creímos demasiado en la idea de eso que de manera amorfa se denominaba  “literatura gay y lesbiana”), sino  porque  nos ofrecían otra visión sobre la delincuencia,  la marginalidad y el crimen.  Nos influyó también Michel Foucault con textos como ” Yo, Pierre Rivière, que degollé a mi madre, mi hermana y hermano”  y que nos aportó perspectivas teóricas sobre los procesos de control social sobre la vida y la muerte a través de las relaciones de parentesco y filiación.Los de formación más sociológica bebimos también del  interaccionismo simbólico con Goffman, Matza o Garfunkel, que nos ayudaron a desglosar la arbitrariedad de la propia noción  de “desviación”.     Aunque con poco anclaje en los circuitos comerciales, no faltaron tampoco en Estados Unidos durante los años 90 obras literarias y cómics de adscripción queer  que tuvieron el enorme mérito de construir anti-héroes con el claro objetivo de poner en ridículo al protagonista de novela negra sobre todo en las representaciones culturales más hegemónicas respecto a la identidad masculina.

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                                                  Jean Genet

                        En España, icono cultural fue también para nosotros el impertinente y entrañable Nazario y su personaje de Anarcoma, un travestí convertido en un híbrido de Lauren Bacall y Humphrey Bogart que se dedicaba a investigar crímenes en la Barcelona canalla de los 70. Nazario recibió la influencia directa  de los cómics  de Tom of Finland, con polis hiperviriles que se follaban entre si y que a su vez marcó una parte de la pornografía gay norteamericana, que también introdujo escenas de sexo que no eran políticamente “neutras” :  los interrogatorios que acababan en orgías entre el comisario, los inspectores y los “malos”.  Muchos pensaron que aquellas escenas de sexo entre miembros de las fuerzas policiales eran un simple “fantasma” del marica ansioso de ser sodomizado por el deseable poli heterosexual, cuando en realidad se trataba de una crítica cultural a las representaciones de la identidad hetero-masculina tan arraigadas en el imaginario de las fuerzas del orden.  Eran desde luego  una representación cómica y algo cutre de ese “homoerotismo” que ha rodeado  el “mundo de hombres” y  que con tanta agudeza teorizó nuestra llorada Eve Kosofsky Sedgwick en su magistral ” Epistomology of closed”.    

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                     Nazario desbarajustó todos los universos simbólicos de los bajos fondos

                           No reniego de ese bagaje intelectual que adquirí como activista y teórico gay, aunque la teoría queer quede ya como una cosa del pasado y no ocupe en mi mente otro estatuto que el del dulce recuerdo de una rebelión política e intelectual de juventud contra los discursos culturales y universos simbólicos cosificantes. En ese sentido, aún recuerdo el contraste entre la simpatía política que le tenía a Vázquez Montalban como articulista  y lo vomitivo que me resultaba el patético personaje de Carvalho.   Supongo que Montalbán participó de la homofobia “progres”( o sea, la que no decía su nombre) y que vio una oportunidad de éxito reproduciendo el delirante mito del “macho ibérico”. Es obvio que Montalbán era un hombre de su tiempo. El hecho de que su personaje fuese encarnado en televisión por un actor homosexual militante como Eusebio Poncela nos sirvió de consuelo.  De haber existido la teoría queer en aquellos años 80 en los que RTVE nos torturaba con aquella serie mala y plomiza, a lo mejor habría visto en el famoso Carvalho interpretado por Poncela una prueba más del lado socialmente construido de las identidades de género y la propia y ridícula teatralidad que define a la virilidad.  

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                                              Eusebio Poncela como Carvalho

                    Como todos los escritores de novela negra, Lorenzo Silva  también impregna sus tramas con ese tradicional tufillo del “mundo del hombres“, pero sin duda bajo una forma más amable y alejada de sus viejas connotaciones ideológicas y culturales.  Más sosegado que en mis tiempos de teórico queer y LGTB  y leyendo hoy La marca del meridiano, dispuesto estoy a  preguntarme  si  la novela negra, que tanta hostilidad me había suscitado, no alberga en realidad   su “cara y cruz”.

                       Mi positiva atención despertó el personaje de Bevilaivacqua, en el que vi  destilarse  su parte más humana : un hombre cincuentón, culto y que lee, dudoso y vacilante, que reconoce sus angustias como hombre divorciado  y pone en cuestión su condición de padre,que se hace preguntas éticas y políticas y se revela  critico frente al desolador panorama social español. Su misma relación con Robles va más allá de la simple camaradería propia del “Cuerpo”: cabe recordar que la camaradería, que es un valor “masculino” por excelencia, no constituye una postura ética en si misma, sino que obedece a procesos simbólicos que solamente configuran mental y actitudinalmente la conciencia de pertenencia grupal. En un momento dado de la novela  Bevilavacqua llora ante el recuerdo de Robles.  Que los sentimientos positivos   entre varones aparezca en una novela negra, sustituyéndose a la rivalidad y el burdo machismo que caracteriza el mundo policial no es un tema baladí. Ya nos recordó en ese sentido Michel Foucault y después de él, Eve Kosovsky Sedgwick,  que la amistad y el afecto entre varones era el más transgresor atentado  a un proceso civilizatorio que había hecho de la violencia entre los hombres el pilar cultural mismo  de la vida colectiva.

                   Le define   también a Bevilavacque su espíritu garantista, celo por  la legalidad, oposición a los abusos de poder y hostilidad a los tiranos. Lo que también es un cambio de rumbo en el universo ideológico de las Fuerzas de Seguridad del Estado.   Pero sobre todo, refleja su propia vulnerabilidad como hombre. Silva relativiza así al típico macho prepotente y autosuficiente tan propio del universo  castrense y que toma la debilidad de carácter  por una “cosa de maricones“. Frente a los clásicos protagonistas de este género literario, que han solido superarse los unos a los otros en un machismo de lo más execrable,  vi en Bevilavacqua  una subjetividad que nunca había percibido hasta ahora en el  héroe de novela negra.

                 Silva da sin embargo una de cal y otra de arena cuando se trata del personaje de Virginia Chamorro, que en cambio me resultó mucho más cuestionable. Desconozco su trayectoria  desde las anteriores seis entregas, pero en este caso concreto no dejé de ver la reproducción de los viejos estereotipos que están en el imaginario misógino : la marimacho “des-erotizada” y ” asexuada” o, en el mejor de los casos, mal “follada” y ninfómanamente en búsqueda de hombre .  Injusto sería amonestar al autor sobre el asunto, escritor progresista, pero sin duda impregnado por esa “magia de lo simbólico” de la que hablaba Bourdieu y que suele  marcar a fuego  los más estúpidas representaciones en nuestro sistema cognitivo.

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                                          Roberto Enriquez e Ingrid Rubio

                          En términos contextuales, la voluntad de “positivizar” una institución como la Benemérita se percibe enseguida también en el autor. Absurdo sería no reconocer un cambio “generacional” dentro de un cuerpo muy connotado desde un punto de vista histórico e ideológico .  No me aventuraría a hacer afirmación alguna sobre las intenciones políticas de Silva con el personaje que está en el origen de su éxito editorial.  Comprometido contra el terrorismo etarra, crítico con el nacionalismo, puede deducirse que a  través de Bevilavacqua ha pretendido responder a los delirantes discursos abertxales sobre las fuerzas “opresoras españolistas“.  De más no está recordar que Silva no es tampoco un anti-militarista y que los temas castrenses se encuentran de hecho presentes en otras novelas como Carta Blanca o libros recientes como Siete ciudades de África. Algo innecesario me pareció en cambio  la introducción del litigio “catalán” en alguna parte de los diálogos  y que parecen responder mucho más a los posiciones políticas del autor que a la realidad de las formas de interacción social en Cataluña.  Flagrantes o sutiles,  sus motivaciones políticas  no deberían dar lugar a más  debates de los necesarios, dado que no se percibe una intención de desatar controversias y sólo tienen un carácter anecdótico en el conjunto de la trama.

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                             Hechos estos comentarios, dispuesto estoy a reafirmarme en la idea  de que un cambio de tendencia se está produciendo   través de una nueva generación de escritores más cordiales como la que simboliza  el propio Lorenzo Silva y que parece haber aportado nuevos aires en las tramas y estructuras narrativas, revisando ese tradicional tufo culturalmente cavernoso  que ha tenido la novela negra. Es planteada esa hipótesis, plausible, pero no del todo confirmada, que quizá sea bueno conceder el beneficio de la duda a un género que parece querer someter a revisión esa larga historia de  reaccionarismo cultural  que arrastra de él. En esa tesitura, quizá también me toque a partir de ahora hacer   una lectura, en efecto, más sosegada de las obras  inscritas en este género literario.

                                

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