ARMARIOS DE PUERTA “ENTREABIERTA” : GÉNERO NEGRO Y HOMOSEXUALIDAD

El cine y la literatura negrocriminal cosecharon durante muchos años la declarada hostilidad de las minorías sexuales,  esto debido a su hetero-normativismo  y  a los poco disimulados prejuicios homofóbos  que destilaban en algunos casos. Quizás habría que recordar de que, junto a los superhéroes que dominaron los cómics de los años 40 y 50, la figura policial o detectivesca  y  el propio ganster o  rufián, también se erigieron en los referentes culturales  de muchos adolescentes varones de extracto popular, que encontraron en dichos perfiles sus propios ideales de masculinidad y virilidad. En el “Noir” más clásico ese sistema configuracional permaneció encarnado en los grandes mitos del cine negro norteamericano y europeo. Cualquier vestigio de homosexualidad era así proyectado hacia el ámbito de la “ininteligibilidad” cultural.

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 “Vestida para matar” de Brian de Palma 

Sobran comentarios sobre las producciones cinematográficas entre los años  70 y 90 en el género del negro, el policial  o el suspense, que tuvieron una clara intención “patologizante”  y eso en la línea ideológica de la psiquiatría más reaccionaria. Esa tendencia quedó   muy bien sintetizada en iconos  como, por ejemplo, “ Vestida para matar”,(1980) de Brian de Palma, una trama de cloaca que  vinculaba la transexualidad al desdoblamiento de personalidad y el desarreglo mental.  Los estrenos cinematográficos  pusieron la guinda con exitosas superproducciones con un claro tufo  injurioso respecto a las minorías sexuales,  como fue el  caso  “ El Silencio de los corderos” (1991) de Jonathan Demme, una mezcla de género policial y thriller, con una trama psicológica más o menos barata y sin otro mérito que haber sido una de las peores basuras homofóbas jamás brindadas por la industria hollywoodiana. Pese a la plomiza e insulsa Jodie Foster, la película salvó los muebles con la magistral interpretación de Anthony Hopkins en el papel de Hannibal Lecter, pero filtró un claro discurso ideológico a través de la figura de Buffalo Bill, interpretado por  Ted Levine, un homosexual de infancia tormentosa e impulsos psicópatas.Los dos ejemplos evocados no son aislados, aunque llegasen al colmo del bochorno, dado que no hicieron otra cosa que afinar una tendencia general del cine a presentar a los gays y las lesbianas como seres descentrados, asociales y anacrónicos.

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Ted Levine como Buffalo Bill 

La obra recibió  una más que merecida respuesta por parte del movimiento gay norteamericano y esto en el contexto de su radicalización política en los años 90. El  acoso público del que terminó siendo objeto Jodie Foster  a manos de los círculos activistas a raíz de su participación en un film que se consideraba denigrante para con el colectivo gay, abrió la controversia en torno al famoso  Outing y los grados de lealtad que un individuo le debía a su grupo de pertenencia. El Outing fue una practica muy especifica del movimiento gay norteamericano,  pero en cambio con poco arraigo en el activismo europeo, y que consistió en hacer pública la homosexualidad de cualquier individuo que adoptase conductas hostiles o contrarias a los intereses del colectivo.  Evidentemente, Foster no era una activista, ni tampoco había demostrado la mínima sensibilidad ante la lucha por los derechos civiles. Reivindicaba con toda legitimidad  su libertad individual frente a cualquier presión comunitaria del mundo gay. Lo que no le impidió “Salir del armario” algunos años más tarde y especular mediáticamente con su vida privada y relación con su compañera sentimental.

El caso de “El silencio de los corderos” y  los encontronazos que terminó generando entre el activismo gay y la industria de Hollywood, debe ser contextualizado en el particular ambiente político y social norteamericano de los años 90 y la oleada de conservadurismo que había traído la Era Reagan. La experiencia  la pandemia del Sida , el repunte de las discriminaciones y la clara regresión en relación a los derechos civiles que habían sido conquistados tras las revueltas de Stonewall de 1969, generó en efecto un proceso de reconcienciación comunitaria del colectivo LGTB y queer. La cuestión de la “visibilidad” y el boicot contra los productos culturales, cinematográficos o literarios, con claras intenciones difamatorias, ocupará así un lugar central en los debates políticos animados desde el activismo.

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Es también  dentro de ese clima político y social de los 80 y 90, caracterizado por el rearme de los discursos homofóbos que había conllevada la pandemia del Sida ,  que debe entenderse la mofa al universo simbólico que encarnaba  el mundo policial y detectivismo y, por añadidura, hacia su ilustración ficcional. Un caso ilustrativo fue el de la industria pornográfica.  Cabe recordar, a ese respecto,  la popularidad que adquirieron   las escenificaciones de encuentros sexuales orgiástico en medio de comisarias,  calabozos e instituciones penitenciarias y en las que inspectores, policías uniformados y delincuentes acababan en todo tipo de desmanes.Se trató  de formular una crítica hacia el “pánico homosexual” que solían sentir los varones heterosexuales en general y el universo policial en particular.  La parte sórdida, sucia y algo cutre  del engranaje “porno”, también pretendió canalizar  una contra-cultura sexual que subrayaba el lado profundamente homo-erótico del “Mundo entre hombres”.

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Los  80 y 90   fue también el tiempo de gloria de dibujantes  como Tom of Finland, cuyos cómics-trips hicieron época entre los sectores más intelectualizados, teóricos y radicales del movimiento gay. Su popular personaje, Kake, un héroe de estética “Village People”, desconstruyó muchos imaginarios en torno al mundo policial y la presunción de heterosexualidad obligatoria que lo rodeaba, vehiculando una impertinente burla y puesta en cuestión del universo cultural imperante en las profesiones masculinas, sobre todo  en las vinculadas a las fuerzas del orden. Finland hizo su fama gracias a personajes masculinos hiper-viriles,uniformados e inmersos en relaciones sexuales de una particular violencia.

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Nazario 

En España esa tendencia radical del  mundo gay “intelectual” se reveló  más  vacilante, pero también se enfrentó  directamente a los sistemas de “ininteligibilidad cultural” que imponía el género negro y policial respecto a las minorías sexuales. Una figura emblemática fue la del artista y dibujante Nazario Luque,  popularmente conocido como “Nazario”, uno de los grandes símbolos, junto a los intempestivos Ocaña y Camilo, del universo Camp, canalla y “chapero” de la Ramblas en los años 70. Fundador en nuestro país de comic Underground , Nazario llegaría a ser el principal discípulo de Finland en España.   Cuando el irreverente dibujante barcelonés creo el personaje de Anarcoma , un detective que investigaba crímenes en el antiguo barrio Chino de Barcelona y que se definía por una profunda ambigüedad en cuanto a su identidad de género, no sólo pretendía ridiculizar el mundo policial y detectivesco franquista, sino formular una denuncia contra los sistemas binarios de matriz heterosexual. Anarcoma encarnó en efecto un personaje que resultaba ser un híbrido entre Bogard y Bacall y que rompía con el imaginario hetero-normativo que había caracterizado al género negro en general y el género policial en particular. Los años 70 y 80 fueron también los de la devoción hacia el universo canalla de Jean Genet, ejemplarizado por novelas como Querelle o “Diario de un ladrón”. En aquel entonces  se convirtió en el emblema literario y cultural del movimiento gay  el magnético Truman Capote, sobre todo a gracias a una obra que había hecho historia,  “ A sangre fría”, en el que se entremezclaban crimen, sexo y amor homosexual. Frente a los discursos moralizadores del género policial o el exceso de machismo del género negro, la apuesta era sobre todo a favor de lo  marginal, lo abyecto y lo contra-discursivo.

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La segunda mitad de los años 90 supusieron sin embargo un cambio de rumbo, sobre todo gracias al creciente ascenso de los Gays and Lesbian Studies en el mundo universitario norteamericano y del que fue llegando el eco en España. Servidor participó en profundidad en los debates teóricos sobre la representación de las minorías en general y de las minorías sexuales en particular, en el ámbito de la creación ficcional. Un tema que fue   central dentro de los Cultural Studies y de la teoría literaria y fílmica queer de inspiración post-estructuralista. Hubo coincidencia sobre la necesidad de superar, tanto las respuestas  irreverentes, paródicas y burlonas de los 70 y 80 ( que permanecían como el privilegio de una minoría vinculada a los círculos de la creación artística y performativa ),como a las puras reacciones victimistas y paranoicas de los sectores más “respetabilistas” y asimilacionistas del movimiento gay ,   que por su parte, limitaban la reflexión sobre las posibilidades de cambio social y cultural. El reto de la problemática se presentaba en dos frentes : superar las representaciones “denigrantes” y ganar  “visibilidad” dentro de la novela de género y los productos culturales destinados al consumo de masas.Evidentemente, resultaría arduo repertoriar toda la reciente producción española y extranjera y la evolución de sus sistemas representacionales respecto a las minorías sexuales. Pero si se podrían hacer una serie de apuntes generales.

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Marta Sanz 

No cabe duda que la experiencia del movimiento gay de urdimbre radical de los 90 contribuyó a interpelar a la sociedad y determinó también la propia evolución de las industrias culturales. Frente a las representaciones discriminatorias, insultantes, ridículas y risibles imperantes hasta los 90, los cambios socioculturales que forzó el movimiento gay incidieron en la creación de personajes  gays y lesbianos, con una gran centralidad en las tramas o incluso con papeles protagonistas en las series televisivas o literarias. Esa presencia de las minorías sexuales  en las industrias culturales se ha ido asomando en los últimos años a través de diversas manifestaciones, muchas de ellas de un gran éxito de público. En el ámbito concreto del género negro,  un caso elocuente ha sido el de Marta Sanz, con el personaje del detective Zarko, que aunque no desprovisto de ciertos y crispantes estereotipos, desbarajustó mucho esquemas simbólicos vinculados a la masculinidad.  Es un mérito que  incluso  autoras  de género negro públicamente  lesbianas,  hayan tenido el valor de introducir el tema de la homosexualidad en su producción narrativa y esto más allá de las viejas, tradicionales y mencionadas representaciones “patoligizadoras” , como es el caso de Susana Hernández, con el personaje de la Subinspectora Santana. Acaso habría que recordar  que el escandaloso  caso Roció Wanninkhof y  el linchamiento popular y judicial contra Dolores Vázquez sin pruebas periciales contundentes, demostró sin duda el anclajes de los imaginarios colectivos sobre la lesbiana “perversa” y maligna y que el propio género negro y policial  había contribuido a perpetuar durante décadas.  Sin olvidar a autores abiertamente gays como Toni Hill, que sin tornar central la cuestión homosexual en su producción narrativa, han ido “desarmarizando” ese universo como parte inevitable de la realidad social.

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Susana Hernández 

Sin embargo y más allá  de la enorme valentía intelectual y literaria que estos  autores y autoras han demostrado, sobre todo, rompiendo con los binarismos imperantes en la novela  negra y policial en torno a la sexualidad y las identidades de género y extrayendo a las minorías sexuales del ámbito de la “ininteligibilidad cultural”, habría que preguntarse en qué términos reales se han roto  verdadera,emte”armarios”.  El interrogante estriba en saber si ciertas formas de “visibilidad” no vienen a revelarse “sesgadas” y por lo tanto, con una clara tendencia a “rearmarizar” e incluso “(re)invisibilizar a una parte significativa del colectivo LGTB. En efecto, no estaría mal preguntarse si algunos directores, autores y autoras hubiesen cosechado  tanto curiosidad lectora o incluso receptividad por parte de sus propios productores o editores, si sus formas de abordar y representar el tema de la homosexualidad masculina y femenina en sus creaciones hubiesen franqueado las líneas rojas impuestas por  una sociedad hetero-normativa anclada en la hipocresía de la corrección política y la “tolerancia con reservas”. En suma, una vida colectiva que exige tributo de triunfo social a cambio de aceptación matizada En ese sentido, se tendría quizás que formular la hipótesis de   si la loable intención de “normalizar” la realidad LGTB en el ámbito ficcional “Noir”  a través de personajes “respetables” y provistos de reconocimiento social, no está en realidad teniendo un inesperado y enojoso “efecto perverso” . Es decir, alimentando la construcción de nuevos silencios o en última instancia, contribuyendo a forjar “armarios” de puerta “entreabierta” y detrás de la que solo pueden asomarse unos pocos privilegiados capaces de cumplir con las expectativas de una sociedad hetero-normativa. Está claro que algún camino queda todavía por hacer.

 

 

 

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