HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (III) : ” LA AMIGA DE ANITA”

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                                                                                                 Para Margarida Aritzeta 

 

Barcelona, invierno de 1939 

Gregorio estacionó su Mercedes 260 en la calle Barberà, donde el coche se convirtió en todo un espectáculo para las gentes que lo vieron llegar.La guerra había cambiado la vida de muchos, pero casi nada en el barrio Chino, donde seguían conviviendo gentes pobres,  desgraciados, macarras, indeseables, chulos, putas, maricones, hombres que fingían ser mujeres y toda clase de individuos de mal vivir y moralidad dudosa.

Marujita se bajó del automóvil, en el que permaneció esperándole su hermano, que se puso a observar a través de la luna a las putas que merodeaban por allí. Una de ellas, vieja y más bien ajada, se acercó  aquella maravilla ruedas de color azul y techo negro.  Golpeó en el cristal. Gregorio bajó la ventanilla. Qué frío que hacía. La mujer introdujo como una avestruz la cabeza en el interior del coche, regalándole  un falso piropo. Después le ofreció  sus servicios. «Todos los agujeros de mi cuerpo por diez céntimos, cariño» , le dijo con voz melosa. Ayudado por una sonrisa forzada, Gregorio declinó  el ofrecimiento, al tiempo que comprobaba cómo su hermana  entraba en el  portal del  número 15.

En ese mismo sitio de la calle Barberà era donde vivía  su  amiga Anita y de la que hacía mucho que no sabía nada. Las tropas de Franco habían ocupado Barcelona el 25 de enero y durante unos días Marujita sospechó que su amiga  había sido arrestada a raíz de su condición de maestra y “Roja”. Debía de estar  “señalada”, como muchos en esa Barcelona de 1939.  Marujita pidió ayuda a algunos amigos de su familia, los mismos que  acababan de aclamar a los “Nacionales” en su estrambótico desfile por la Diagonal. Nada de nada, no existía constancia de su arresto, encarcelamiento o ejecución. “Seguro que está en casa”– Pensó la joven, diciéndose que, a lo mejor, los “Nacionales” habían tenido piedad con ella. Al subir las escaleras, topó con una chica, situada a cuclillas en un escalón y que le practicaba una felación a un  soldado. Marujita subió de largo y sin mirar. El hombre tuvo tiempo de decirle sin embargo  : “ ¿Qué, guapa, te gustaría tomarle el relevo a tu compañera?”. Ayudándose con su bastón, Marujita llegó a duras penas al tercer piso.

Golpeó  en la puerta despintada y de madera hueca detrás de la que  estaba el hogar de Anita.  Tras unos segundos,  volvió  a insistir con sus nudillos, impregnada por la esperanza de que abriese por fin. Imaginaba  a Anita en el quicio, con su habitual sonrisa,  y sus mofletes grandes como dos hogazas. Así era ella, una chica gorda, en cuyo cuerpo no cabía sin embargo la enormidad de su corazón.

No fue la puerta de su casa la que se abrió, sino la del piso de al lado,  detrás de la que apareció una mujer ya de cierta edad, con el pelo canoso y desaliñado, que además lucía  una cara rojiza y desprendía un invasivo olor a alcohol. Llevaba un vestido negro que parecía hecho de retales y un  mandil atado a la cintura y repleto de lamparones.

_ ¿¡ A quién buscas?!? -Dijo la mujer con voz ronca y trabada.

_ Soy amiga de Anita… -Contestó Marujita desconcertada ante su aspecto.

_ Mmm… ¡Todas lo sois y todas os equivocáis  también de puerta! -Le contestó la mujer con las manos en las caderas y observando el abrigo blanco de cachemir  con cuello rojo de tercio pelo que vestía Marujita. También se fijó en su sombrero negro rodeado por un lazo satinado,  limpios zapatos  y  guantes y bolso de piel.

_  ¿Sigue viviendo aquí Anita?- Quiso saber la joven.

_ Mmm… ¡No hace falta que disimules tanto, guapa, que aquí ya se sabe lo que hay! ¿¡ Qué te ha pasado en la pierna!?- Dijo la mujer de negro al mismo tiempo que fijaba su mirada   sobre el bastón de Marujita y fruncía  el ceño- ¿Te lo ha hecho tu chulo? Bueno, con los tiempos que corren, si te regala esas ropas, todavía no te puedes quejar.¡ Anda, pasa!-  Acabó diciendo  invitándola de un gesto con la frente a entrar en su casa.

Justo al lado del recibidor se encontraba una habitación que hacía función de cocina y donde había  una mesa de madera  invadida de migas de pan y  marcas de culo de vaso. Sobre ella  también estaba una botella de vino medio llena, junto a un paquete de cigarrillos y un cenicero a rebosar de colillas. Todo el lugar olía a aceite y ropa sucia.

_ ¿Quieres vino? –Le ofreció la mujer  sirviéndose  en un mugriento vaso. Un  cigarrillo le colgaba en un lado de los labios. Miró a los ojos de Marujita, que permanecía inmóvil en medio de la cocina- Siéntate, anda- ordenó.

Lo agradeció, le dolía la pierna. La mujer le tendió un vaso de vino lleno hasta arriba.

_ No,  gracias… Es muy temprano.-Rechazó la joven algo repugnada.

_ Mmm… Para un buen vaso de vino cualquier hora vale…

_ ¿  Sabe usted algo de Anita?- Le preguntó Marujita, directa e impaciente.

_ ¡ Anita! ¡Anita La gorda la llamábamos aquí…! -Soltó la otra- Y mira que es verdad que lo era. ¡Grande como un camión! Pobrecilla…- Añadió torciendo el gesto.

_ ¿Entonces sabe cómo puedo localizarla?  -La cortó Marujita con ademán de  suplica.

_ ¡Ay mujer…! Mucho quieres saber ¿Para qué la necesitas?-Aquí el trato es conmigo! Por si te interesa… La habitación es una peseta por hora. Si después te quieres lavar el coño, el agua y el jabón  también los  cobro. Lo único que te pido es que no hagas escándalo, que hay que ver lo que gritáis cuando os ponéis al asunto. También quiero que el  que traigas acabe rápido. _ Alzó las cejas-Bueno… Los hombres siempre acaban rápido. La meten y en un plis plas ya la han sacado otra vez. Aunque ese que te está esperándote  con el coche no parece tener mucha prisa. Hay que ver cómo son estos señoritos, les gusta tomarse su tiempo. – Pausó unos segundos pensativa- Ahora que me lo miro bien,  debería cobrarte más…  ¡Serán una peseta y media la hora!- Anunció contundente.

_ Me parece que está usted incurriendo en error-Protestó Marujita arrugando la frente medio ruborizada.

La mujer de hombros y burlona.

_ Mmm… No hace falta que disimules conmigo…-

_ No necesito ninguna habitación… Sólo que me diga dónde está Anita. Si me ayuda… -Dijo Marujita

La joven abrió su bolso  extrayendo de él una cartera de cuero  de la que, con las manos temblorosas, sacó dos  billetes que le tendió. La vieja puso ojos  alucinados al verlos.

_ ¡Mmm…! O eres una puta de las caras o una chica rica o a lo mejor hasta las dos cosas al mismo tiempo – Pronunció después de arrebatarle los billetes y   metérselos   en uno de los bolsillos del mandil.

La mujer se sirvió otro vaso de vino ante la mirada atónita de Marujita.

_ Puesto que coge ese dinero es porque algo puede decirme. Y dado que pregunta he pagado, respuesta me gustaría recibir.-Le recordó Marujita al ver que la mujer no mediaba palabra.

Tambaleándose   se sentó al lado de Marujita y después apoyó el codo sobre la mesa, pegando  la mejilla en el dorso de la mano. Miró fijamente a la joven, que hizo un gesto de incomodidad.

_  ¿O sea que vienes a saber de Anita y no a chingar con ese que está ahí abajo en el coche?- Dijo la mujer volviéndose a servir vino._ Hace semanas que Anita ya no está aquí…- Añadió después.

_ Tenía usted que haber empezado por ahí… – Se rebotó Marujita con una mirada altanera y cogiendo su bastón para dirigirse hacia la puerta como si por finalizada hubiese dado la conversación.

_ Te he dicho que hace tiempo que Anita ya no está aquí, no que no sepa lo que ha sido de ella-Precisó la mujer al tiempo que ponía un rostro entristecido.

Marujita se sentó de nuevo.

_ ¿Y bien?- La apuró.

_ Anita siempre se marchaba dejándome las llaves de su casa- Le respondió la mujer- Decía que tenía miedo de llevárselas consigo y que la providencia hiciese que ya ninguna puerta pudiesen volver a abrir. Temía  encontrarse como aquellas otras gentes que guardaban las llaves de sus casas, para después volver y no encontrarlas en pie. ¡Mmm… malditos esos alemanes e italianos!  Cada vez que volvía, me ponía una enorme sonrisa. “¡Sigue todo aquí!” me decía. Y le devolvía las llaves.

_ Sin embargo, ella no está… -Repuso Marujita con amargura y sacando un cigarrillo  de su pitillera.

Un momento de silencio se volvió a producir entre ellas, mientras  rasgos  dolor iban dibujándose en el rostro embriagado de aquella mujer. Se refregó la cara. Vacilante y con la mirada en el vacío, empezó a contar.

_ Un día, como todos los demás, vino y me dejó las llaves. Nunca lo olvidaré. De todos los bombardeos que había habido hasta entonces, aquel fue el peor.  Creo que todo el barrio acabó en los refugios. No vi a Anita en ellos. Cuando acabaron los bombardeos, todos se fueron volviendo a sus casas o al menos a las que todavía permanecían enteras. Estuve todo el día esperándola para decirle: “¡Sí,  Anita, todo sigue todavía en pie!”.  Y sin embargo, no volvió. Esperé y esperé unos cuántos días. Después,  me enteré por una de las putas del barrio que Anita había muerto en el interior de un tranvía sobre el que había caído  una bomba. ¡Salió hasta en los periódicos! Aquel tranvía se encendió entero y con él ardieron vivos todos los que iban dentro. Menuda muerte más estúpida- Añadió la mujer con la voz quebrada.-Fue el día  de ese mismo bombardeo que vi por última vez a Anita.

_ ¡Dios mío!- Se exclamó Marujita tapándose la cara con las dos manos y echándose a llorar.

_ Aquello se comentó por todo el barrio. – Siguió explicando la mujer- ¡ Anita “La gorda” ha acabado como un cerdo asado! decían algunos. Anita la maestra, la única en el barrio que había conseguido ser otra cosa que una puta o una fregasuelos.

_ ¡Cállese ya! -Bramó Marujita de repente mientras se levantaba violentamente de su silla. Estuvo a punto de caerse al  no poder mantener el equilibrio sin su bastón.

La mujer miró directo a los saltones ojos verdes de la joven,  agachándose  para recoger el bastón y colocarlo en su mano. Después, se acercó a un cajón y extrajo de él una enorme llave de hierro. Le cogió la mano a Marujita, poniéndole en ella la llave. Sorprendida, miró a la mujer. Esta le regaló una sonrisa.

_ No sé quién eres, ni lo quiero saber, ni me importa. ¡Esto es lo que esta guerra nos ha enseñado:  que nada, ni nadie nos importe! -Dijo la mujer.

_ Así es,  sí… -Susurró Marujita  cabizbaja.

_ Aunque no te lo creas, yo era una mujer decente y mira cómo he acabado. Alquilando a las  putas del barrio las habitaciones de mi casa.

_ No le he preguntado nada…

_ Es para que lo sepas, simplemente.-Añadió la mujer frunciendo el ceño- Pero ahora ya me da igual. Porque en esta guerra la decencia es precisamente lo que todo el mundo ha perdido.

_ Ya le he dicho que no le he preguntado nada…-Reiteró Marujita negando con la cabeza.

_ ¿Sabes qué…?- Siguió la mujer

La joven volvió a negar con un gesto.

_ Que aunque nunca volvamos a encontrar a las personas a las que buscamos, siempre nos queda algo de ellas. Yo perdí a mis dos hijos en esta guerra y sin embargo, es como si estuviesen aquí conmigo.

_ Lo siento mucho-Respondió Marujita al tiempo que observaba  la mirada de aquella mujer, inmersa en un mar de dolor.

_ Ahora resulta que los vencedores lo sentís…

_ Usted qué sabe de mí…También soy una vencida, en todos los aspectos.

_ ¡Quién lo diría! -Le contestó la mujer mirándola de arriba abajo.

_ Estoy acostumbrada a que quienes no me conocen siempre se equivoquen sobre mi…Pero gracias por dejarme entrar en la casa de Anita…

_ Ya te lo he dicho…-Le contestó la mujer seguido de un suspiro- Siempre acabamos encontrando algo de aquellos a los que hemos perdido y supongo que a eso has venido.

_ Supongo  que sí…-Reconoció Marujita  con tristeza.

_ No te engañes a ti misma, mujer, viniste porque sabías que no la encontrarías. A veces hacemos las cosas   completamente seguros de lo que vamos a encontrar, pero siempre con la esperanza de que todo sea diferente.

_ Yo no esperaba nada de lo que me ha contado, como tampoco muchas otras cosas que me llevan ocurriendo últimamente.-Dijo Marujita.

_ Esto es lo que nos ha tocado, niña.

_ Sí… Lo que nos ha tocado y no lo que hemos elegido, señora.

La mujer le acarició la cara.

_ Algo me   dice que si a alguien le hubiese gustado a Anita  ver abrir y  pasar a través de la puerta de su casa, es a ti…-Repuso la mujer volviendo a sacar los dos billetes del bolsillo del mandil y entregándoselos.

_ Quédeselo…-Rechazó la joven empujándole la mano a la mujer- Supongo que le harán falta.

_ Si tú  supieses las cosas que me han hecho falta en esta vida y las que me van a seguir haciendo  de aquí en adelante…

Marujita cerró el puño apretando aquella llave y mirando a  esa mujer con sus humedecidos saltones ojos verdes. Dibujó  una sonrisa forzada al tiempo que el corazón  gritaba  a voces su pena.

Tras dejar a aquella mujer, casera de putas por una hora, entró  en la casa de Anita. Y aunque un invasivo olor a cerrado imperaba en ella, cierta alegría se haría hueco en su espíritu. Es como si estuviese sintiendo de nuevo la presencia de su amiga. Entró en una de las habitaciones. Al lado de la cama estaba el retrato de Anita. Sonrió nostálgica. Después se acercó a un escritorio, situado contra la ventana. Había sobre él un diario y una pluma estilográfica. Lo abrió al azar. Leyó.

18 de febrero de 1936,

Querido diario,

                                       ¡Se ha confirmado la victoria del Frente Popular! Dios mío, no sabes tú bien la fiesta que hicimos en la escuela. Marujita trajo sidra y una enorme tarta de manzana y también la vitrola. ¡Qué bien que nos los pasamos! Las compañeras de la escuela estaban muy felices.Sí, nosotras, “¡ Las Maestras de la República!”. Bailamos tangos y nos reímos mucho. Marujita fue la reina  de la fiesta y  no paraba de gritar, “¡Viva la República, viva el Frente Popular, viva el President Companys!” Estábamos todas casi borrachas. Quién me iba a decir a mi que un día sería la mejor amiga de una chica rica y encima, que fuese maestra, como nosotras, maestra de la República.  Creo que recordaré este día durante toda mi vida”.

Marujita dibujó una sonrisa. Ese también había sido un día feliz para ella. Pasó algunas paginas y siguió leyendo :

19 de julio de 1936,

                         ¡Dios mío, querido diario! Los militares se han alzado contra la República. Cuando lo supimos, Marujita y yo estábamos en la playa de la Barceloneta. Sabíamos que algo iba a ocurrir, que estos cabrones no se iban a resignar a perder sus privilegios. Hacía muchos días que habían rumores. Marujita sigue siendo la misma mujer valiente y optimista de siempre y me dijo : “ Tranquila, amiga, esos fascistas no van a poder con nosotros”. Yo también lo espero, pero me queda la duda sobre lo que se nos avecina. Me da miedo ni siquiera pensarlo…

La joven arrugó la frente y después de encender un cigarrillo, continuó con las páginas siguientes hasta llegar casi a la mitad del cuaderno.

20 de septiembre de 1937

-“Hola, mi querido diario”… -Había escrito Anita–  Pocas novedades tengo que contarte hoy. A no ser que los bombardeos están intensificándose cada día más. Ya me he acostumbrado al sonido de las sirenas y cuando no las oigo, siempre pienso que van a estallar de un momento a otro. Por lo menos, ya no me hacen el efecto de antes, cuando me aterrorizaban. Es extraño cómo las personas nos vamos  adaptando a las circunstancias y haciendo que la muerte ya no nos sorprenda ni asuste, sobre todo al tenerla al lado nuestro todos los días. Cuando veo todo esto, pienso que los amigos que murieron en el frente gozaron de suerte. De alguna manera, me consuela saber que no tienen que ser  testigos de toda la crueldad y  maldad humana que nos rodea.

Marujita prosiguió con aquel diario de Anita. Se detuvo en otra pagina.

3  de marzo de 1938,

Aunque te parezca mentira, mi querido diario -Escribiría Anita- Estoy siendo muy feliz. ¡Colaboro, junto a Marujita, en la construcción de refugios anti-aéreos! La Generalitat ha iniciado los trabajos. Parece ser que los sótanos del metro se han quedado muy pequeños. Somos muchas las mujeres  que participamos. Cargamos con tierra, cemento y ladrillo como cualquier hombre. Aunque tengo que reconocer que tengo el lomo partido. Hoy, por ejemplo, estoy completamente reventada… ¡Pero llena de orgullo! Sí, diario, estoy orgullosa de contribuir a salvar a este país y a mi gente de esos malditos fascistas. También Marujita, que es la que se revela más “hombre” entre todas nosotras. Sus padres han oído a Burgos, a la zona “Nacional”, pero se ha negado a seguirles. Siempre dice lo mismo : “ Esta es mi causa y no me voy a ir, ni abandonar a los míos”.

En algunas de las paginas siguientes, Anita contaba cosas sin importancia y que Marujita ya conocía. Pero se volvió a detener después de unas cuantas  hojas, donde su amiga la mencionaba de  nuevo.

4 de junio de 1938:

Acabo de volver del Hospital Clínic. Marujita está bien. Pobrecilla. Durante el último bombardeo y cuando nos estábamos metiendo en los refugios, alguien tropezó en las escaleras, supongo que dominado por el pánico.  Cayó empujando a los que estaban delante suyo.Una avalancha de gente se derrumbó a su vez sobre Marujita. Dicen los médicos que se salvó de milagro.Eso sí,  la pobrecilla ha sufrido una grave lesión en la pierna. Por lo que me ha dicho un médico, nunca jamás volverá a andar normalmente. Va a necesitar un bastón. El otro día me dijo que sentía la pierna como si fuese la de una muñeca de trapo. Pobre Marujita. Yo no tengo el valor para decírselo, para anunciarle que se quedará coja de por vida.

Bajó la vista y recordó aquellos días en el hospital. No hacía falta que ni Anita ni los médicos le dijesen nada. Ya sabía que algo iba a cambiar para siempre en su vida. Fue pasando páginas :

16 de junio de 1938

           Marujita sigue hospitalizada, pero me han dicho los médicos que pronto le darán el alta, supongo también que porque el hospital está escaso de camas y les hace falta para nuestros hombres, entre los que  abundan los heridos y mutilados.  Marujita ya sabe lo de su pierna, pero hemos evitado hablar de ello.Me dijo que, si quería, podríamos ir a vivir  al palacete de sus padres, en la Bonnanova. Oyó decir que la aviación enemiga evita de cebarse sobre los barrios ricos, porque saben que allí están los simpatizantes de los “Nacionales”. Prefieren arrojar  sus bombas en el centro- ciudad y también  en los barrios pobres, como el mío, el barrio Chino. Malditos fascistas, que creen que la vida de un ser humano vale más que la de otro. No digo que no me gustaría ir a vivir con Marujita, sobre todo porque hoy debe necesitarme más que nunca. Pero no me veo abandonado este pequeño piso, el que heredé de mi padre y que compró con el sudor de su frente. Nunca olvidaré lo que siempre me decía : “ Anita, quiero que recuerdes constantemente una cosa, que más vale una pequeña casa tuya, que una gran casa de los demás”. Creo que tenía razón.      

 Marujita pasó algunas paginas más. Vio otra vez su nombre en la escritura de Anita.

20 de septiembre de 1938,

    He estado con Marujita. No sé si se acostumbrará a ese bastón.Por lo demás,  me da la impresión que se ha establecido una especie de pacto de silencio entre nosotras. Las dos sabemos que la República va a perder la guerra, pero no lo mencionamos. Los silencios son a menudo más terribles que las palabras. Nunca me pensé que podríamos ser derrotados y  sin embargo, mucho me temo que así va a ser. A veces, ni siquiera la voluntad, por muy grande que sea, puede nada contra los acontecimientos que están escritos. Ignoro cómo vamos a poder afrontar los nuevos tiempos que se avecinan. Pero creo que deberíamos hacerle  caso al Presidente Azaña, cuando dice que, el mayor mérito  de la vida, es asumir con grandeza la fuerza de nuestro destino, incluso cuando se revela cruel e inmerecido.  

Marujita dirigió la mirada hacia el retrato de su amiga y sonrió, como si le estuviese dando la razón. Continuó leyendo. Era la única manera de volver a estar con ella, con su querida Anita…

 31 de octubre de 1938,

                Querido diario,

                    Los “Nacionales” están acechando. Dicen que no tardarán en entrar en Barcelona. La aviación enemiga lanza paquetes de comida sobre la ciudad. Es verdad que nos estamos muriendo de hambre. Conseguí recoger algo. Lo siento, mi querido diario, pero los gruñidos de mi estómago destruían la fuerza  de mis convicciones…

Marujita se frotó la frente. Qué raro, Anita nunca le había hablado de su hambre. Encendió otro cigarrillo. Quedaban pocas paginas. Parecía que estaba llegando el momento de separarse de ella.

20 de noviembre…

 Tengo que contarte un secreto, diario mío –Escribiría por fin Anita– No sé qué pensaría Marujita, pero yo creo que todas las experiencias en la vida merecen la pena, por grotescas e insólitas que puedan resultarnos.  Mi vecina, esa que te conté que tiene a sus dos hijos en el frente, se ha puesto a alquilar las habitaciones de su casa a las putas del barrio, donde traen a sus clientes.  No quiere que nadie lo sepa y ahora, hasta  soy su cómplice. Cuando las chicas van a su casa, tienen que dar una contraseña. ¡ Y menuda! Han de decir, “Soy amiga de Anita” y entonces ya se entiende a lo que vienen.  A decir verdad, tengo que reconocer que me divierte que se diga que todas las putas de la calle Barberà son amigas de Anita.                                       

 Habiendo acabado de leer el párrafo, Marujita dio una prolongada carcajada y tras recordar la grotesca situación con la que se había encontrado de frente al decir esa misma frase a la mujer de negro. Anita siempre le había hecho reír con su mirada irónica e irreverente sobre la vida. Desde allí donde estuviese, lo estaba volviendo a hacer. Provocarle la sonrisa en los labios. Marujita intentó pasar más paginas, pero estaban todas en blanco. Cogió la pluma estilográfica y se acarició la mejilla con ella. Sentía las manos de Anita. Después de unos instantes, se fue de allí, pero antes agarró el diario y lo apretó contra su pecho. Era lo único que le quedaba de su amiga, además del recuerdo,  que también era algo que nadie le podría quitar. Al salir, dirigió una última mirada a todo aquel pequeño piso  y sonrió nostálgica. Pensó  que los lugares solo adquirían  importancia a través de las gentes que los habían habitado.

Al salir del edificio, topo de nuevo con la prostituta y el soldado con los que se había cruzado en las escaleras. Discutían sobre el precio del servicio prestado. De repente, ella recibió una tremenda bofetada. Marujita se volvió, mirando después a la joven, de cuyas narices emanaba un hilo de sangre. “ Te piensas, maldita zorra, que los Rojos te van a pagar mejor que yo”, le oyó decir al soldado. Este le dirigió una mirada criminal. “ ¿Y tú qué miras, puta? ¡A lo tuyo! ¿O quieres que hable con tu chulo?” dijo señalando con el mentón el Mercedes 260. Marujita no contestó y fue hacia el coche. Al entrar en él, su hermano Gregorio le observó con reproche y arrancó. Cuando doblaban la esquina, dijo :

_ ¿ Puedo saber a qué clase de gente has estado frecuentando durante la guerra? Que sea la última vez que me haces venir a un sitio como este- terminó con un bramido.

Marujita respiró hondo. Respetaba a su hermano, pero tenía que decirle lo que pensaba.

_ Claro, vosotros ya tenéis vuestros propios burdeles.

Gregorio la miró por el rabillo del ojo y añadió :

_ Supongo que puesto que me has hecho venir aquí, algo habrás averiguado.

Su hermana torció el gesto.

_ Anita murió algunos días antes de que entrasen los “Nacionales” – le informó con pesar.

Gregorio no contestó. La suerte de esa Roja no le interesaba.Permanecieron en silencio el resto de lo recorrido.

Al rodear la Plaza de España, Marujita dirigió la vista hacia el Castillo de Montjuich y después hacia el Palacio de Proyecciones, donde había estado el Centro de Abastos. Ya nada era lo que había sido. Gregorio rompió el mutismo.

_ Has de olvidarte del pasado, Marujita- Dijo poniendo la mano sobre el dorso de la de su hermana.

_ No lo pienso hacer, Gregorio, no tengo intención de arrancar ni una sola pagina de mi  vida. –Le contestó al tiempo que fruncía la frente.

Su hermano hizo un gesto malhumorado y golpeó el volante.

_ ¿ Pero cuándo te vas a dar cuenta de lo que está ocurriendo, Marujita?- Dijo apretando los dientes.- Deberías saber que he tenido que remover cielo y tierra para que tu nombre desaparezca de los ficheros. Hablar con el obispo, con algunas relaciones que tengo en la Falange y hasta con el propio Gobernador Civil. Voy a deber muchos favores y los que me los hicieron no van a privarse de cobrárselos.

_ Gracias, hermano, por tu generosidad. No esperaba menos- Ironizó Marujita con la mirada en el vacío.

_ Lo que tienes que hacer, de aquí en adelante, es asegurarte un matrimonio y ser una mujer decente. Volver al orden y convertirte en lo que te corresponde, en lo que nuestros padres y yo mismo siempre hemos esperado de ti. Todos estos años no han sido otra cosa que un paréntesis que, te repito, has de olvidar.

Marujita  pestañeó.

_ ¿ Y quién te crees que va querer casase conmigo?- Preguntó burlona.

Gregorio lanzó la vista hacia la pierna coja de su hermana.

_ Cualquier hombre que se vea vinculado a una familia con nuestra cuna y apellido, será capaz de olvidarse que se ha casado con una lisiada.

Esas palabras retumbaron en los oídos de  Marujita con más fuerza que todas las bombas que habían caído sobre Barcelona a lo largo de la guerra.

_ Puede que esté lisiada- Contestó transcurridos unos instantes-Pero no más que este país. Si algo tengo en común con él, es que no nos repondremos en la vida de nuestras heridas.

_ No tienes remedio, Marujita…- Dijo crispado su hermano.- Después de tanto tiempo enseñando a los demás, deberías tú también acostumbrarte a aprender. Aprender a mantenerte callada. Te aseguro que, en caso contrario, no podré hacer más nada por ti.

Gregorio apartó la vista del asfalto torciendo la cabeza hacia su hermana. Le daba la impresión de que Marujita no había escuchado ni una sola palabra. Parecía ausente y lo estaba. Al tiempo que acariciaba el diario de Anita que se había llevado consigo y tenía sobre el regazo, recordaba a su amiga y también aquella conversación con su vecina. En ese momento, soltó una carcajada que sorprendió al hombre. Este reaccionó enfurecido.

_ ¿ Ahora de qué te ríes?- le Dijo- Te puedo asegurar que la situación no está para reírse de nada, ni de nadie. Menos todavía de la gente que hoy tiene el poder en este país.

_ Aunque quisiese explicártelo, creo que no lo entenderías…- Le contestó  nostálgica.

Miró a través de la ventanilla. Estaban atravesando la Diagonal, rumbo a la Bonnanova. Lejos quedaba la calle Barberà, a la que sin duda nunca más volvería, a no ser mediante el recuerdo. En esos momentos, se alegró de haber sido una de las “amigas de Anita”.

Con esta historia, solo quiero recordar que todo es trágico-cómico en nuestra existencia y que detrás de la tristeza, siempre está la sombra de la sonrisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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