VÍCTOR DEL ÁRBOL : “El PESO DE LOS MUERTOS” FUE MI MANERA DE ESCRIBIRME A MÍ MISMO SOBRE MI PASADO Y EL DE MI FAMILIA “

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Premio Nadal 2016 por la obra ” La víspera de casi todo”, ( Destino,2016)  Del Árbol es hoy  un escritor consolidado pero con un periplo escabroso en sus primeros momentos  y una primera obra ninguneada a pesar de haber sido galardonada, El peso de los muertos ( Castalia,2006.)  Una novela que  embrionó , sin embargo, buena parte de su trayectoria posterior y asentó las bases de lo que serán  las grandes  problemáticas de las obras más exitosas de Víctor del Árbol, entre otras, su magistral ” Un millón de gotas”.  Olvidada a pesar de su enorme importancia para la comprensión del conjunto de la producción de Del Árbol, la editorial Alrevés   reeditará El peso de los muertos el próximo mes de junio. Es precisamente sobre esa preciosa y hoy, diez años después, rescatada obra, que conversamos a lo largo de esta entrevista.

Siempre has explicado que empezaste a escribir siendo adolescente. ¿ Qué es lo que separa esa relación  que tenías con la escritura de la que tienes hoy, a parte del evidente y lógico paso del tiempo  y de la madurez que estos proporcionan?

En lo básico se mantiene la misma relación, que se sostiene sobre todo en la curiosidad y en la posibilidad de introspección que la escritura concede. El ejercicio de lentitud permite la reflexión, el cuestionamiento. Esa mirada de cierta incredulidad ante lo que llamamos “normalidad” no ha variado con los años. Ha crecido. Atrás quedan los resabios, la necesidad de demostrar para pasar a un mostrar cada vez más incierto, menos admonitorio cuanto más segura es la voz narrativa. Poco a poco los ripios van dejando paso a una lucidez mayor.

¿Tenías esa visión idealizada del mundo intelectual y literario que todos hemos tenido siempre y que, evidentemente, se va disolviendo a medida que nos vamos acercando a él?

La idealización positivista de que el intelecto, la ciencia y la lógica, pueden resolver los problemas de un mundo planteado como dilema a resolver han dejado paso a ese posmodernismo atravesado de cierta decepción. De repente, las hipótesis ya no se resuelven y las preguntas no tienen respuesta. Eso no significa que la idea no sea válida, como sería injusto decir que la palabra no basta. La idea de que la inteligencia es evolución (y no involución) la sigo manteniendo, del mismo modo que sigo creyendo que la palabra aúna todas nuestras incapacidades de concebir toda realidad pero sigue siendo el instrumento más válido para explicarnos, paradójicamente.

¿Ser escritor y más todavía, ser escritor de éxito, te obliga siempre ha adquirir un perfil “fáustico”, a vender tu alma al diablo?

No hay alma que se vea obligada a convertirse en Fausto. Los diablos que la pretenden son conocibles y reconocibles. Y los perfiles, siempre son una parte de la apariencia, nunca la evidencia y mucho menos la certeza. Uno aprende a preservar su intimidad, también en lo literario, sin hacer concesiones a ese súper “Yo” que otros se arrogan el derecho de impostar.

¿ Qué sensación te da ver hoy reeditada tu primera obra, El peso de los muertos, que a pesar de haber sido galardonada con el Premio Tiflos, pasó en su momento sin penas ni glorias y que incluso te llevó por un tiempo a desistir de escribir más nada?

La sensación calmosa que siente la tierra cuando una semilla termina germinando. El Peso de los muertos es para mí una declaración de intenciones, imperfecta desde luego, pero veraz, donde ya están los elementos básicos que se desarrollarán después.

¿ Has superado esa relación renegada e incluso litigiosa que tuviste durante mucho tiempo con tu primera obra?

El tiempo todo lo cura, y aprendes a poner las cosas en su sitio. Fue una primera experiencia, y como todas las primeras veces se fueron por delante algunas ilusiones. Pero fue una experiencia única, me dio la oportunidad de saberme escritor y me ayudó a perseverar. En lo literario, creo que me ayudó a fijar una estructura narrativa, un tono y una visión.

Supongo que el paso del tiempo y la madurez en tu relación con la escritura, siempre te hace lanzar una mirada crítica hacia una primera obra. ¿ Cómo sería “El peso de los muertos” si hoy tuvieses que reescribirla?

Menos visceral, formalmente más sencilla. Pero en esencia, respetaría la trama y la caracterización de los personajes.

¿ Hoy, que ya has dejado atrás tus difíciles primeros pasos como escritor, cómo concibes esa obra, como el verdadero embrión de toda tu producción literaria o como el símbolo de una etapa de tu carrera que ya consideras revoluta ?

Sin duda como un embrión, por lo que te comentaba antes. Aparece ya aquí el interés por la Historia y la necesidad de canalizarla a través de historias personales. Ya concebía que la única manera de dar credibilidad a los grandes sucesos es a través de las emociones más íntimas.

En “El peso de los muertos” eliges  dos contextos históricos que vas combinando narrativa y cronológicamente : la posguerra y la Transición ¿  Qué es lo que atraía de esos dos periodos?

La posguerra no es solo la etapa que va desde el final de la guerra hasta el final de la autarquía económica. Es sobre todo un proceso de “reeducación” llevada a cabo por los vencedores donde el propósito es desmantelar cualquier logro de la República, y aún más allá, asegurar que no se volvería a producir un hecho similar. La única manera de lograrlo no es la victoria militar, sino cambiar la sociedad, convencerla de que el Movimiento es la única solución y de que Franco es realmente Caudillo por la gracia de Dios. En cuarenta años, se pretende volver a España franquista. Para ello se incide en la educación, en la cultura, en la ideología, en la economía y el la reescritura de la Historia.

Por supuesto que hay elementos disidentes, todo Totalitarismo es imperfecto.   Pero hasta la llegada del primer gobierno formado en su mayor parte por ministros del Opus Dei es realmente minoritario entre una sociedad desmovilizada políticamente y atemorizada, cuando no convencida. La muerte de Franco y los sucesos que la preceden, como el atentado a Carrero Blanco, los Juicios de Burgos, los asesinatos de Atocha, las manifestaciones represaliadas en Barcelona o en Guipuzcua , ponen ante el mundo la evidencia de que el último Dictador emergido en el período de Guerras no lo ha dejado todo atado y bien atado. Son dos momentos claves para entender la dicotomía que nunca a dejado de lacerar este país. Hoy se sigue usando ese discurso frontista, se siguen invocado agravios del pasado, se ningunea la Memoria Colectiva, en aras a un futuro que, por lo que vemos, nunca acaba de llegar.

Siempre has dicho que perteneces a la generación de la desmemoria y el silencio. ¿ ¿Tu primera obra era una manera de romper con esos avatares?

Era una manera de escribirme a mí mismo sobre mi propio pasado, el de mi familia, el de mis abuelos. He dicho a menudo que todo pasado es relato, bien pues yo necesitaba hilvanar el mío para que me resultaran comprensibles ciertas lagunas.

En una ocasión me dijiste que el 23-F del 81 despertó precisamente en ti el interés por el pasado más reciente de nuestro país. ¿ Hoy, que han pasado treinta años desde el “tejerazo”, cómo percibes aquellos acontecimientos?

Tenemos la perniciosa tendencia a minusvalorar el verdadero peso de aquella intentona, ridiculizando los hechos hasta convertirlos en poco meno que una bravatta a cuenta de un grupo de descontentos y arribistas, una locura que jamás hubiera tenido éxito. Pero eso no es cierto, creo que la joven democracia española nunca estuvo más cerca de una involución que en aquel momento.  Pienso que no se estudia con la suficiente seriedad en los programas escolares, ni siquiera en los ámbitos universitarios. Y no es que sea una pena; es que es terriblemente peligroso.

¿ Nuestros sistemas de apropiación del pasado siempre son coyunturales, circunstanciales, generacionales, emocionales, si me apuras?

Son la única manera que tenemos de entender el pasado. Desde la subjetividad. El pasado no son solo los hechos, es sobre todo el modo de interpretarlos y de contarlos. Cada generación necesita sus anclajes culturales, sus referentes éticos y sus valores identitarios. La instrumentalización del pasado justificativo es la trampa amable en la que caen los que solo buscan argumentos a favor y coartadas.

En “El peso de los muertos”, tu protagonista es una mujer con una adolescencia tormentosa y con una visión idealizada de su padre, un militante antifranquista, pero del que va descubriendo ciertas verdades. Un tema que vuelve a estar presente en Un millón de gotas, referente a un militante comunista, Elias. ¿ Cuando escribiste “Un millón de gotas”, quisiste rescatar algo que quizás se había quedado pendiente, en el tintero, precisamente en tu primera obra?

No exactamente, pero pervive esa idea del falso héroe, de la construcción de la identidad a partir de elementos exógenos a la propia identidad. Descartes ya afirmaba que sin los otros no existe el yo. Y Nietzsche eleva esa ideal del Ídolo hasta exacerbación. Pervive en mi intención demostrar que los héroes solo lo son en la medida que alguien los eleva al pedestal porque resultan útiles. Y sobre todo porque, viniendo del pasado no pueden morder la mano que los eleva a los altares. La dimensión humana del héroe no interesa, solo su caracterización como hombre mesías, como guía, como referente o salvador. La imperfección no puede ser aceptada en el discurso mitológico.

¿ Por qué esa constante desmitificación de la figura del padre en todas tus novelas y que siempre viene a resultar un ser ruin, mezquino, de una enorme bajeza humana y rodeado por la mentira?

No comparto todos esos adjetivos, a menos que se les añadan los opuestos. Porque si no es así, el contraste es imposible. Se necesita de los opuestos para llegar a un cierto equilibrio, a una cierta forma de verdad. Por otra parte, la desmitificación del padre es el proceso natural que transitamos todos desde la infancia a la edad adulta. El padre es en una sociedad patriarcal el pater familias, el líder que provee, infalible y protector. El niño lo asume de ese modo inconscientemente, heredero sin saberlo de su bagaje cultural. Luego nace en el niño el Yo, y entra en contradicción con esa autoridad impuesta por el linaje. Es algo puramente antropológico.

Veo que la violencia sexual y la vejación están presentes, no solo en tu primera obra, sino que han vuelco a colación en todas las demás…

La pregunta es ¿qué se pretende con ello? ¿Y por qué resulta eso más llamativo que las escenas que por contraste, una vez más, buscan el curar esas laceraciones? En una sociedad machista el uso de la violencia sexual y de la vejación es el modo explícito de control, de dominio. Si las mujeres protagonistas de mis novelas sufren esas torturas, no lo es menos que se resisten y luchan ferozmente. ¿La literatura no es acaso simbología? ¿De qué períodos hablamos, de qué contextos? Cualquier mujer de esa época, y me atrevo a decir, de hoy en día, sabe o sabido en algún momento lo que es la discriminación por razón de sexo, de género.  Y sabe lo que cuesta luchar contra ello.

Los personajes heridos, dolidos y a veces sin esperanza y ruidos por la pena y el remordimiento han dominado el grueso de tu producción literaria hasta el momento. Algunos dicen que incluso abusas del “sufrimiento” del ser humano como tema central. ¿ Por qué crees que los individuos siempre miran hacia otro lado cuando se les habla precisamente del sufrimiento y prefieren huir de las tramas literarias demasiado tormentosas?

No tengo una respuesta, porque básicamente no comparto esa afirmación. Plantear el punto de visto doloroso de la realidad frente a la visión hedonista de esa misma realidad no me parece desacertado. La literatura no se basa en la pornografía emocional, ni en  la exaltación gratuita de modelos sociales que solo conducen a la infelicidad de la frustración. La única manera de afrontar los problemas es asumir que esos problemas existen, y no hacerlo desde visiones de mero postureo ético.

¿Esta era nuestra del capitalismo salvaje y de la penalización y estigmatización de los “perdedores” están condicionando también nuestros hábitos de lectura?

Posiblemente buscamos en la ficción referentes idealizados que nos ayuden a sobrellevar esa imposibilidad de estar a la altura de los modelos de éxito que la sociedad de consumo crea.

Tanto en  “El peso de los muertos”, como posteriormente, en “La tristeza del Samurai”, hay dos mujeres de clase alta con un papel central, que llevan a la perdición a hombres atraídos y  fascinados por ellas. ¿ No te daba la impresión de que, a pesar de que siempre te has distanciado de los cánones del género negro, has tendido en cambio a reproducir ciertos esquemas simbólicos y representacionales, sobre todo en relación a  la erotizada  “femme fatale”?

El papel de la mujer fatal es maravillosamente perturbador. Creado por una sociedad evidentemente machista que reinventa el mito de Eva, dotándola de todas las cualidades de la perversión que condena la moral religiosa. Es uno de los clichés que mejor han funcionado en la literatura, desde la Ofelia de Shakespeare.

La arbitrariedad y el juego sucio del mundo policial, así como los pasillos oscuros del poder en la Transición están muy presente. Sin embargo, cuando escribiste “El peso de los muertos”, en España no se ponía tanto en cuestión la Transición como se está haciendo ahora. ¿ Pretendías por aquel entonces, quizás hablar de algo que todos callaban en nombre del requetepredicado “consenso”?

El silencio nunca es una opción a largo plazo. Es un poco la tesis que sustenta el título  de El peso de los muertos. No se trata de venganza, se trata de reconocimiento, de procesar momentos históricos en los que las generaciones presentes no tuvieron implicación pero sí sufren las consecuencias.

Durante la Transición, el franquismo dio muchos coletazos y que, por ejemplo, quedaron simbolizados colectivamente con el asesinato de los abogados de Atocha.  Dos de tus personajes en “El peso de los muertos”, viven de hecho las consecuencias de las arbitrariedades que todavía se cometían entonces. ¿ Hay una desmemoria sobre las últimas víctimas de la dictadura?

Creo que sí. Sobre todo en favor de esa tesis de no azuzar el avispero. Volveríamos al tema de los santos laicos, de la mistificación, pero lo cierto es que en este país hubo personas que fueron asesinadas por tener una visión social y política determinada. Entender quiénes eran esas personas, cuál era el contexto laboral, universitario, social, político nos ayudaría a tener una visión poliédrica, no dogmática, de aquellos años.

Me llamó la atención de que uno  de tus personajes,  un inspector de policía franquista, recuerda mucho al siniestro comisario de la Brigada Político-Social, Antonio González Pacheco, conocido como “Billy el niño” y hoy reclamado por la justifica argentina…

Y ya sabemos la respuesta que ha dado nuestro gobierno. Cuando se reformó el artículo del CP que hablaba de la persecución contra los delitos de lesa humanidad, se hizo una declaración de intenciones. Hoy, por ejemplo, no sería posible encausar a Pinochet.

¿ Todavía andan sueltos muchos “Billy el niño” en España?

Y quienes los utilizaron, ahora los apartan del foco y esperan pacientemente a que se mueran. La muerte es un buen analgésico contra el dolor de querer recordar.

Desde qué publicaste “El peso de los muertos”, el tema del abuso de poder y de unos individuos condenados a veces a volverse los cómplices de sus propios torturadores son muy centrales en el conjunto de tu obra. ¿La fuerza del poder es tal, como para que a veces no se disciernen con  claridad las fronteras entre el verdugo y la víctima, la maldad del poder alimenta también en nosotros otro “pequeño verdugo”?

La naturaleza del poder es el tema central de la literatura. Casi me atrevería a decir que es el tema central del arte. El poder siempre quiso patrocinar el arte y al artista porque es una manera de controlarlo y dirigirlo hacia un decálogo que le resulte útil. Incluso la disidencia y la apariencia de democracia pueden ser, y de facto son, dirigidas por el Poder, siempre que sea controlable. Pero si el arte es arte, entonces es ruptura, cambio, cuestionamiento, alejamiento de las esferas de influencia económica. Todo sistema necesita cómplices y voluntades para funcionar. Y en los resquicios de la mezquindad existen multitud de candidatos y paniaguados.

A parte de la particular experiencia histórica del estalinismo y del nazismo, hemos visto las dictaduras militares en América Latina y en Europa la experiencia atroz de los proyectos de limpieza étnica en los Balcanes. ¿ El siglo XX ha sido, ya no el siglo de los totalitarismos como experiencia política históricamente bien localizada, sino también el de una mentalidad totalitaria, o en otros términos, el odio y la destrucción como valor cultural y mal civilizatorio?

La destrucción étnica es una constante en la historia de la humanidad, la uniformidad una vocación de quien controla en cada tiempo los resortes históricos. Los elementos económicos siempre han sido disfrazados de ideología, desde Asiria hasta las Guerras de religión. La diferencia es la capacidad destructiva, y un elemento multiplicador como la propaganda del terror. Ahora existe una clave que no existía en guerras pretéritas. Son públicas y publicadas en tiempo real, se convierten en material de desecho en los telediarios. El sufrimiento ajeno se ha vuelto banal.

¿La modernidad más acabada ha sido la barbarie más acabada también, cómo predicaba Adorno?

Ya hemos trascendido ese momento. Ahora ya ni siquiera nos sirve el culto al individuo por encima de lo colectivo. El narcisimo social, la vulgarización de los estándares de la Cultura, la parodia de los nuevos ideólogos, nos ha conducido a ese futuro previsto por Nietzsche, donde el hombre ha sido vencido por su propio ego, para emerger convertido en una criatura desamparada, sin Dios, sin modelos que trasciendan lo material. De modo que debemos afrontar el futuro reconstruyendo nuevos valores que, paradójicamente, vendrán a entroncar con valores pretéritos como el respeto al entorno, la valoración de la experiencia en la persona adulta, la inteligencia emocional.

¿ La literatura ha de ser siempre un compromiso contra el poder y la arbitrariedad?

En mi opinión, la literatura es ante todo una opción de libertad individual.

Decía Manchette que no había una Maldad Absoluta y que esta siempre era “histórica” y que adquiría diversas formas según cada circunstancia. ¿ Hoy, en el siglo XXI, en plena Era de la Información y de las grandes tecnologías, cuál es el rostro de esa “maldad humana” y de esa perversidad del poder?

Algo así decía Ortega y Gasset cuando hablaba del “hombre histórico” En mi opinión, la maldad del siglo XXI es la de siempre: la demagogia, la falsedad ideológica, de desmemoria y por encima de todas las maldades, la vacuidad.

 

 

 

 

 

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