ENTRE LA “EXPRESIÓN” Y EL “ENTRETENIMIENTO” : MESTIZAJES LITERARIOS EN EL POST-NOIR

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Los diversos estilos  narrativos fueron tradicionalmente objeto de encasillamientos por parte de la teoría y hermenéutica literaria “académica” y la propia historia universal de la literatura , las cuales establecieron categorizaciones y etiquetajes que situaban una  obra en un bien determinado escalafón, que a su vez informaba de su nivel  de prestigio y reconocimiento. La llamada, literatura “de expresión”, por ejemplo, se ubicó en términos generales en el ámbito de la alta cultura, otorgándole  el monopolio de la expresión  ficcional de los grandes temas vinculados a las cuestiones políticas, éticas, morales, sociales, históricas y civilizatorias. En el sistema educativo, sobre todo en el ámbito de la enseñanza secundaria, la literatura “culta” era el material didáctico a través del cual se pretendía alcanzar objetivos curriculares como la comprensión lectora, la habilidad analítica, así como  el fomento del gusto estético y de la propia formación humanística del alumnado. No hace falta recordar los temibles exámenes de lengua y literatura y los famosos comentarios de texto de fragmentos del Quijote , La regenta o La tía Tula, o los trabajos obligatorios sobre  “Nada”,   “ La colmena” o Tiempo de silencio, bajo pena de un suspenso monumental y de un bronca paterna de equivalentes dimensiones. No sacar buenas notas en física o matemáticas era sujeto de indulgencia, dado que se consideraba cosa de mentes privilegiadas, pero no saber leer y escribir  correctamente era pecado de lesa humanidad. Lo que, en última instancia y como recordó mi llorado Jacques Derrida , explica  la trascendencia y  funcionalidad del lenguaje y de los sistemas de significación en su papel de dispositivos ideológicos e instrumentos de control social.

 

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La llamada “literatura popular”, en contrapartida, apareció en el imaginario colectivo, en el ámbito académico y en las propias pautas de consumo de los productos culturales, como un elemento destinado al “entretenimiento” y a la gestión del ocio y del tiempo libre, dando por sentada su inherente naturaleza anti-intelectualista. Era lo que se denominaba, “leer chorradas”.  Recuerdo una famosa ocasión en la que el profesor de literatura nos pidió que trajésemos a clase una novela que nos gustase. A mi no se me ocurrió otra cosa que llevar conmigo una “novelilla”. El profesor me ridiculizó ante los demás alumnos, diciendo que “¡¡Había precisado  que trajésemos una obra de literatura!!”. Evidentemente, no se preguntó si aquella novelita tenía algún significado para mi,  estaba contribuyendo a mi entrenamiento en la lectura o la escritura o si había algo en ella que pudiese tener que ver con mi subjetividad, formación como persona e interpretación y comprensión de la realidad. Aquellos tiempos no eran  los del constructivismo, el aprendizaje significativo y  la psico-pedagogía y ciencias didácticas  interesadas en la diversidad de las” inteligencias” y comprensiones lectoras.  Ser un chico “inteligente”, era sacar buena nota en un comentario sobre la figura de Sancho Panza. En caso contrario, te confinaban a las estigmatizantes mazmorras de la dislexia o el coeficiente intelectual bajo.

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Tuvieron que pasar los años para darme cuenta de que, en principio, la novela romántica, de aventuras y como no, la novela negra y policial, estaban inscritas en el registro de la “no verdadera literatura” o lo que de forma despectiva se denominaba “literatura de quiosko”; incapaz de suscitar cualquier reflexión crítica en el lector y solo pensada  de cara a lo efímero, lo frívolo y lo superficial.  La prueba está en que, en el caso concreto del género negro, nunca se le insertó de verdad en la historia intelectual y literaria, sino en la historia social y el análisis sociológico del consumo de masas.

La cuestión está en saber hasta qué punto esa separación entre la literatura de “expresión”( se supone que “culta” y portadora de sistemas de “verdad”) y la literatura de “ocio” ( se presupone que la de baja calidad e interés y más o menos atolondrante) ,tiene hoy  pertinencia y consistencia.  En primer lugar, estaría bien establecer qué debemos entender por “literatura de entretenimiento” y si esa etiqueta  pone la obra directamente en relación con el mal gusto estético o literario.Para muestra, un botón.  Obras maestras  como Frankenstein  o el Conde Drácula han   tenido un lugar central en el mundo del ocio y el tiempo libre, sobre todo a la vista de las múltiples versiones que  han dado de ellas fenómenos sociales de masas como  el cómic, el cine o la televisión. ¿ Por esa regla de tres,  debemos decir entonces que Mary Shelley o Bram Stoker son autores de literatura barata, a raíz de la urdimbre y arraigo “popular” de sus personajes? Cabe concluir, por lo tanto, que la noción de “entretenimiento” y la mirada despectiva que se lanza  sobre ella cuando es cuestión de los hábitos de lectura,  responde sobre todo a un prejuicio ideológico contra la sociedad de masas y no siempre a una justa evaluación estética  o literaria.

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El tiempo ha demostrado que las dinámicas  “fronterizas” en el ámbito de la escritura y la creación ficcional se están revelando cada vez más pujantes. Mientras la llamada “literatura literaria” aborda  cuestiones que se relacionaban con las temáticas de la literatura “de género”, ésta y muy en particular, la novela negra, se ha hecho eco de problemáticas, configuraciones simbólicas y contextuales que en otro tiempo se consideraban monopolio de la literatura de “expresión”. Un perfecto ejemplo de ello es la creciente introducción en el género negro de cuestiones relacionadas con la memoria colectiva o la condición humana y que han contribuido a su alto nivel de intelectualización, sin por ello perder su vocación “popular”.

Está claro que la tendencia al “mestizaje” literario se ha ido acentuando a los últimos años y que las viejas y elitistas lineas separatorias que se establecieron desde la academia en general y la teoría y crítica literaria en particular, empiezan hoy a no responder con fidelidad a la realidad. Quizás sea esa una de las características del Post-Noir : romper las fronteras imaginarias entre la alta literatura y la literatura popular, haciéndose receptivo ante lo mejor de cada una. La novela Post-Noir es efectivamente eso, un puente y confluencia entre la “expresión” y el “entretenimiento”, desde una lógica del mestizaje narrativo.

 

 

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