GÉNERO NEGRO, POLÍTICA Y REALIDAD SOCIAL : ANALISIS DE UNA ENCUESTA DE LA REVISTA BEARN BLACK

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El director de la revista de novela negra Bearn Black, Sebastià Bennassar, acaba de lanzar una encuesta entre ocho escritores, un editor y un librero,  alrededor de ciertas cuestiones que se han vinculado a los debates en torno al género negro. Entre otras, su ubicación ideológica,  compromiso social y  actual situación  en el mercado editorial. En la encuesta participaron Nieves Abarca, Susana Hernández,  Empar Fernández, Josep Camps, Alexis  Ravelo, Ana María Villalonga, Jordi Llobregat, Javier Sánchez Zapatero el editor Ilya Pérdigo y el librero Miguel Ángel Díaz, de Som Negra.

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Sebastià Bennassar

El primer bloque temático, es decir, la ubicación ideológica del género negro y su tradicional inscripción en una postura formalmente “de izquierdas” no generó unanimidad.  Jordi Llobregat  atrajo la atención sobre el lado penalizador de las etiquetas  ideológicas y el elemento desmotivante  para el lector. Nieves Abarca es quizás la que se mostró más crítica, señalando la diversidad del género negro y la necesidad de incidir en el valor de la creatividad literaria y evitar los elementos  nominativos. Abarca supo subtextualizar una cierta denuncia de los sectarismos ideológicos por encima del valor estético y literario de la obra. Una postura en la que la autora se ha reafirmado en reiteradas ocasiones.

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Jordi Llobregat

Es difícil no coincidir con Nieves Abarcar en que esos mismos vicios nos somete a intenciones que nos sitúan fuera de la crítica y la hermenéutica literaria. En  nuestro país, los gobiernos de turno y el cambio rotativo del color político del titular del Ministerio de Cultura han dado lugar a casos estrambóticos de ninguneos y silencios respecto a determinadas figuras de las letras españolas, según la orilla de su inscripción en el imaginario de las “Dos Españas” y eso a pesar de la indiscutible altura de su obra.  Si bien, la idea de Abarca de “ la literatura por la literatura” suscita ciertas reservas, dado que deja de lado las relaciones entre lo estético y lo ético.  Una obra grandiosa  puede perder de su valor cuando su intencionalidad política se revela monstruosa.

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Nieves Abarca

En cualquier caso, si pareció haber una tendencia dominante entre los encuestados  a situar a la novela negra en un eje teóricamente de izquierdas, sobre todo por el lado icónico de algunas figuras, conocidas por haberse situado en ese espectro ideológico como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, pero sin dejar de tener en cuenta el lado problemático de esa categoría analítica. Autoras como Susana Hernández, Empar Fernández  o escritores como Josep Camps reivindicaron quizás con más convicción esa denominación y pusieron en relación la novela negra con su propio y particular compromiso político contra las desigualdades y las injusticias. Ana María Villalonga señaló al lado tautológico del término “izquierda” y la necesidad de situarlo en su debido contexto histórico, estableciendo una clara diferencia entre el progresismo del “ Noir” norteamericano y el “polard” francés, quizás doctrinariamente más marcado. El librero Miguel Ángel Díaz reivindicó el lado “apolítico” de la novela negra, sembrando por momentos una confusión entre la ideología y el poder, lo que no son categorías exactamente equivalentes.

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Susana Hernández

Alexis Ravelo y Javier Sánchez Zapatero apuntaron a que la ubicación ideológica es sobre todo la de los autores y los lectores, no la de la propia novela. Se echó a faltar  un afinamiento de la pregunta por parte de Bennassar, y no habría estado mal que hubiese planteado el interrogante sobre si los posicionamientos políticos del autor no condicionan en efecto el propio perfil ideológico de su producción literaria. Quizás Ravelo y Sánchez Zapatero hayan omitido, a ese respecto, que la articulación de una trama y el tipo de mensaje que pretende transmitir, nunca es inintencionada  en el sentido estricto.

El primer bloque temático planteado por Bennassar  sugiere desde luego reflexión sobre la papel de la ideología  en la  propia dinámica  de la escritura creativa : una vieja problemática inserta en la tradición del desconstruccionismo que ha caminó tras la efigie de Derrida. Sin duda uno de los grandes méritos de esta tradición haya sido recordarnos que el lenguaje, los sistemas representacionales, las configuraciones simbólicas y las propias estructuras narrativas nunca son “neutras” y que siempre ocultan un dispositivo ideológico y una clara voluntad de incentivar determinados procesos hermenéuticos en el lector. Por ejemplo,  se ha presupuesto la frivolidad y el apoliticismo de la novela rosa, omitiendo que nunca dejó de transmitir unos bien determinados valores “ideológicos” en la visión de la inter-acción  entre géneros y la concepción cultural  de las relaciones amorosas.

El segundo bloque de preguntas planteado por Bennassar giró en torno a la conocida vocación social del género negro y quizás podría discernirse un acercamiento de posiciones entre los autores, aunque el problema de las etiquetas volvió a colación.

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Alex Ravelo

Llobregat recalcó que el carácter social no está vinculado a un género determinado, sino que es un mérito individual del escritor. Nieves Abarca afinó el argumento de Llobregat subrayando que hay que hacer una debida distinción entre el lado oscuro de los personajes y la trama en si misma. El apunte de Abarca tiene fuerza y no estaría mal recordar que ciertas novelas, en especial aquellas centradas en historias de psicópatas y crímenes en serie, pueden insertarse dentro de tramas de una inaudita insustancialidad y en algunos casos, vehicular valores sociales harto reaccionarios. A la apreciación de Nieves Abarca habría quizás que añadir que la figura del psicópata, normalmente inserta en el morbo estético de lo sangriento y la crueldad, termina casi siempre por derivar en discursos moralizadores que se retraducen en una mera apología de la ideología policial.El hincapié que algunos autores hacen en el desarreglo psiquiátrico del asesino, es decir, en la pura patología, llevan efectivamente a omitir el verdadero problema de fondo: la violencia como valor cultural y social y que, evidentemente, el sujeto codifica de forma disfuncional y descontrolada. Al hilo de lo comentado, se torna interesante la reflexión de Alexis Ravelo y que, amparándose en las premisas de Marx, subrayó cómo el crimen pone en cuestión las ideologías sobre el orden social que están en el origen de los sistemas de legitimación de una sociedad azotada por las desigualdades.

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             Josep Camps recordó la vocación “social” del género evocando la Gran Depresión.  No habría estado mal establecer una comparativa entre la América del Crack y la situación actual ,así como sobre las formas de tratarlas ficcionalmente, sobre todo por los paralelismos situacionales entre una época y otra.

               Javier Sánchez Zapatero arguyó en cambio el aflojamiento del carácter “social” de la novela negra y el peligroso deslizamiento hacia el costumbrismo, un género literario harto desvalorizado que  exigiría juicios más matizados.  El posicionamiento de Susana Hernández siguió la pauta, recordando cómo nos hemos ido alejando del espíritu original de los “maestros” norteamericanos en favor de novelas que hacen tabula rasa de los temas más clásicos. Sin embargo, su postura resulta menos “purista” que la de Sánchez Zapatero. Susana Hernández ha sido sin duda una de las autoras en este país que más han reivindicado el espíritu de renovación, tanto en lo que hace referencia a los sistemas simbólicos y representacionales, como a la articulación de las tramas. La opinión de Empar Fernández fue bastante coincidente con la de Susana Hernández y recordó que la capacidad de convocatoria del género negro va a ser tributaria de su propio esfuerzo de innovación.

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Javier Sánchez Zapatero               

La postura de ambas autoras resulta pertinente y se podría coincidir con ellas  en la necesidad de autonomizarse de los cánones, pedestales e iconos del “ Noir”, favoreciendo así una producción literaria más diversa, imaginativa y no excluyente. Si bien, quizás habrían sido interesante abordar la cuestión de la hibridad y reflexionar sobre la conexión  con otros géneros y la apuesta por una cierta “mesticidad” en condiciones de superar las limitaciones narrativas del propio género negro.

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Empar Fernández

En otro registro argumentativo, Ana María Villalonga advirtió contra la tendencia a la crónica y la simple mimetización de la realidad social. Lo que en la jerga del periodismo de investigación se ha denominado “hechos sociales” y de los que dio buen testimonio una revista emblemática de la España “negra” como fue “El caso”. Villalonga remató su argumento apelando al trabajo creativo y al gusto por un imaginario literario que interpele al lector. Es difícil no coincidir con la postura crítica de Villalonga y recalcar que la crónica busca el impacto inmediato, pero refuerza lo efímero y abdica de la reflexión más profunda sobre los hechos y sus orígenes. Quizás el argumento del librero de Miguel Ángel Díaz haya ido en la misma línea,  al reivindicar el papel de la novela negra frente al simplismo de los medios de comunicación en el momento de abordar ciertos hechos.

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Ana María Villalonga

Respecto a este segundo bloque temático planteado por Bennassar, la nota dominante fue sobre todo la de no vincular la “cuestión social” a un determinado género literario y menos idealizar el “ Noir” como depositario de sus esencias. En efecto, en un momento en el que la literatura de “expresión” pierde fuelle en términos comerciales y que muchas de sus figuras más significativas se desvinculan del espacio público y del papel tradicional del intelectual “engagé”, sería una catástrofe que la crítica de la realidad social se redujese al denominador común del género negro y solo pudiese ser canalizada a través del universo de las tramas policiales.

Sin duda uno de los grandes méritos de los exponentes haya sido la capacidad de autocrítica y de escapar a las imposiciones de las modas literarias y comerciales, reconociendo los propios límites e insuficiencias del género literario del que son los representantes .

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Miguel Ángel Díaz

Los problemas actuales del género negro español no podían faltar a la cita convocada por el director de Bearn Black. Llobregat incidió en la necesidad de no vincular el género negro a la literatura popular y de reivindicar su estatuto de literatura “de altura”. Llobregat comete quizás el error de dar, sin duda inconscientemente, por buenos algunos prejuicios de la teoría y crítica literaria más académica. No estaría mal recordar que la literatura popular facilitó el acceso a la lectura a los sectores más desfavorecidos y con menos oportunidades de disfrutar de los bienes culturales.  En ese sentido, quizás habría que distinguir entre los juicios estéticos, ( propios de la teoría y crítica literaria) y el análisis social y estructural del consumo cultural ( más propios de la sociología de la cultura). La loable contribución del género negro a la democratización del acceso al mundo de los libros no debería en principio transformar el término “popular” en un estigma. Otra cosa bien diferente, es que se quiera desvincular “lo popular” de la baja calidad literaria. Punto en el que es imposible no reconocer la pertinencia de la reflexión de Llobregat.

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Ilya Pérdigo

Nieves Abarca y el editor Ilya Pérdigo, por su parte, recordaron el elemento nefasto de las modas, subrayando cómo la excesiva proliferación de novelas incide a veces en la calidad literaria y el rigor. Un argumento al que se sumó Alexis Ravelo, pero que  afinó señalando la poca profesionalidad de la crítica literaria, normalmente sometida a los vaivenes del mercado y tendente a confundir precio y valor. La problemática de Ravelo tiene fuelle y no estaría de más que en el futuro se abriese debate, tanto sobre el “amiguismo” que caracteriza a los bloggers, ( que no siempre ayudan equitativamente a los sellos con medios modestos de promoción para sus autores, sino a las “camarillas” a las que se encuentran vinculados), como sobre las presiones de los grandes grupos editoriales sobre el mundo de la crítica, los suplementos literarios de los rotativos y los medios de comunicación.

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                Ana María Villlonga incidió en cambio en la escasa receptividad del lector ante los autores españoles, el poco apoyo y el ninguneo del que son objeto incluso autores españoles con éxito en el extranjero. Un argumento al que se sumaron Josep Camps y el librero Miguel Ángel Díaz, el cual apuntó a la falta de lectores e interés por los libros en general. La propia Susana Hernández,  recalcó la necesidad de promocionar los productos nacionales. Sánchez Zapatero se quejó en cambio de la tendencia a ver la novela negra solo como “de género” y el lado negativo de las etiquetas.

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En general los pronunciamientos tendieron hacia una crítica a la sobresaturación y el efecto “llamada”, en muchos casos en detrimento de la altura literaria. El espíritu dominante pareció ser  de hecho el  de asegurar la supervivencia del género negro más allá de una moda pasajera. Lo que torna a traer a colación las advertencias de autores como Lorenzo Silva o Santiago Álvarez contra la posibilidad de que la novela negra acabe siendo una víctima de su propio éxito cuando el mercado se muestre bajo su rostro más cruel.

 

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               Bennassar cerró el circulo planteando las posibles respuestas para un mejor conocimiento y difusión del género en España. En general hubo propuestas a favor de la lectura y el fomento de las actividades vinculadas al género negro. Se hizo especial hincapié en la necesidad de apoyar y formar a los autores españoles y a la literatura en general en el extranjero. Hubo unanimidad en la propuesta de introducir el conocimiento del género negro en las programaciones didácticas de la enseñanza secundaria y fomentar el surgimiento de lectores críticos.

Obviamente, las propuestas de los escritores encuestados no tendrían nada de utópico de haber estado más allá de los Pirineos, pero se convierten en un horizonte inalcanzable en un país como el nuestro, en el que la mediocridad se ha tornado virtud, en el que las políticas culturales ya no se consideran un potencial de capital humano y progreso y en el que el sistema educativo está viviendo una de las más reaccionarias “contra-reformas”, con una desvalorización de las ciencias humanas y sociales como telón de fondo y la supresión de cualquier proyecto curricular que fomente el espíritu crítico a través de la lectura.

En cualquier caso, se trata de una mini-encuesta interesante en sus problemáticas, que advierte contra la autocomplaciencia e invita a reflexionar sobre la novela negra más allá de ese boom que, a corto plazo, amenaza con convertirse en una burbuja y llevarse por delante a los excelentes autores  que se han significado  en este país.

 

 

 

 

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