HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (IV) : ” LA BAILARINA DE TANGO”

tango

                                                                                                                   

Para Mireia Llinars 

 

El coordinador de  Seguridad de la línea 1 del metro de Barcelona fijaba la vista atentamente en la pantalla del ordenador, repasando una larga lista de nombres y apellidos.; la de sus hombres. Varios Vigilantes de Seguridad se apelotonaban a su alrededor al tiempo que permanecían a la espera de que su jefe les asigne ruta. Algo en común tenían y que no era solo su viril  uniformidad constituida de grueso jersey, pantalón de campaña marca atributos y botas militares. Si algún vínculo les unía  en aquellos instantes, era el temor de verse abocados a prestar servicio en un lugar de  mala reputación : la vieja e inutilizada cochera de la estación de Sagrera y que, según contaba la historia urbana de Barcelona, había servido de refugio anti-aéreo durante la Guerra Civil española.  Corrían sobre ella no pocas leyendas, que justamente por serlo, abundaban de exagerado contenido gótico.

El coordinador fue asignando funciones a los mozos, que respiraban con alivio al oír el puesto atribuido y su operativa.   Un último Vigilante de Seguridad había permanecido en una esquina de la sala y mientras se demoraba su destino. Intuyó que le caería la “china”  . Su jefe le miró y dijo :

_ Tú, Xicota, a Sagrera…

_ ¿ A la cochera? pidió precisión con asombro.

_Pues claro, a la estación fantasma…- contestó su superior en un tono burlón que desató  las risas  entre el resto de sus compañeros.

_ ¡Anda, Xicota, con un par de cojones, que tú sí que eres un machote!-hizo guasa uno de los vigilantes.

_ Este, te digo que esta noche se caga por las patas abajo- se sumó en burlas otro vigilante al que Xicota miró desafiante.

A pesar de que medía casi un metro ochenta, mostraba cara de matón y se machacaba el cuerpo en el gimnasio tres veces por semana,  Xicota  no se revelaba menos acobardado  que sus compañeros cuando oía hablar de las almas en pena,voces del más allá y seres demoníacos que, según parecía, formaban parte de las historias   sobre la cochera de Sagrera.   Prefirió ignorarlas y pensar que eran  meras fabulaciones imaginadas por quienes no sabían cómo paliar la aburrida  rutina operativa de cada noche de servicio.

Al llegar a Sagrera, el vigilante se dirigió hacia el famosa, solitaria y temida cochera. Era un lugar  de paredes ennegrecidas por el paso del tiempo, maloliente, casi en la penumbra y donde reinaba un silencio sepulcral. No había otra compañía que la de una multitud de clase de insectos y  una población de ratas asquerosas que se alimentaban de la podredumbre esparcidas por unos raíles inutilizados desde hacía siglos. La abandonada cochera se convertía a veces en el   espacio de reunión de grafiteros y expertos en gamberrismo contra los bienes públicos y a los que el servicio de seguridad debía impedir la permanencia allí.

Xicota se sentó en un banco viejo y carcomido, desde donde debía ejercer la vigilancia y avisar al centro de control de la presencia de intrusos.   Eran horas muertas sin nada que hacer y durante las cuales la única distracción la constituían el teléfono móvil y los intercambios conversacionales entre el resto de los vigilantes a través del walking. Entre pitillo y pitillo, ronda y ronda de punta a punta del andén, pasaron las horas. Habían llegado las tres  de la madrugada y el vigilante lamentó  “todavía tener para rato” hasta el final del servicio. Se volvió a sentar  en el banco y apoyó la espalda contra una fría pared. Después de que su nuca fuese cediendo, su mentón chocó contra el torax, perdiendo  la batalla  contra el sueño.

Transcurridos unos minutos,  una masa de gritos y llantos penetraron en sus oídos, al tiempo que su cuerpo sintió  zumbidos que daban la impresión de ser  bombas. Parecía que la tierra se iba a resquebrajar bajo sus pies. Gritos de desesperación y llantos seguían golpeando sus tímpanos y sin conseguir saber de dónde procedían. De repente, sintió  una presencia a su lado y al girar la cabeza, experimentó un espantoso escalofrío que erizó  el vello de sus poderosos brazos. La mirada de Xicota desprendió una profunda sensación de terror ante la imagen de una mujer con un peinado de los años 30 y que lucía un vestido negro de noche y zapatos de hebilla que tampoco parecían  ser del presente.

_ ¿ Quién es usted?- consiguió pronunciar  con la voz quebrada y al tiempo que su rostro se volvía complemente pálido.

_ Alguien entre muchos otros- le contestó ella con pena y la mirada en el vacío.

— ¿ Qué hace usted aquí?- volvió a preguntarle, invadido por la duda de si lo que estaba viendo era real o el simple producto de su imaginación. Asustado, hizo ademán de levantarse.

_ Quédate sentado a mi lado- le requirió ella reteniéndole  por el codo.

Sí, su mano era real y suave. Xicota se fijó que la chica  llevaba una fina pulsera de oro en la muñeca. Aceptó permanecer a su lado. No quería enojar al fantasma que acababa de aparecer ante él. Pese a todo, esa mujer venida de ultratumba le resultó tremendamente atractiva. Tenía ojos marrones, cabello negro, tez pálida y unos labios rosados que a Xicota se le antojaban muy sensuales. Sus pechos eran bonitos, aunque no muy grandes, su cintura fina y sus piernas alargadas como las de un cisne.

Se produjo un silencio  que la chica rompió unos instantes después.

_ Supongo que detestas este lugar solitario, a mi, en cambio, me encanta…- la chica de los ojos marrones, labios sensuales y piernas de cisne miró a su alrededor como si estuviese recordando-¿ Sabes?- prosiguió- Yo agradezco  este silencio y celebro  no tener que oír  esos llantos y gritos de desesperación y aquellos suspiros repletos de pena y de miedo. ¿ Tú también los oíste, verdad?- añadió intentando cogerle la mano. Xicota se la  retiró asustado.

_ Sí…- contestó el vigilante con un hilo de voz.

_Fue hace mucho tiempo, casi una eternidad. Era en 1939, durante una tarde soleada. Aquel sol era como una luciérnaga, una pequeña luz brillando en la  inmensa oscuridad de nuestra desgracia. Esos rayos de sol deshielaban nuestros corazones endurecidos por el odio y la maldad. Hacía un día agradable, de esos que pensábamos que jamás volverían a existir. De repente, oímos el sonido de las sirenas y la presencia de la aviación italiana en el cielo. Hacía tiempo que nos habíamos acostumbrados al ruido terrorífico que desprendían esos pájaros de hierro. Oímos las primeras bombas que se deslizaban en el vacío, feroces y sin piedad. Empezamos a correr de un lado para el otro, sin control ni rumbo. Qué extraño, solo conseguimos comprender el valor de nuestras vidas cuando estamos a punto de que nos las quiten.

Xicota se quedó extasiado ante aquella mujer de voz dulce y melodiosa. Una vez superados los primeros momentos del  indescriptible terror que había sentido al ver a ese ser salido de la nada,  sintió   la necesidad de hablarle. No comprendía por qué razón,aquella joven de la que no sabía si era real o no, ejercía en él tan irresistible magnetismo.

_ ¿ Y qué ocurrió?- se atrevió a preguntarle el vigilante.

_ Buscamos uno de los refugios anti-aéreos, el mismo en el que estamos ahora. En pocos minutos, en este  andén, había una multitud de gente: niños de inocencia usurpada, mujeres solitarias, ancianos que sabían que jamás morirían en paz- la chica cerró los ojos-  Muertos de miedo,con los oídos torturados por esas bombas y  la mirada desorbitada, terminamos abrazándonos los unos a los otros y sin ni siquiera conocernos de nada. Así era la vida, nos agarrábamos a lo que teníamos y a los que podíamos cuando nos envolvía el desamparo. Solo queríamos que esos aviones se fuesen para no volver  nunca más.- la joven suspiró con pesar- pero en el fondo de nuestro corazón habíamos perdido la esperanza de que  así  fuese.

_ ¿ Qué pasó después?- aumentaba la curiosidad de Xicota.

La chica hizo un gesto de amargura y se quedó pensativa como si estuviese rebuscando en su memoria.

_ Una vez con la certeza de que los bombardeos habían terminado, salimos en hilera de aquí- dijo recorriendo la estación con la mirada- Las calles estaban repletas de llamas de fuego, columnas de humo y polvo.  Conseguimos abrirnos camino entre toda esa grisalla que nos cegaba.  En nuestro andar torpe, apenas si nos dábamos cuenta  que estábamos tropezando con una multitud de cadáveres. Recuerdo que pisé a un animal muerto, un precioso gato blanco con manchas negras. Llevábamos tiempo percatándonos  de que los italianos no tendrían piedad ni con el más mínimo vestigio de vida que encontrasen en su camino.

La chica apoyó la nuca contra la pared y cerró de nuevo los ojos. Xicota miraba su brazo recaído sobre el banco de mármol. Acercó el dedo meñique a la pulsera de la joven como si quisiese comprobar que lo que estaba viendo era real. Ella sonrió todavía con los ojos cerrados.

_ Supongo que quieres saber qué acabó siendo de mi- prosiguió tras girar la cabeza y brindarle una mirada triste.

_ Claro…- asintió él.

Después de unos segundos inmersa en el mutismo, dijo :

_Una semana después, entraron los “Nacionales” en Barcelona. Nunca olvidaré esa fecha : 25 de enero de 1939. En los días siguientes fui arrestada, sometida a un tribunal militar y condenada a la pena capital. No había cometido otro delito que el de haber sido capaz de pensar por mi misma y alzar una muralla alrededor de mi mente y espíritu, una fortaleza que me protegiese de las mentiras de todos ellos. No me dejaron despedirme de los míos. Cuando me encontré delante del pelotón de fusilamiento, sin embargo, me sentí aliviada. Creo que la muerte es el mejor sendero hacia la libertad, sobre todo cuando comprendes que tu vida va a ser una cárcel.

_¿ Cómo te llamas?- quiso saber Xicota al tiempo que la observaba en una mezcla de deslumbramiento y ganas de huir de allí.

Ella le sonrió y pensó su respuesta durante unos segundos.

_ Tengo un millón de nombres, los de aquellos que ya no están entre nosotros…

Los llantos y los gritos volvían a pasar por la mente de la chica.

_ ¿ Los oyes?- le preguntó mirando al vigilante.

Sí, Xicota los oía, pero quería salir de dudas y dijo :

_¿ Quién eres en realidad, un fantasma, entonces es verdad  eso de que estáis aquí?

La chica suspiró. Sus pupilas estaban humedecidas por la nostalgia.

_ Le haces demasiado caso a tus compañeros- ironizó con gesto burlón- Los fantasmas solo existen en nuestra mente y establecen  su morada en ella  cuando se abren las compuertas de nuestros miedos y dudas ante lo desconocido.

Xicota seguía oyendo aquellos llantos y gritos.

_ ¿Adónde están ellos ?- preguntó vacilante.

_ En las mazmorras del olvido. Cuando vuelvas aquí y les tornes a oír, has de saber que no vienen a atemorizarte. Esos llantos solo son lágrimas ante la injusticia y los gritos  voces contra la amnesia.

Mientras ella hablaba, Xicota fijó la vista en sus finas y largas piernas, deslizando después las pupilas hasta  sus tobillos. Imaginó unos bonitos pies debajo de sus zapatos de hebilla. La chica notó que la observaba.

_ ¿ Te gustan mis piernas?- le preguntó con picardía.

El vigilante se mostró incómodo por el  atrevimiento al que se había prestado.

_¿ Sabes? Era bailarina…- añadió  risueña.

_ ¿Bailarina? – se sorprendió él con el ceño fruncido.

_ Sí, bailarina de tango…- le contestó orgullosa- Bailaba en un cabaret situado en la Avenida Francesc Layret

Xicota le miró a los ojos sin pedir precisiones, dado que algo sabía de ese arte venido de otros tiempos, pero en cambio nunca había oído hablar de dicha calle. Hizo un gesto de duda.

_ ¿Francesc Layret?

_ Sí, era así como se hacía llamar la Avenida del Paralelo durante la República. Yo era la reina de aquel cabaret, el Cabaret Cala- explicó con nostalgia- Todos decían que era un lugar frecuentado por putas, maricones y gentes de mala de vida…Yo solo sé   que era feliz en ese lugar- terminó sonriendo.

_ Tango…- dijo él por lo bajo.

_ ¿ Quieres que te enseñé a bailarlo? le sugirió al intuir en el vigilante una cierta curiosidad.

Xicota hizo un gesto afirmativo con la frente. Ella se levantó y cogiéndole por la mano, le llevó al centro del andén. Una vez uno enfrente del otro, se miraron fijamente a los ojos y tras una ancha sonrisa con sus brillantes labios, la chica puso una  mano en el omoplato del vigilante y con la otra  le cogió el brazo, cruzándose sus dedos en alto. Ella inicio los primeros pasos tras meter su rodilla entre las piernas del mozo. Un paso adelante y otro hacía atrás, y  otro hacía un lado. Movían las caderas de izquierda a derecha y derecha a izquierda y hacían rápidos movimientos con   los pies. Con sus brazos pegados el uno al otro y tendidos rectos hacia adelante, unían sus manos entrecruzando los dedos. Sus mejillas estaban también pegadas la una a la otra, al tiempo que miraban al frente.

La joven cantaba la letra de un viejo y dramático tema de Carlos Gardel, mientras el sonido de un acordeón imaginario penetraba en sus tímpanos y hacía vibrar de emoción sus cuerpos.

 Adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron
Con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde el eco dijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer
Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia hoy me ven volver

Volver con la frente marchita…

_ Qué canción más bonita…- le susurró  Xicota al oído.

Ella sonrió y cerró los ojos.

_ ” Volver”… Es mi tango preferido- le contestó la bailarina antes de repetir la letra y al tiempo que aumentaba la emoción de Xicota. -Me gusta porque habla del sufrimiento del alma ante un destino cruel e inmerecido.

Habían cogido ritmo y continuaron bailando  durante un buen rato. Xicota se dejaba guiar, siguiendo los pasos que su compañera marcaba y  tras  superar la torpeza de los primeros momentos. Aquella  letra a rebosar de dolor y el propio  sonido melancólico del acordeón les arrastraban como una ola.  Xicota experimentaba una extraña sensación ante la electrizante suavidad que desprendía la piel de la joven. Era como si el lado siniestro e inhóspito de esa cochera hubiese desaparecido de repente, convirtiéndose en un lugar mágico.

Sin querer, Xicota tropezó con uno de los cordones desatados de sus botas militares. La pareja perdió el equilibrio y cayeron el uno sobre el otro en el suelo, estallando enseguida en carcajadas.  Sus miradas se habían fusionado. Sentían sus respectivos alientos y respiraciones a medida que se iban acercando sus labios. Cerraron los ojos y se besaron. Xicota gozó del sabor a miel de la joven, al tiempo que le acariciaban las hondas de su suave y perfumado cabello. El vigilante volvió a mirar los ojos marrones de su maestra de baile. Ella  le regaló una sonrisa acariciarle también la mejilla.

De repente, algo sobresaltó al vigilante, el  maldito walking.

_ ¡ Centro de Control para V5 en operativa de la cochera de Sagrera!- Emanó una masculina y autoritaria voz del aparato-¿ V5, me recibe?-insistió el operador en tono malhumorado.

Xicota estaba sentado en el banco de mármol. Miró a su lado y no había nadie. La chica con sabor a miel había desaparecido. El Vigilante de Seguridad concluyó que había caído en un profundo sueño, producto de interminables horas de servicio durante varios días seguidos. «¡ Mierda, me he quedado sobado!», pensó. Esperaba que nadie se hubiese dado cuenta, porque menuda sanción le caería si el coordinador venía a saber que se había pasado durmiendo  durante todo el servicio. Se apresuró en responder después de retirar de forma atropellada el aparato de la funda que colgaba de su cinturón.

_ ¡V5 para Centro de Control, adelante!- dijo en tono castrense y disimulando su somnolencia.

_ ¿ Todo bien, V5? Te recuerdo que debes transmitir novedades cada media hora. No lo has hecho una sola vez a lo largo de toda la noche.- le amonestó el operador.

_ El walking parece tener muy mala recepción y por lo visto, el móvil se ha quedado sin cubertura.- se justificó Xicota acariciándose su nuca afeitada al estilo militar.

_No pasa nada,compañero…- se apaciguó el operador- estando metido en ese zulo, no me extraña que se pierda la comunicación.

Xicota se sintió aliviado al comprobar que había disipado dudas en su compañero. Sin embargo, lo que sí le sorprendía, era el extraño sueño que acababa de experimentar. En ese mismo instante, miró al suelo y percibió una pulsera de oro.  La misma que portaba en la muñeca aquella muchacha que decía ser bailarina de tango. No, no había sido un sueño, al menos eso creía. Oyó de nuevo al operador.

_ ¡Centro de Control para V5!

_¡Adelante!- contestó Xicota sin conseguir apartar de su mente a aquella muchacha de ojos marrones  venida de otro tiempo.

_ Se cierra operativa en la cochera de Sagrera- ordenó el operador- Retorna a la base para finalización de servicio.

_ ¡O.K. recibido!

Xicota colgó su mochila a la espalda y se aprestó a abandonar la cochera. Antes de irse, dirigió la mirada hacia el banco de mármol y  después al suelo, donde seguía la pulsera de oro. Decidió dejarla allí, no fuese a ser que aquella bailarina de tango con sabor a miel la echase a faltar y desease recuperarla. Volvió a recordar sus preciosas y finas piernas de cisne y sus zapatos de hebilla. Siempre terminamos amando a seres irreales.  Sonrió y se fue con  recuerdo de ella en la mente.

Nunca  sabemos muy bien  dónde se trazan las fronteras entre la realidad y el sueño; entre lo terrenal y lo fantasmal; entre la vida y la muerte; entre el pasado y el presente. Sea como sea, siempre hay una extraña fuerza que nos interpela contra la desmemoria para con los ausentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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