“VELVET” O EL DULCE FRANQUISMO : REFLEXIONES SOBRE LA FRIVOLIZACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA

images[3]

 

Contaba  la llorada Esther Tusquets en su libro memorístico y autobiográfico, Habíamos ganado la guerra, que la España de su adolescencia y primera juventud durante los años 50 había sido sobretodo la del ambiente del Gran Teatro del Liceo, el santuario de esa alta burguesía catalana de la que ella misma procedía. “El país nos pertenecía, porque habíamos ganado la guerra” decía ella. Explicaba que a medida que iría  haciéndose adulta, terminaría comprendiendo que esa España “que les pertenecía” era sobretodo y ante todo un país destrozado, desmoralizado, parco, gris y triste, estructurado en torno a un dictador, una ideología reaccionaria y en base a la usurpación del poder por parte de unos pocos. Esos hijos de los “vencedores” que tan bien representaba ella misma se divirtieron después haciendo de “Progres” en las filas del PSUC  y en el ambiente cultural e intelectual de la Gauche Divine. Más allá de que fuesen de esos antifranquistas cuyas ilustres familias podían con toda facilidad sacarles de la comisaria con una sola llamada al señor Gobernador Civil, hay que reconocerles al menos el mérito de haberse percatado que aquel país que les pertenecía porque, efectivamente, sus padres “habían ganado la guerra”,  se revelaba como  una “anomalía histórica”.No sé si  si por culpa de  una repentina amnesia colectiva , resulta que ahora, en cambio,cosechan éxito series televisivas que intentan hacernos creer en los felices tiempos de esa misma España de los 50 . Me refiero, claro está, a  Velvet, emitida por Antena 3 todos los martes por la noche.

images[8]

 

Reconozco que seguí de manera intermitente la primera temporada, vislumbrando más o menos la trama : una historia de amor imposible entre un chico de clase acomodada y enamorado de una de las empleadas de los almacenes de su familia. Al borde de la ruina, el apuesto joven  se ve obligado a contraer  matrimonio  con otra mujer de su medio a la que en realidad no quiere, pero cuyo acaudalado padre puede salvar de la bancarrota los almacenes. Un argumento bien conocido y nada original propio de la novela rosa más tradicional, con sus príncipes azules y cenicientas de turno. Alrededor de ellos giran una serie de personajes  que hacen más o menos función de “relleno” y con grado variado de relevancia, seriedad o ridiculez. Lujo, moda y glamour configuran el contexto de la historia. Parece en ese sentido que el éxito de El tiempo entre costuras ha terminado por crear escuela.

images0V0TEVHI

 

En términos generales la pareja protagonista desprende bastante artificialidad, al no conseguir  ni siquiera ese encanto que suele definir a los héroes y heroínas de la novela rosa más clásica.   Parece que Miguel Ángel Silvestre   no acaba de distanciarse, ni con el mayor esfuerzo, del personaje de Duque en Sin tetas no hay paraíso y  más que la de un empresario, brinda el aspecto de un chico de barrio con el traje del domingo o en el mejor de los casos, la de un capo de la mafia siciliana. La interpretación de Paula Echevarría , por su parte,  resulta todavía menos creíble que en Gran Reserva o en los spots publicitarios de productos para el cuidado capilar. Bajo nivel interpretativo que parece compensado  por  la excelencia de otros veteranos de la escena. José Sacristán y Aitana Sánchez Gijón siguen confirmando su maestría, mientras que  Ángela Molina  vuelve a demostrar un talento que no se le conocía y que ha ido puliendo en la madurez. Entre los interpretes más jóvenes   Amaia  Salamanca se confirma sin duda como una de las mejores actrices actuales. A Salamanca  hay que sumar otro grupo de actores, ya con una cierta tabla en las series de televisión, pero algo encasillados y con escaso margen para dejar a la luz  los matices de su dones interpretativos.

imagesCAQFKGRD

En suma, el reparto alberga sus luces y sombras, la trama abunda de todo menos de originalidad, pero los decorados, el vestuario, la fotografía,la banda sonora, la realización y la puesta en escena no podían estar más logrados, confirmando la alta calidad artística, estética y técnica de las producciones del grupo Atresmedia.  Lástima en cambio que el esfuerzo por regocijar la mirada del telespectador con el mágico mundo de la moda y el lujo, desemboque al final en una banalización de los aspectos contextuales e históricos de la trama.

Al hilo del asunto, debo apuntar que después de ver algunos de los primeros capítulos de la segunda temporada, me invadió la duda de si estaba mirando una serie inspirada en la floreciente Norte-América de los años 50, con una cierta estética que recordaba el glamuroso universo de “Desayuno con diamantes” o si de verdad el contexto de la trama era en efecto el de esa parca, gris y triste España de la misma época. Esa fue la incógnita que me rondó la mente a la vista de cómo  la serie articula  un mundo imaginario, una casa de muñecas, haciendo que ni Franco, ni el franquismo, ni las profundas desigualdades sociales, ni las heridas políticas de ese periodo histórico aparezcan por ninguna parte. Con esto no quiero decir que en la España del Generalisimo y de la tardoposguerra no hubiesen gentes contentas en su mediocridad, cursis y frívolas y claro está también,  gentes a rebosar de alegría, inmersas en la abundancia y en insultantes signos de hostentación   y cómodas con un régimen que estaba sirviendo a sus  propios intereses. Pero entre eso y transmitir la imagen de una felicidad colectiva y sin matices, existe un largo trecho. A ese respecto, cualquiera podría pensar que la serie encontró  inspiración en uno de esos polvorientos y casposos guiones de la cinematografía propagandística franquista de los años 50 y 60  y que tanto esfuerzo hizo por vender la quimérica  imagen de una España feliz y en paz después de una desgarradora guerra.

Es sabido que las productoras cuidan de sus formidables inversiones económicas y financieras  y que  las propias cadenas de televisión privadas son celosas de su audiencia, sobretodo en un constante empeño de  satisfacer  las expectativas, los gustos  y las demandas del telespectador medio. La misma industria cultural del entretenimiento alberga por misión y función lógica configurar imaginarios mágicos y placenteros, dominados por el glamour, el dinero, la belleza y el amor. En ese sentido, no estaría de más reconocerles a estos “magos de lo imaginario”   el loable mérito de brindarle  sosiego a los ciudadanos y consumidores españoles y apaciguar así  el espíritu de desmoralización y desconcierto que les domina en medio de una crisis social y económica sin precedentes. Dicho esto, la magia de lo imaginario no puede ir  al encuentro de los preceptos éticos más esenciales en torno a la  verdad histórica.  Los directores, realizadores y guionistas de Velvet se habrían llevado algunos laureles suplementarios   si se hubiesen esforzado en evitar la imagen de una España arropada por la  dulzura del  franquismo, impidiendo así y de paso,  un proceso de frivolización de la propia memoria histórica.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Grandes series de televisión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s