PEPE CARVALHO : UN ANTI-HÉROE EN LA “FICCIÓN HISTÓRICO-POLÍTICA” DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN.

Carvalho

 

He oído decir muchas veces  que el Marlowe español es sin duda Pepe Carvalho. Las comparaciones siempre me han parecido odiosas, más todavía cuando se hace tabula rasa de los contextos históricos en los que se mueven las  distintas figuras ficcionales y que no siempre son equivalentes  desde un punto de vista social como cultural. Este “comparativismo intuitivo” que, claro está, no hay que confundir con el “Comparativismo” “serio” como subdisciplina de la teoría y hermenéutica literaria “académica”, alberga el mal añadido de que tiende a desvirtuar a los personajes  y hacer que pierdan “inteligibilidad” propia. Y la “inteligibilización” del perfil de Carvalho solo es posible desde nuestra  realidad española y catalana y  esto porque es un producto de la misma.

Particularmente, la imagen del detective Carvalho con la que más me quedé, sobre todo allá por los años 80, fue encarnada en Eusebio Poncela, a través de la plomiza serie que emitía TV1 en aquella época y dirigida por el argentino Adolfo Aristariain.  Supongo que el relativo rechazo que me generaba aquel fastidioso producto televisivo condicionó en mucho mi mirada .  Eusebio Poncela fue uno de los mejores actores de la Transición, que aceptó  interpretar uno de los peores papeles televisivos de su vida y a través del que distorsionó por completo el personaje que se suponía que tenía que simbolizar. Cuenta la leyenda que el contrato de Vázquez Montalbán con el Ente Público  vino ayudado por las horas bajas y los apuros económicos que atravesaba el autor, dejándolo sin margen de maniobra frente a los criterios de productores, directores y guionistas. Esa misma leyenda acaba con la publicación de ” Asesinato en Prado  del Rey” (1987) y que según se narra, fue la forma que tuvo   Vázquez Montalbán de tomar su revancha.Tuvieron que pasar los años y caer en mis manos las primeras novelas del escritor barcelonés para confirmar que aquella serie era una auténtica birria, después de vaciar al personaje de todos sus matices y convertirlo en una burda y caricaturesca aproximación a la criatura de Vázquez Montalbán.

Chivite

 

Más allá de todo ello,  lo que sí llama la atención  fue la habilidad  del escritor para inventar una figura como Carvalho, que sin embargo  las malas lenguas vinculaban a una simple   clonación de su propia personalidad. Visto así,  el autor barcelonés habría estado en lo meramente auto-ficcional  o en la ficción verídica, faltando al esfuerzo de imaginación y creatividad literaria exigida a todo escritor que reivindicase ese apelativo. No fueron pocos los que  se  preguntaron  si Pepe Carvalho hacía función de camuflaje, de mascara  de su propio  padre o si en realidad  tenía vida propia y una biografía que contar más allá de su creador.  Esa era al menos la hipótesis que planteó en su momento  Manuel Blanco Chivite  con su obra  Carvalho, un detective de ficción ( Ediciones Vosa, 2007) un libro corto, pero profundo y sesudo, que tuve ocasión de rescatar en los cementerios de la biblioteca de Granollers.

Apuntaba Andreu Martin precisamente en el prologo al libro de Blanco Chivite, que él nunca había creído en los personajes detectivescos, porque en realidad carecían de verosimilitud y existencia propia, dado que sus experiencias eran inconexas y sin pasado.  Según el “Maìtre à pensée” del “Noir” español, si algún personaje de ficción hacía excepción, era Carvalho. Y es que Vázquez Montalbán había sabido a través de las veinte novelas que constituyeron la serie, describir la evolución y los cambios personales y existenciales de un personaje que adquiría humanidad a través de las metamorfosis de su  periplo. La verdadera cuestión está en saber si, como lo apuntan los más malintencionados, los diferentes perfiles y estados anímicos que irá adquiriendo el personaje, no eran en realidad el espejo de la propia evolución vital de su creador, del personaje “paralelo”, como  lo llamará Blanco Chivite en referencia a Vázquez Montalbán.

serie carvalho

De origen gallego, Pepe Carvalho es un hijo de la posguerra, de los vencidos y del exilio, como el propio padre de Vázquez Montalbán. Milita en el Partido Comunista y se casa con Muriel, una compañera de partido de ideas ortodoxas. Las desavenencias con su mujer vienen condicionadas por los factores ideológicos, que Muriel lleva hasta lo ridículo y patético, al considerar que el placer sexual y la belleza femenina son un producto “pequeño burgués” del sistema capitalista. La delirante  personalidad de su pareja  les acaba llevando a la ruptura.

           Alejado de la sombra de Muriel, Carvalho irá evolucionando en coherencia con sus posturas heterodoxas y actitud crítica respecto al desmanes  estalinista del PSUC.  Su gran amigo por aquel entonces es Cerdán, un compañero de partido con el que discrepa constantemente y que resulta una caricatura ficcional del emblemático filosofo y teórico marxista, Manuel Sacristán.  Pero por la vida de Carvalho también irán circulando otros personajes como Biscuter, un quinqui que conoce en la cárcel y con el que va adentrándose en las artes gastronómicas. Carvalho  es hasta entonces un hombre rodeado por  Rojos y chorizos. Al salir de la cárcel,  dará un paso más en su evolución y se cruzará en su camino Wonderful, el agente de la CIA  a través del que entrará en el servicio de espionaje norteamericano. Un cambio de rumbo de Carvalho que quedó ilustrado en ” Yo maté a Kennedy”. (1972.) Después de la CIA  vendrá Bromuro, el limpiabotas que ejerce de confidente y el personaje de Sánchez Bolin, un escritor gordo que parece caricaturizar al propio Vázquez Montalbán y que plasmó en obras como “El balneario” (2002). La memoria urbana de Barcelona, en especial la de las Ramblas y de Vallvidrera está siempre presente en las diversas etapas vitales de Carvalho y que en realidad no deja de ser esa misma ciudad condal que está en los recuerdos de juventud del autor.

Kenndy

Durante la Transición Carvalho es ya un hombre cínico, ascéptico, apolítico, decepcionado, que  no cree en nada y termina por convertirse en un detective que cobra por sus servicios y desconfía del Estado, al que considera una organización mafiosa.  Un hombre solitario, sin otra relación sentimental que la que mantiene con Charo, una prostituta de lujo, cuando Muriel ya ha pasado al olvido para siempre y mientras sigue torturado por la muerte de Laura, una amante de clase alta cuyo asesinato le obsesiona. Para entonces, Carvalho es  un hombre preocupado por la vejez y unos años que le van devorando. Es el momento en el   personaje de Vázquez Montalbán ya había alcanzado fama y reconocimiento en el extranjero, sobre  todo gracias a “Los mares del sur” (1979), al ser galardonada con el Prix International de Roman Policier y con el propio Premio Planeta.

los mares del sur

El Pepe Carvalho de los 80 es sin duda el más interesante, por lo mucho que atestigua de toda una época. Políticamente, nunca ha creído en el ilusionismo generado por la figura de Felipe González y por eso vota a los comunistas en 1982, aunque sin demasiado entusiasmo y convencido que el PCE  va directo a su perdición. No es  una anécdota  el hecho mismo de que Vázquez Montalbán dimitiese aquel mismo año del Comité Central del PSUC. “Asesinato en el Comité Central” (1983). fue una de las mejores ficcionalizaciones literarias de los entresijos del comunismo español, la guerra entre clanes y facciones y la definitiva descomposición del gran artífice del antifranquismo.  El propio  ensayo político de Vázquez Montalbán, ” El optimismo de la razón” ( Planeta, 1988), dedicado a Rafael Ribó, reflejó la fidelidad  al PSUC, que después se convirtió en Iniciativa per Catalunya. El escritor reafirmaba así su heterodoxia frente a aquellos que consideraban que aquel niño pijo de la alta burguesía catalana resultaba demasiado insulso e incoloro en comparación a figuras míticas como Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri o dirigentes históricos como Gregorio López Raimundo. Vázquez Montalbán  tampoco creía en el dirigente socialista Felipe González, ni  menos todavía en el pujolismo, aunque algunos años antes se hubiese opuesto con firmeza al Manifiesto de los 2300 lanzado por gente como Federico Jiménez Losantos y Amando de Miguel, las futuras estrellas de la caverna mediática que se habían dedicado a atizar la polémica sobre la cuestión lingüística   No cabe duda  que Vázquez Montalbán   trasladó al personaje de Carvalho su propia incredulidad ante  el ilusionismo del PSOE.

Comité central

En mi adolescencia y primera juventud, cuando un servidor era militante de las Juventudes Socialistas, los constantes torpedos de Vázquez Montalbán contra el guerra-felipismo  solían desconcertarme, sobre todo a la vista de la hipnosis que aquel líder carismático ejercía en todos nosotros. Felipe González acabó defraudando a la sociedad española, convirtiéndose en el cerebro del terrorismo de Estado,  el amigote de multimillonarios y el cómplice de la extrema-derecha venezuelana anti-chavista.  No es descabellado afirmar hoy que el tiempo terminó por darle la razón a Vázquez Montalbán. Sobre la biografía política del escritor barcelonés abundan un buen numero de artículos y trabajos, pero merece la pena señalar, por ejemplo, la obra de Mari Paz Balibrea, En la tierra baldía ( El Viejo Topo, 1999), un ensayo que recorre la evolución política e intelectual del escritor desde las decepciones que generaron los acontecimientos del Mayo del 68 o la propia edición de  Francesc Salgado , Manuel Vázquez Montalbán. Obra periodística ( 1960-1973) ( Debate, 2010). 

postmodernidad

La última etapa de Carvalho fue la de la Barcelona olímpica del 92 y su agotamiento es el puro reflejo del que está sufriendo entonces su creador. Hay unanimidad en reconocer que Vázquez Montalbán vivió su último tramo de vida presionado por los compromisos contractuales con el sello Planeta, pero zarandeado por una creatividad mermada que le llevaban a la repetición y el autoplagio. En efecto, El laberinto griego (2005) y Sabotaje olímpico (2001)  fueron sin duda su obras menos logradas y más repetitivas.  Pero lo que está claro es que había una relación inter-subjetiva y complementaria entre Vázquez Montalbán y su personaje, donde las fronteras entre la realidad y la ficción, la verdad y la mentira terminaron tornándose borrosas. Carvalho fue, en efecto,  un anti-héroe  en medio una ficción verídica sobre la realidad histórico-política que le tocó vivir a Vázquez Montalbán.

 

laberinto

 

La auto-ficción está a menudo denostada, olvidándose que no mantiene una forzosa riña con la calidad literaria y que la subjetividad personal del escritor siempre se filtra en cualquier historia inventada, por grandioso que sea el imaginario fantasioso de la obra. Otra cosa bien diferente es que  las historias autoficcionales no tengan otro estatuto que el de instrumentos  de auto-terapia o  auto-ayuda. De éstas  abundan hasta la saciedad y de ello dejan un buen ejemplo los  policías metidos a escritores y dedicados a la auto-apología o lo que es peor, a la apología de la ideología policial, en base a tramas insustanciales en el espíritu  de la “literatura de entretenimiento” más barata. Una tendencia que sin embargo hay de distinguir y no confundir con lo que fue la labor de Vázquez Montalbán, dado que la auto-ficcionalidad a la que se prestó el creador de Carvalho no despojaba sus historias de un lado magnético : el compromiso político y social con su  propio tiempo. En ese sentido, es muy difícil desvincular el cínico personaje de Carvalho de las ilusiones y decepciones que vivió la propia generación de Vázquez Montalbán.  Como nos lo recordaron Javier Sánchez Zapatero y Alex Martin Escribà, Carvalho   fue  el ojo crítico a través del que Vázquez Montalbán vertebró una mirada desencantada sobre la realidad circundante y ello en base a una postura contra-cultural y un realismo social de un profundo escepticismo.  A través de él, su creador hizo sobre todo una crónica de toda una etapa de la historia política y social española, de los sueños que se forjaron durante la posguerra y el antifranquismo y de las enormes desilusiones que trajo la Transición y Post-Transición. Así lo apuntó al menos el propio Vázquez Montalbán :

” Mi vida no tiene mucho interés- decía- Ha sido más historia que vida hasta los setenta y desde entonces, es más literatura que vida”.

Desde luego, Vázquez Montalbán no era un nostálgico, porque consideraba que la nostalgia era la que impedía tener una mirada serena y lucida sobre el pasado.   El prestigioso estudioso del género negro y policial español, José Colmeiro  en su compilación, ” Manuel Vázquez Montalbán,el compromiso con la memoria (Contributors, 2007), apuntó cómo  Carvalho   se convirtió en el instrumento mediante el cual  Vázquez Montalbán se erigió, efectivamente, en un “fabulador del ayer”. Quizás sea ese el gran mérito del personaje de Carvalho, recordarnos el sentido de la “memoria”, que es a lo que nos estamos acostumbrando a perder en los tiempos actuales y en un clima de derrota del pensamiento y de la utopía.

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