UN POLICÍA EN LA CRISIS DE LA RESTAURACIÓN : REFLEXIONES SOBRE LA SERIE “VICTOR ROS”

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Carles Francino

Acaba de finalizar la primera temporada de la serie policiaca  de televisión  “Víctor Ros”  y emitida todos los lunes por la noche en  TV1. Parece que el fenómeno  “Dueñas” ha tenido un efecto “llamada” y que a la vista del indiscutible éxito de la versión televisiva de ” El tiempo entre costuras”  las productoras han querido hacer una apuesta firme por la plasmación de los grandes best-sellers literarios en la pequeña pantalla.  Televisión Española hizo ella misma su propio intento de frenar su desangramiento en términos de audiencia, después del empeño del gobierno de la derecha de convertir el Ente Público en su coto privado y de los propios servicios informativos en  transformarse en una especie No-Do postmoderno.

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No hay nada que objetar a que se haya   intentado  devolver al Ente Público la calidad de programación que tuvo en tiempos pretéritos y se invierta esfuerzo en volverla más atractiva con una apuesta por la oferta de entretenimiento. Teniendo en cuenta que las serie de época suelen tener una buena acogida entre el público y que el propio género y policial está viviendo su “Edad de oro”, no cabe duda que la opción por una serie como Víctor Ros  y con actores caracterizados por su excelencia interpretativa ha sido acertada. Se entienden así las protestas de algunos ante la interrupción más o menos abrupta de su emisión y eso a la vista de la audiencia razonablemente buena que tuvo.

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Jerónimo Tristante

La serie televisiva está inspirada en el  protagonista de la  exitosa serie de novelas del escritor Jerónimo Tristante ,  Victor Ros  y que tuvieron su inicio con el Misterio de la casa Aranda. Víctor Ros (Carles Francino)  es un inspector de policia originario  del lumpen proletariado madrileño en la segunda mitad del siglo XIX y que desde muy adolescente se dedica con  sus amigos de barrio al atraco de joyerías, viéndose destinado a convertirse en un delincuente profesional. El joven vive con su madre viuda y es consciente de las injusticias sociales. Si bien, se ve rescatado de la vida de marginalidad al que está destinado gracias al padrinaje de un veterano policía, el comisario Don Armando ( encarnado por el perfil siempre profundamente humano de Tito Valverde)  que le lleva por el buen camino  y gracias al cual el joven consigue su definitiva integración social, convirtiéndose con el tiempo él mismo en un apuesto Inspector de Policía celosos del orden. El personaje sigue fiel a los dispositivos ideológicos más clásicos del género policial y detectivesco, pero introduciendo una dosis de “humanización”  y  un cierto tufillo “progres”  que en cierta medida compensa los preceptos “estigmatizantes”  respecto a la delincuencia y la desviación.

                    Víctor Ros se ve abocado a llevar una investigación sobre el asesinato en serie de prostitutas en el Madrid canalla, teniendo la trama una especie de aire de Sherlock’s Homes. Galán, sentimentalmente el inspector vive desgarrado entre el amor por Laura (Esmeralda Moya),   una muchacha de la aristocracia, sufragista, con ideas avanzadas y que ejerce de maestra y la atracción por Lola la Valencia ( Megan Montaner) , una atractiva prostituta semi-analfabeta que trabaja en un burdel de lujo. La serie adolece quizá  de un exceso de estética británica que sin duda refleja poco el  verdadero, parco y provinciano Madrid de entonces, pero guarda el mérito de dar testimonio de los cambios en la ciencia criminológica y forense, así como del eterno atraso de un país como el nuestro, siempre a la cola de las formidables metamorfosis que trajo el siglo XIX en todos los ámbitos de la vida colectiva.

images0RG6X2WD                                                                        Esmeralda Moya

La contextualización, en cuanto a ella,  no esquiva  una cierta crítica a la España de la Restauración sacudida por la crisis del 98, atrasada, inmersa en el analfabetismo, azotada por las desigualdades y la  pobreza más chillona y bajo el yugo de unas oligarquías agrarias y financieras desconectadas de la sociedad, incapaces de modernizar el país como lo habían hecho las burguesías nacionales europeas del siglo XIX  y con un sistema político caciquil y un orden institucional clientelista totalmente a su servicio.

images2MWVVI1B                                                                  Megan Montaner

La serie televisiva y la propia serie de novelas de Tristante  confirman la evolución de un género policial y detectivesco que ha ido ganando en los últimos años una cierta solera intelectual y que en esta caso ha sabido introducir una  dosis de crítica política, social e histórica  al encuentro de una bien determinada España. La misma  cuyos males vuelven a asomarse en el horizonte en nuestros días  en medio de la corrupción generalizada, el crecimiento de las desigualdades, los casos sociales de prostitución y crimen organizado en medio de la pobreza cada vez más creciente,  la degradación del sistema político, la crisis de legitimidad de las instituciones, los escándalos y delitos económicos y financieros y la sensación de impunidad de los más poderosos.

Hay que dejar entre interrogantes si el  perfil liberal y progresista  de Víctor Ros mantiene alguna  correspondencia con la personalidad  ideológica y la estructura real del mundo policial español del siglo XIX e incluso con el mundo policial de la muy avanzada  Francia de la Tercera República  o de la parlamentarista Inglaterra victoriana. Más allá de su indiscutible evolución democrática a los largo de las décadas y de los cambios generacionales entre los miembros de los diversos Cuerpos,  el espíritu garantista y la desvinculación  por parte de las fuerzas del orden de las clases dominantes es un fenómeno mucho más reciente de lo que se presume.  Dicho eso, no puede pasarse por  alto   que la singularidad de la serie  es desarrollarse  en un  contexto y a partir de una trama que la vuelve  de una asombrosa actualidad. No sería descabellado plantear la hipótesis de que haya llegado a incomodar a los comisarios políticos de la derecha instalados en RTVE,  preocupados por la posibilidad de que se le encienda la lucecita al ciudadano y que, sin quererlo, una producción que no tenía otra intención que paliar la caída de la audiencia de un Ente Público, se haya convertido finalmente en un simpático “cable” para quienes  están apelando a gritos a una regeneración política y social de nuestro país.

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