Archivo de la categoría: Sin categoría

HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (IV) : ” LA BAILARINA DE TANGO”

tango

                                                                                                                   

Para Mireia Llinars 

 

El coordinador de  Seguridad de la línea 1 del metro de Barcelona fijaba la vista atentamente en la pantalla del ordenador, repasando una larga lista de nombres y apellidos.; la de sus hombres. Varios Vigilantes de Seguridad se apelotonaban a su alrededor al tiempo que permanecían a la espera de que su jefe les asigne ruta. Algo en común tenían y que no era solo su viril  uniformidad constituida de grueso jersey, pantalón de campaña marca atributos y botas militares. Si algún vínculo les unía  en aquellos instantes, era el temor de verse abocados a prestar servicio en un lugar de  mala reputación : la vieja e inutilizada cochera de la estación de Sagrera y que, según contaba la historia urbana de Barcelona, había servido de refugio anti-aéreo durante la Guerra Civil española.  Corrían sobre ella no pocas leyendas, que justamente por serlo, abundaban de exagerado contenido gótico.

El coordinador fue asignando funciones a los mozos, que respiraban con alivio al oír el puesto atribuido y su operativa.   Un último Vigilante de Seguridad había permanecido en una esquina de la sala y mientras se demoraba su destino. Intuyó que le caería la “china”  . Su jefe le miró y dijo :

_ Tú, Xicota, a Sagrera…

_ ¿ A la cochera? pidió precisión con asombro.

_Pues claro, a la estación fantasma…- contestó su superior en un tono burlón que desató  las risas  entre el resto de sus compañeros.

_ ¡Anda, Xicota, con un par de cojones, que tú sí que eres un machote!-hizo guasa uno de los vigilantes.

_ Este, te digo que esta noche se caga por las patas abajo- se sumó en burlas otro vigilante al que Xicota miró desafiante.

A pesar de que medía casi un metro ochenta, mostraba cara de matón y se machacaba el cuerpo en el gimnasio tres veces por semana,  Xicota  no se revelaba menos acobardado  que sus compañeros cuando oía hablar de las almas en pena,voces del más allá y seres demoníacos que, según parecía, formaban parte de las historias   sobre la cochera de Sagrera.   Prefirió ignorarlas y pensar que eran  meras fabulaciones imaginadas por quienes no sabían cómo paliar la aburrida  rutina operativa de cada noche de servicio.

Al llegar a Sagrera, el vigilante se dirigió hacia el famosa, solitaria y temida cochera. Era un lugar  de paredes ennegrecidas por el paso del tiempo, maloliente, casi en la penumbra y donde reinaba un silencio sepulcral. No había otra compañía que la de una multitud de clase de insectos y  una población de ratas asquerosas que se alimentaban de la podredumbre esparcidas por unos raíles inutilizados desde hacía siglos. La abandonada cochera se convertía a veces en el   espacio de reunión de grafiteros y expertos en gamberrismo contra los bienes públicos y a los que el servicio de seguridad debía impedir la permanencia allí.

Xicota se sentó en un banco viejo y carcomido, desde donde debía ejercer la vigilancia y avisar al centro de control de la presencia de intrusos.   Eran horas muertas sin nada que hacer y durante las cuales la única distracción la constituían el teléfono móvil y los intercambios conversacionales entre el resto de los vigilantes a través del walking. Entre pitillo y pitillo, ronda y ronda de punta a punta del andén, pasaron las horas. Habían llegado las tres  de la madrugada y el vigilante lamentó  “todavía tener para rato” hasta el final del servicio. Se volvió a sentar  en el banco y apoyó la espalda contra una fría pared. Después de que su nuca fuese cediendo, su mentón chocó contra el torax, perdiendo  la batalla  contra el sueño.

Transcurridos unos minutos,  una masa de gritos y llantos penetraron en sus oídos, al tiempo que su cuerpo sintió  zumbidos que daban la impresión de ser  bombas. Parecía que la tierra se iba a resquebrajar bajo sus pies. Gritos de desesperación y llantos seguían golpeando sus tímpanos y sin conseguir saber de dónde procedían. De repente, sintió  una presencia a su lado y al girar la cabeza, experimentó un espantoso escalofrío que erizó  el vello de sus poderosos brazos. La mirada de Xicota desprendió una profunda sensación de terror ante la imagen de una mujer con un peinado de los años 30 y que lucía un vestido negro de noche y zapatos de hebilla que tampoco parecían  ser del presente.

_ ¿ Quién es usted?- consiguió pronunciar  con la voz quebrada y al tiempo que su rostro se volvía complemente pálido.

_ Alguien entre muchos otros- le contestó ella con pena y la mirada en el vacío.

— ¿ Qué hace usted aquí?- volvió a preguntarle, invadido por la duda de si lo que estaba viendo era real o el simple producto de su imaginación. Asustado, hizo ademán de levantarse.

_ Quédate sentado a mi lado- le requirió ella reteniéndole  por el codo.

Sí, su mano era real y suave. Xicota se fijó que la chica  llevaba una fina pulsera de oro en la muñeca. Aceptó permanecer a su lado. No quería enojar al fantasma que acababa de aparecer ante él. Pese a todo, esa mujer venida de ultratumba le resultó tremendamente atractiva. Tenía ojos marrones, cabello negro, tez pálida y unos labios rosados que a Xicota se le antojaban muy sensuales. Sus pechos eran bonitos, aunque no muy grandes, su cintura fina y sus piernas alargadas como las de un cisne.

Se produjo un silencio  que la chica rompió unos instantes después.

_ Supongo que detestas este lugar solitario, a mi, en cambio, me encanta…- la chica de los ojos marrones, labios sensuales y piernas de cisne miró a su alrededor como si estuviese recordando-¿ Sabes?- prosiguió- Yo agradezco  este silencio y celebro  no tener que oír  esos llantos y gritos de desesperación y aquellos suspiros repletos de pena y de miedo. ¿ Tú también los oíste, verdad?- añadió intentando cogerle la mano. Xicota se la  retiró asustado.

_ Sí…- contestó el vigilante con un hilo de voz.

_Fue hace mucho tiempo, casi una eternidad. Era en 1939, durante una tarde soleada. Aquel sol era como una luciérnaga, una pequeña luz brillando en la  inmensa oscuridad de nuestra desgracia. Esos rayos de sol deshielaban nuestros corazones endurecidos por el odio y la maldad. Hacía un día agradable, de esos que pensábamos que jamás volverían a existir. De repente, oímos el sonido de las sirenas y la presencia de la aviación italiana en el cielo. Hacía tiempo que nos habíamos acostumbrados al ruido terrorífico que desprendían esos pájaros de hierro. Oímos las primeras bombas que se deslizaban en el vacío, feroces y sin piedad. Empezamos a correr de un lado para el otro, sin control ni rumbo. Qué extraño, solo conseguimos comprender el valor de nuestras vidas cuando estamos a punto de que nos las quiten.

Xicota se quedó extasiado ante aquella mujer de voz dulce y melodiosa. Una vez superados los primeros momentos del  indescriptible terror que había sentido al ver a ese ser salido de la nada,  sintió   la necesidad de hablarle. No comprendía por qué razón,aquella joven de la que no sabía si era real o no, ejercía en él tan irresistible magnetismo.

_ ¿ Y qué ocurrió?- se atrevió a preguntarle el vigilante.

_ Buscamos uno de los refugios anti-aéreos, el mismo en el que estamos ahora. En pocos minutos, en este  andén, había una multitud de gente: niños de inocencia usurpada, mujeres solitarias, ancianos que sabían que jamás morirían en paz- la chica cerró los ojos-  Muertos de miedo,con los oídos torturados por esas bombas y  la mirada desorbitada, terminamos abrazándonos los unos a los otros y sin ni siquiera conocernos de nada. Así era la vida, nos agarrábamos a lo que teníamos y a los que podíamos cuando nos envolvía el desamparo. Solo queríamos que esos aviones se fuesen para no volver  nunca más.- la joven suspiró con pesar- pero en el fondo de nuestro corazón habíamos perdido la esperanza de que  así  fuese.

_ ¿ Qué pasó después?- aumentaba la curiosidad de Xicota.

La chica hizo un gesto de amargura y se quedó pensativa como si estuviese rebuscando en su memoria.

_ Una vez con la certeza de que los bombardeos habían terminado, salimos en hilera de aquí- dijo recorriendo la estación con la mirada- Las calles estaban repletas de llamas de fuego, columnas de humo y polvo.  Conseguimos abrirnos camino entre toda esa grisalla que nos cegaba.  En nuestro andar torpe, apenas si nos dábamos cuenta  que estábamos tropezando con una multitud de cadáveres. Recuerdo que pisé a un animal muerto, un precioso gato blanco con manchas negras. Llevábamos tiempo percatándonos  de que los italianos no tendrían piedad ni con el más mínimo vestigio de vida que encontrasen en su camino.

La chica apoyó la nuca contra la pared y cerró de nuevo los ojos. Xicota miraba su brazo recaído sobre el banco de mármol. Acercó el dedo meñique a la pulsera de la joven como si quisiese comprobar que lo que estaba viendo era real. Ella sonrió todavía con los ojos cerrados.

_ Supongo que quieres saber qué acabó siendo de mi- prosiguió tras girar la cabeza y brindarle una mirada triste.

_ Claro…- asintió él.

Después de unos segundos inmersa en el mutismo, dijo :

_Una semana después, entraron los “Nacionales” en Barcelona. Nunca olvidaré esa fecha : 25 de enero de 1939. En los días siguientes fui arrestada, sometida a un tribunal militar y condenada a la pena capital. No había cometido otro delito que el de haber sido capaz de pensar por mi misma y alzar una muralla alrededor de mi mente y espíritu, una fortaleza que me protegiese de las mentiras de todos ellos. No me dejaron despedirme de los míos. Cuando me encontré delante del pelotón de fusilamiento, sin embargo, me sentí aliviada. Creo que la muerte es el mejor sendero hacia la libertad, sobre todo cuando comprendes que tu vida va a ser una cárcel.

_¿ Cómo te llamas?- quiso saber Xicota al tiempo que la observaba en una mezcla de deslumbramiento y ganas de huir de allí.

Ella le sonrió y pensó su respuesta durante unos segundos.

_ Tengo un millón de nombres, los de aquellos que ya no están entre nosotros…

Los llantos y los gritos volvían a pasar por la mente de la chica.

_ ¿ Los oyes?- le preguntó mirando al vigilante.

Sí, Xicota los oía, pero quería salir de dudas y dijo :

_¿ Quién eres en realidad, un fantasma, entonces es verdad  eso de que estáis aquí?

La chica suspiró. Sus pupilas estaban humedecidas por la nostalgia.

_ Le haces demasiado caso a tus compañeros- ironizó con gesto burlón- Los fantasmas solo existen en nuestra mente y establecen  su morada en ella  cuando se abren las compuertas de nuestros miedos y dudas ante lo desconocido.

Xicota seguía oyendo aquellos llantos y gritos.

_ ¿Adónde están ellos ?- preguntó vacilante.

_ En las mazmorras del olvido. Cuando vuelvas aquí y les tornes a oír, has de saber que no vienen a atemorizarte. Esos llantos solo son lágrimas ante la injusticia y los gritos  voces contra la amnesia.

Mientras ella hablaba, Xicota fijó la vista en sus finas y largas piernas, deslizando después las pupilas hasta  sus tobillos. Imaginó unos bonitos pies debajo de sus zapatos de hebilla. La chica notó que la observaba.

_ ¿ Te gustan mis piernas?- le preguntó con picardía.

El vigilante se mostró incómodo por el  atrevimiento al que se había prestado.

_¿ Sabes? Era bailarina…- añadió  risueña.

_ ¿Bailarina? – se sorprendió él con el ceño fruncido.

_ Sí, bailarina de tango…- le contestó orgullosa- Bailaba en un cabaret situado en la Avenida Francesc Layret

Xicota le miró a los ojos sin pedir precisiones, dado que algo sabía de ese arte venido de otros tiempos, pero en cambio nunca había oído hablar de dicha calle. Hizo un gesto de duda.

_ ¿Francesc Layret?

_ Sí, era así como se hacía llamar la Avenida del Paralelo durante la República. Yo era la reina de aquel cabaret, el Cabaret Cala- explicó con nostalgia- Todos decían que era un lugar frecuentado por putas, maricones y gentes de mala de vida…Yo solo sé   que era feliz en ese lugar- terminó sonriendo.

_ Tango…- dijo él por lo bajo.

_ ¿ Quieres que te enseñé a bailarlo? le sugirió al intuir en el vigilante una cierta curiosidad.

Xicota hizo un gesto afirmativo con la frente. Ella se levantó y cogiéndole por la mano, le llevó al centro del andén. Una vez uno enfrente del otro, se miraron fijamente a los ojos y tras una ancha sonrisa con sus brillantes labios, la chica puso una  mano en el omoplato del vigilante y con la otra  le cogió el brazo, cruzándose sus dedos en alto. Ella inicio los primeros pasos tras meter su rodilla entre las piernas del mozo. Un paso adelante y otro hacía atrás, y  otro hacía un lado. Movían las caderas de izquierda a derecha y derecha a izquierda y hacían rápidos movimientos con   los pies. Con sus brazos pegados el uno al otro y tendidos rectos hacia adelante, unían sus manos entrecruzando los dedos. Sus mejillas estaban también pegadas la una a la otra, al tiempo que miraban al frente.

La joven cantaba la letra de un viejo y dramático tema de Carlos Gardel, mientras el sonido de un acordeón imaginario penetraba en sus tímpanos y hacía vibrar de emoción sus cuerpos.

 Adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron
Con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde el eco dijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer
Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia hoy me ven volver

Volver con la frente marchita…

_ Qué canción más bonita…- le susurró  Xicota al oído.

Ella sonrió y cerró los ojos.

_ ” Volver”… Es mi tango preferido- le contestó la bailarina antes de repetir la letra y al tiempo que aumentaba la emoción de Xicota. -Me gusta porque habla del sufrimiento del alma ante un destino cruel e inmerecido.

Habían cogido ritmo y continuaron bailando  durante un buen rato. Xicota se dejaba guiar, siguiendo los pasos que su compañera marcaba y  tras  superar la torpeza de los primeros momentos. Aquella  letra a rebosar de dolor y el propio  sonido melancólico del acordeón les arrastraban como una ola.  Xicota experimentaba una extraña sensación ante la electrizante suavidad que desprendía la piel de la joven. Era como si el lado siniestro e inhóspito de esa cochera hubiese desaparecido de repente, convirtiéndose en un lugar mágico.

Sin querer, Xicota tropezó con uno de los cordones desatados de sus botas militares. La pareja perdió el equilibrio y cayeron el uno sobre el otro en el suelo, estallando enseguida en carcajadas.  Sus miradas se habían fusionado. Sentían sus respectivos alientos y respiraciones a medida que se iban acercando sus labios. Cerraron los ojos y se besaron. Xicota gozó del sabor a miel de la joven, al tiempo que le acariciaban las hondas de su suave y perfumado cabello. El vigilante volvió a mirar los ojos marrones de su maestra de baile. Ella  le regaló una sonrisa acariciarle también la mejilla.

De repente, algo sobresaltó al vigilante, el  maldito walking.

_ ¡ Centro de Control para V5 en operativa de la cochera de Sagrera!- Emanó una masculina y autoritaria voz del aparato-¿ V5, me recibe?-insistió el operador en tono malhumorado.

Xicota estaba sentado en el banco de mármol. Miró a su lado y no había nadie. La chica con sabor a miel había desaparecido. El Vigilante de Seguridad concluyó que había caído en un profundo sueño, producto de interminables horas de servicio durante varios días seguidos. «¡ Mierda, me he quedado sobado!», pensó. Esperaba que nadie se hubiese dado cuenta, porque menuda sanción le caería si el coordinador venía a saber que se había pasado durmiendo  durante todo el servicio. Se apresuró en responder después de retirar de forma atropellada el aparato de la funda que colgaba de su cinturón.

_ ¡V5 para Centro de Control, adelante!- dijo en tono castrense y disimulando su somnolencia.

_ ¿ Todo bien, V5? Te recuerdo que debes transmitir novedades cada media hora. No lo has hecho una sola vez a lo largo de toda la noche.- le amonestó el operador.

_ El walking parece tener muy mala recepción y por lo visto, el móvil se ha quedado sin cubertura.- se justificó Xicota acariciándose su nuca afeitada al estilo militar.

_No pasa nada,compañero…- se apaciguó el operador- estando metido en ese zulo, no me extraña que se pierda la comunicación.

Xicota se sintió aliviado al comprobar que había disipado dudas en su compañero. Sin embargo, lo que sí le sorprendía, era el extraño sueño que acababa de experimentar. En ese mismo instante, miró al suelo y percibió una pulsera de oro.  La misma que portaba en la muñeca aquella muchacha que decía ser bailarina de tango. No, no había sido un sueño, al menos eso creía. Oyó de nuevo al operador.

_ ¡Centro de Control para V5!

_¡Adelante!- contestó Xicota sin conseguir apartar de su mente a aquella muchacha de ojos marrones  venida de otro tiempo.

_ Se cierra operativa en la cochera de Sagrera- ordenó el operador- Retorna a la base para finalización de servicio.

_ ¡O.K. recibido!

Xicota colgó su mochila a la espalda y se aprestó a abandonar la cochera. Antes de irse, dirigió la mirada hacia el banco de mármol y  después al suelo, donde seguía la pulsera de oro. Decidió dejarla allí, no fuese a ser que aquella bailarina de tango con sabor a miel la echase a faltar y desease recuperarla. Volvió a recordar sus preciosas y finas piernas de cisne y sus zapatos de hebilla. Siempre terminamos amando a seres irreales.  Sonrió y se fue con  recuerdo de ella en la mente.

Nunca  sabemos muy bien  dónde se trazan las fronteras entre la realidad y el sueño; entre lo terrenal y lo fantasmal; entre la vida y la muerte; entre el pasado y el presente. Sea como sea, siempre hay una extraña fuerza que nos interpela contra la desmemoria para con los ausentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (III) : ” LA AMIGA DE ANITA”

barrio-chino-durante-la-guerra-civil                          .

                                                                                                 Para Margarida Aritzeta 

 

Barcelona, invierno de 1939 

Gregorio estacionó su Mercedes 260 en la calle Barberà, donde el coche se convirtió en todo un espectáculo para las gentes que lo vieron llegar.La guerra había cambiado la vida de muchos, pero casi nada en el barrio Chino, donde seguían conviviendo gentes pobres,  desgraciados, macarras, indeseables, chulos, putas, maricones, hombres que fingían ser mujeres y toda clase de individuos de mal vivir y moralidad dudosa.

Marujita se bajó del automóvil, en el que permaneció esperándole su hermano, que se puso a observar a través de la luna a las putas que merodeaban por allí. Una de ellas, vieja y más bien ajada, se acercó  aquella maravilla ruedas de color azul y techo negro.  Golpeó en el cristal. Gregorio bajó la ventanilla. Qué frío que hacía. La mujer introdujo como una avestruz la cabeza en el interior del coche, regalándole  un falso piropo. Después le ofreció  sus servicios. «Todos los agujeros de mi cuerpo por diez céntimos, cariño» , le dijo con voz melosa. Ayudado por una sonrisa forzada, Gregorio declinó  el ofrecimiento, al tiempo que comprobaba cómo su hermana  entraba en el  portal del  número 15.

En ese mismo sitio de la calle Barberà era donde vivía  su  amiga Anita y de la que hacía mucho que no sabía nada. Las tropas de Franco habían ocupado Barcelona el 25 de enero y durante unos días Marujita sospechó que su amiga  había sido arrestada a raíz de su condición de maestra y “Roja”. Debía de estar  “señalada”, como muchos en esa Barcelona de 1939.  Marujita pidió ayuda a algunos amigos de su familia, los mismos que  acababan de aclamar a los “Nacionales” en su estrambótico desfile por la Diagonal. Nada de nada, no existía constancia de su arresto, encarcelamiento o ejecución. “Seguro que está en casa”– Pensó la joven, diciéndose que, a lo mejor, los “Nacionales” habían tenido piedad con ella. Al subir las escaleras, topó con una chica, situada a cuclillas en un escalón y que le practicaba una felación a un  soldado. Marujita subió de largo y sin mirar. El hombre tuvo tiempo de decirle sin embargo  : “ ¿Qué, guapa, te gustaría tomarle el relevo a tu compañera?”. Ayudándose con su bastón, Marujita llegó a duras penas al tercer piso.

Golpeó  en la puerta despintada y de madera hueca detrás de la que  estaba el hogar de Anita.  Tras unos segundos,  volvió  a insistir con sus nudillos, impregnada por la esperanza de que abriese por fin. Imaginaba  a Anita en el quicio, con su habitual sonrisa,  y sus mofletes grandes como dos hogazas. Así era ella, una chica gorda, en cuyo cuerpo no cabía sin embargo la enormidad de su corazón.

No fue la puerta de su casa la que se abrió, sino la del piso de al lado,  detrás de la que apareció una mujer ya de cierta edad, con el pelo canoso y desaliñado, que además lucía  una cara rojiza y desprendía un invasivo olor a alcohol. Llevaba un vestido negro que parecía hecho de retales y un  mandil atado a la cintura y repleto de lamparones.

_ ¿¡ A quién buscas?!? -Dijo la mujer con voz ronca y trabada.

_ Soy amiga de Anita… -Contestó Marujita desconcertada ante su aspecto.

_ Mmm… ¡Todas lo sois y todas os equivocáis  también de puerta! -Le contestó la mujer con las manos en las caderas y observando el abrigo blanco de cachemir  con cuello rojo de tercio pelo que vestía Marujita. También se fijó en su sombrero negro rodeado por un lazo satinado,  limpios zapatos  y  guantes y bolso de piel.

_  ¿Sigue viviendo aquí Anita?- Quiso saber la joven.

_ Mmm… ¡No hace falta que disimules tanto, guapa, que aquí ya se sabe lo que hay! ¿¡ Qué te ha pasado en la pierna!?- Dijo la mujer de negro al mismo tiempo que fijaba su mirada   sobre el bastón de Marujita y fruncía  el ceño- ¿Te lo ha hecho tu chulo? Bueno, con los tiempos que corren, si te regala esas ropas, todavía no te puedes quejar.¡ Anda, pasa!-  Acabó diciendo  invitándola de un gesto con la frente a entrar en su casa.

Justo al lado del recibidor se encontraba una habitación que hacía función de cocina y donde había  una mesa de madera  invadida de migas de pan y  marcas de culo de vaso. Sobre ella  también estaba una botella de vino medio llena, junto a un paquete de cigarrillos y un cenicero a rebosar de colillas. Todo el lugar olía a aceite y ropa sucia.

_ ¿Quieres vino? –Le ofreció la mujer  sirviéndose  en un mugriento vaso. Un  cigarrillo le colgaba en un lado de los labios. Miró a los ojos de Marujita, que permanecía inmóvil en medio de la cocina- Siéntate, anda- ordenó.

Lo agradeció, le dolía la pierna. La mujer le tendió un vaso de vino lleno hasta arriba.

_ No,  gracias… Es muy temprano.-Rechazó la joven algo repugnada.

_ Mmm… Para un buen vaso de vino cualquier hora vale…

_ ¿  Sabe usted algo de Anita?- Le preguntó Marujita, directa e impaciente.

_ ¡ Anita! ¡Anita La gorda la llamábamos aquí…! -Soltó la otra- Y mira que es verdad que lo era. ¡Grande como un camión! Pobrecilla…- Añadió torciendo el gesto.

_ ¿Entonces sabe cómo puedo localizarla?  -La cortó Marujita con ademán de  suplica.

_ ¡Ay mujer…! Mucho quieres saber ¿Para qué la necesitas?-Aquí el trato es conmigo! Por si te interesa… La habitación es una peseta por hora. Si después te quieres lavar el coño, el agua y el jabón  también los  cobro. Lo único que te pido es que no hagas escándalo, que hay que ver lo que gritáis cuando os ponéis al asunto. También quiero que el  que traigas acabe rápido. _ Alzó las cejas-Bueno… Los hombres siempre acaban rápido. La meten y en un plis plas ya la han sacado otra vez. Aunque ese que te está esperándote  con el coche no parece tener mucha prisa. Hay que ver cómo son estos señoritos, les gusta tomarse su tiempo. – Pausó unos segundos pensativa- Ahora que me lo miro bien,  debería cobrarte más…  ¡Serán una peseta y media la hora!- Anunció contundente.

_ Me parece que está usted incurriendo en error-Protestó Marujita arrugando la frente medio ruborizada.

La mujer de hombros y burlona.

_ Mmm… No hace falta que disimules conmigo…-

_ No necesito ninguna habitación… Sólo que me diga dónde está Anita. Si me ayuda… -Dijo Marujita

La joven abrió su bolso  extrayendo de él una cartera de cuero  de la que, con las manos temblorosas, sacó dos  billetes que le tendió. La vieja puso ojos  alucinados al verlos.

_ ¡Mmm…! O eres una puta de las caras o una chica rica o a lo mejor hasta las dos cosas al mismo tiempo – Pronunció después de arrebatarle los billetes y   metérselos   en uno de los bolsillos del mandil.

La mujer se sirvió otro vaso de vino ante la mirada atónita de Marujita.

_ Puesto que coge ese dinero es porque algo puede decirme. Y dado que pregunta he pagado, respuesta me gustaría recibir.-Le recordó Marujita al ver que la mujer no mediaba palabra.

Tambaleándose   se sentó al lado de Marujita y después apoyó el codo sobre la mesa, pegando  la mejilla en el dorso de la mano. Miró fijamente a la joven, que hizo un gesto de incomodidad.

_  ¿O sea que vienes a saber de Anita y no a chingar con ese que está ahí abajo en el coche?- Dijo la mujer volviéndose a servir vino._ Hace semanas que Anita ya no está aquí…- Añadió después.

_ Tenía usted que haber empezado por ahí… – Se rebotó Marujita con una mirada altanera y cogiendo su bastón para dirigirse hacia la puerta como si por finalizada hubiese dado la conversación.

_ Te he dicho que hace tiempo que Anita ya no está aquí, no que no sepa lo que ha sido de ella-Precisó la mujer al tiempo que ponía un rostro entristecido.

Marujita se sentó de nuevo.

_ ¿Y bien?- La apuró.

_ Anita siempre se marchaba dejándome las llaves de su casa- Le respondió la mujer- Decía que tenía miedo de llevárselas consigo y que la providencia hiciese que ya ninguna puerta pudiesen volver a abrir. Temía  encontrarse como aquellas otras gentes que guardaban las llaves de sus casas, para después volver y no encontrarlas en pie. ¡Mmm… malditos esos alemanes e italianos!  Cada vez que volvía, me ponía una enorme sonrisa. “¡Sigue todo aquí!” me decía. Y le devolvía las llaves.

_ Sin embargo, ella no está… -Repuso Marujita con amargura y sacando un cigarrillo  de su pitillera.

Un momento de silencio se volvió a producir entre ellas, mientras  rasgos  dolor iban dibujándose en el rostro embriagado de aquella mujer. Se refregó la cara. Vacilante y con la mirada en el vacío, empezó a contar.

_ Un día, como todos los demás, vino y me dejó las llaves. Nunca lo olvidaré. De todos los bombardeos que había habido hasta entonces, aquel fue el peor.  Creo que todo el barrio acabó en los refugios. No vi a Anita en ellos. Cuando acabaron los bombardeos, todos se fueron volviendo a sus casas o al menos a las que todavía permanecían enteras. Estuve todo el día esperándola para decirle: “¡Sí,  Anita, todo sigue todavía en pie!”.  Y sin embargo, no volvió. Esperé y esperé unos cuántos días. Después,  me enteré por una de las putas del barrio que Anita había muerto en el interior de un tranvía sobre el que había caído  una bomba. ¡Salió hasta en los periódicos! Aquel tranvía se encendió entero y con él ardieron vivos todos los que iban dentro. Menuda muerte más estúpida- Añadió la mujer con la voz quebrada.-Fue el día  de ese mismo bombardeo que vi por última vez a Anita.

_ ¡Dios mío!- Se exclamó Marujita tapándose la cara con las dos manos y echándose a llorar.

_ Aquello se comentó por todo el barrio. – Siguió explicando la mujer- ¡ Anita “La gorda” ha acabado como un cerdo asado! decían algunos. Anita la maestra, la única en el barrio que había conseguido ser otra cosa que una puta o una fregasuelos.

_ ¡Cállese ya! -Bramó Marujita de repente mientras se levantaba violentamente de su silla. Estuvo a punto de caerse al  no poder mantener el equilibrio sin su bastón.

La mujer miró directo a los saltones ojos verdes de la joven,  agachándose  para recoger el bastón y colocarlo en su mano. Después, se acercó a un cajón y extrajo de él una enorme llave de hierro. Le cogió la mano a Marujita, poniéndole en ella la llave. Sorprendida, miró a la mujer. Esta le regaló una sonrisa.

_ No sé quién eres, ni lo quiero saber, ni me importa. ¡Esto es lo que esta guerra nos ha enseñado:  que nada, ni nadie nos importe! -Dijo la mujer.

_ Así es,  sí… -Susurró Marujita  cabizbaja.

_ Aunque no te lo creas, yo era una mujer decente y mira cómo he acabado. Alquilando a las  putas del barrio las habitaciones de mi casa.

_ No le he preguntado nada…

_ Es para que lo sepas, simplemente.-Añadió la mujer frunciendo el ceño- Pero ahora ya me da igual. Porque en esta guerra la decencia es precisamente lo que todo el mundo ha perdido.

_ Ya le he dicho que no le he preguntado nada…-Reiteró Marujita negando con la cabeza.

_ ¿Sabes qué…?- Siguió la mujer

La joven volvió a negar con un gesto.

_ Que aunque nunca volvamos a encontrar a las personas a las que buscamos, siempre nos queda algo de ellas. Yo perdí a mis dos hijos en esta guerra y sin embargo, es como si estuviesen aquí conmigo.

_ Lo siento mucho-Respondió Marujita al tiempo que observaba  la mirada de aquella mujer, inmersa en un mar de dolor.

_ Ahora resulta que los vencedores lo sentís…

_ Usted qué sabe de mí…También soy una vencida, en todos los aspectos.

_ ¡Quién lo diría! -Le contestó la mujer mirándola de arriba abajo.

_ Estoy acostumbrada a que quienes no me conocen siempre se equivoquen sobre mi…Pero gracias por dejarme entrar en la casa de Anita…

_ Ya te lo he dicho…-Le contestó la mujer seguido de un suspiro- Siempre acabamos encontrando algo de aquellos a los que hemos perdido y supongo que a eso has venido.

_ Supongo  que sí…-Reconoció Marujita  con tristeza.

_ No te engañes a ti misma, mujer, viniste porque sabías que no la encontrarías. A veces hacemos las cosas   completamente seguros de lo que vamos a encontrar, pero siempre con la esperanza de que todo sea diferente.

_ Yo no esperaba nada de lo que me ha contado, como tampoco muchas otras cosas que me llevan ocurriendo últimamente.-Dijo Marujita.

_ Esto es lo que nos ha tocado, niña.

_ Sí… Lo que nos ha tocado y no lo que hemos elegido, señora.

La mujer le acarició la cara.

_ Algo me   dice que si a alguien le hubiese gustado a Anita  ver abrir y  pasar a través de la puerta de su casa, es a ti…-Repuso la mujer volviendo a sacar los dos billetes del bolsillo del mandil y entregándoselos.

_ Quédeselo…-Rechazó la joven empujándole la mano a la mujer- Supongo que le harán falta.

_ Si tú  supieses las cosas que me han hecho falta en esta vida y las que me van a seguir haciendo  de aquí en adelante…

Marujita cerró el puño apretando aquella llave y mirando a  esa mujer con sus humedecidos saltones ojos verdes. Dibujó  una sonrisa forzada al tiempo que el corazón  gritaba  a voces su pena.

Tras dejar a aquella mujer, casera de putas por una hora, entró  en la casa de Anita. Y aunque un invasivo olor a cerrado imperaba en ella, cierta alegría se haría hueco en su espíritu. Es como si estuviese sintiendo de nuevo la presencia de su amiga. Entró en una de las habitaciones. Al lado de la cama estaba el retrato de Anita. Sonrió nostálgica. Después se acercó a un escritorio, situado contra la ventana. Había sobre él un diario y una pluma estilográfica. Lo abrió al azar. Leyó.

18 de febrero de 1936,

Querido diario,

                                       ¡Se ha confirmado la victoria del Frente Popular! Dios mío, no sabes tú bien la fiesta que hicimos en la escuela. Marujita trajo sidra y una enorme tarta de manzana y también la vitrola. ¡Qué bien que nos los pasamos! Las compañeras de la escuela estaban muy felices.Sí, nosotras, “¡ Las Maestras de la República!”. Bailamos tangos y nos reímos mucho. Marujita fue la reina  de la fiesta y  no paraba de gritar, “¡Viva la República, viva el Frente Popular, viva el President Companys!” Estábamos todas casi borrachas. Quién me iba a decir a mi que un día sería la mejor amiga de una chica rica y encima, que fuese maestra, como nosotras, maestra de la República.  Creo que recordaré este día durante toda mi vida”.

Marujita dibujó una sonrisa. Ese también había sido un día feliz para ella. Pasó algunas paginas y siguió leyendo :

19 de julio de 1936,

                         ¡Dios mío, querido diario! Los militares se han alzado contra la República. Cuando lo supimos, Marujita y yo estábamos en la playa de la Barceloneta. Sabíamos que algo iba a ocurrir, que estos cabrones no se iban a resignar a perder sus privilegios. Hacía muchos días que habían rumores. Marujita sigue siendo la misma mujer valiente y optimista de siempre y me dijo : “ Tranquila, amiga, esos fascistas no van a poder con nosotros”. Yo también lo espero, pero me queda la duda sobre lo que se nos avecina. Me da miedo ni siquiera pensarlo…

La joven arrugó la frente y después de encender un cigarrillo, continuó con las páginas siguientes hasta llegar casi a la mitad del cuaderno.

20 de septiembre de 1937

-“Hola, mi querido diario”… -Había escrito Anita–  Pocas novedades tengo que contarte hoy. A no ser que los bombardeos están intensificándose cada día más. Ya me he acostumbrado al sonido de las sirenas y cuando no las oigo, siempre pienso que van a estallar de un momento a otro. Por lo menos, ya no me hacen el efecto de antes, cuando me aterrorizaban. Es extraño cómo las personas nos vamos  adaptando a las circunstancias y haciendo que la muerte ya no nos sorprenda ni asuste, sobre todo al tenerla al lado nuestro todos los días. Cuando veo todo esto, pienso que los amigos que murieron en el frente gozaron de suerte. De alguna manera, me consuela saber que no tienen que ser  testigos de toda la crueldad y  maldad humana que nos rodea.

Marujita prosiguió con aquel diario de Anita. Se detuvo en otra pagina.

3  de marzo de 1938,

Aunque te parezca mentira, mi querido diario -Escribiría Anita- Estoy siendo muy feliz. ¡Colaboro, junto a Marujita, en la construcción de refugios anti-aéreos! La Generalitat ha iniciado los trabajos. Parece ser que los sótanos del metro se han quedado muy pequeños. Somos muchas las mujeres  que participamos. Cargamos con tierra, cemento y ladrillo como cualquier hombre. Aunque tengo que reconocer que tengo el lomo partido. Hoy, por ejemplo, estoy completamente reventada… ¡Pero llena de orgullo! Sí, diario, estoy orgullosa de contribuir a salvar a este país y a mi gente de esos malditos fascistas. También Marujita, que es la que se revela más “hombre” entre todas nosotras. Sus padres han oído a Burgos, a la zona “Nacional”, pero se ha negado a seguirles. Siempre dice lo mismo : “ Esta es mi causa y no me voy a ir, ni abandonar a los míos”.

En algunas de las paginas siguientes, Anita contaba cosas sin importancia y que Marujita ya conocía. Pero se volvió a detener después de unas cuantas  hojas, donde su amiga la mencionaba de  nuevo.

4 de junio de 1938:

Acabo de volver del Hospital Clínic. Marujita está bien. Pobrecilla. Durante el último bombardeo y cuando nos estábamos metiendo en los refugios, alguien tropezó en las escaleras, supongo que dominado por el pánico.  Cayó empujando a los que estaban delante suyo.Una avalancha de gente se derrumbó a su vez sobre Marujita. Dicen los médicos que se salvó de milagro.Eso sí,  la pobrecilla ha sufrido una grave lesión en la pierna. Por lo que me ha dicho un médico, nunca jamás volverá a andar normalmente. Va a necesitar un bastón. El otro día me dijo que sentía la pierna como si fuese la de una muñeca de trapo. Pobre Marujita. Yo no tengo el valor para decírselo, para anunciarle que se quedará coja de por vida.

Bajó la vista y recordó aquellos días en el hospital. No hacía falta que ni Anita ni los médicos le dijesen nada. Ya sabía que algo iba a cambiar para siempre en su vida. Fue pasando páginas :

16 de junio de 1938

           Marujita sigue hospitalizada, pero me han dicho los médicos que pronto le darán el alta, supongo también que porque el hospital está escaso de camas y les hace falta para nuestros hombres, entre los que  abundan los heridos y mutilados.  Marujita ya sabe lo de su pierna, pero hemos evitado hablar de ello.Me dijo que, si quería, podríamos ir a vivir  al palacete de sus padres, en la Bonnanova. Oyó decir que la aviación enemiga evita de cebarse sobre los barrios ricos, porque saben que allí están los simpatizantes de los “Nacionales”. Prefieren arrojar  sus bombas en el centro- ciudad y también  en los barrios pobres, como el mío, el barrio Chino. Malditos fascistas, que creen que la vida de un ser humano vale más que la de otro. No digo que no me gustaría ir a vivir con Marujita, sobre todo porque hoy debe necesitarme más que nunca. Pero no me veo abandonado este pequeño piso, el que heredé de mi padre y que compró con el sudor de su frente. Nunca olvidaré lo que siempre me decía : “ Anita, quiero que recuerdes constantemente una cosa, que más vale una pequeña casa tuya, que una gran casa de los demás”. Creo que tenía razón.      

 Marujita pasó algunas paginas más. Vio otra vez su nombre en la escritura de Anita.

20 de septiembre de 1938,

    He estado con Marujita. No sé si se acostumbrará a ese bastón.Por lo demás,  me da la impresión que se ha establecido una especie de pacto de silencio entre nosotras. Las dos sabemos que la República va a perder la guerra, pero no lo mencionamos. Los silencios son a menudo más terribles que las palabras. Nunca me pensé que podríamos ser derrotados y  sin embargo, mucho me temo que así va a ser. A veces, ni siquiera la voluntad, por muy grande que sea, puede nada contra los acontecimientos que están escritos. Ignoro cómo vamos a poder afrontar los nuevos tiempos que se avecinan. Pero creo que deberíamos hacerle  caso al Presidente Azaña, cuando dice que, el mayor mérito  de la vida, es asumir con grandeza la fuerza de nuestro destino, incluso cuando se revela cruel e inmerecido.  

Marujita dirigió la mirada hacia el retrato de su amiga y sonrió, como si le estuviese dando la razón. Continuó leyendo. Era la única manera de volver a estar con ella, con su querida Anita…

 31 de octubre de 1938,

                Querido diario,

                    Los “Nacionales” están acechando. Dicen que no tardarán en entrar en Barcelona. La aviación enemiga lanza paquetes de comida sobre la ciudad. Es verdad que nos estamos muriendo de hambre. Conseguí recoger algo. Lo siento, mi querido diario, pero los gruñidos de mi estómago destruían la fuerza  de mis convicciones…

Marujita se frotó la frente. Qué raro, Anita nunca le había hablado de su hambre. Encendió otro cigarrillo. Quedaban pocas paginas. Parecía que estaba llegando el momento de separarse de ella.

20 de noviembre…

 Tengo que contarte un secreto, diario mío –Escribiría por fin Anita– No sé qué pensaría Marujita, pero yo creo que todas las experiencias en la vida merecen la pena, por grotescas e insólitas que puedan resultarnos.  Mi vecina, esa que te conté que tiene a sus dos hijos en el frente, se ha puesto a alquilar las habitaciones de su casa a las putas del barrio, donde traen a sus clientes.  No quiere que nadie lo sepa y ahora, hasta  soy su cómplice. Cuando las chicas van a su casa, tienen que dar una contraseña. ¡ Y menuda! Han de decir, “Soy amiga de Anita” y entonces ya se entiende a lo que vienen.  A decir verdad, tengo que reconocer que me divierte que se diga que todas las putas de la calle Barberà son amigas de Anita.                                       

 Habiendo acabado de leer el párrafo, Marujita dio una prolongada carcajada y tras recordar la grotesca situación con la que se había encontrado de frente al decir esa misma frase a la mujer de negro. Anita siempre le había hecho reír con su mirada irónica e irreverente sobre la vida. Desde allí donde estuviese, lo estaba volviendo a hacer. Provocarle la sonrisa en los labios. Marujita intentó pasar más paginas, pero estaban todas en blanco. Cogió la pluma estilográfica y se acarició la mejilla con ella. Sentía las manos de Anita. Después de unos instantes, se fue de allí, pero antes agarró el diario y lo apretó contra su pecho. Era lo único que le quedaba de su amiga, además del recuerdo,  que también era algo que nadie le podría quitar. Al salir, dirigió una última mirada a todo aquel pequeño piso  y sonrió nostálgica. Pensó  que los lugares solo adquirían  importancia a través de las gentes que los habían habitado.

Al salir del edificio, topo de nuevo con la prostituta y el soldado con los que se había cruzado en las escaleras. Discutían sobre el precio del servicio prestado. De repente, ella recibió una tremenda bofetada. Marujita se volvió, mirando después a la joven, de cuyas narices emanaba un hilo de sangre. “ Te piensas, maldita zorra, que los Rojos te van a pagar mejor que yo”, le oyó decir al soldado. Este le dirigió una mirada criminal. “ ¿Y tú qué miras, puta? ¡A lo tuyo! ¿O quieres que hable con tu chulo?” dijo señalando con el mentón el Mercedes 260. Marujita no contestó y fue hacia el coche. Al entrar en él, su hermano Gregorio le observó con reproche y arrancó. Cuando doblaban la esquina, dijo :

_ ¿ Puedo saber a qué clase de gente has estado frecuentando durante la guerra? Que sea la última vez que me haces venir a un sitio como este- terminó con un bramido.

Marujita respiró hondo. Respetaba a su hermano, pero tenía que decirle lo que pensaba.

_ Claro, vosotros ya tenéis vuestros propios burdeles.

Gregorio la miró por el rabillo del ojo y añadió :

_ Supongo que puesto que me has hecho venir aquí, algo habrás averiguado.

Su hermana torció el gesto.

_ Anita murió algunos días antes de que entrasen los “Nacionales” – le informó con pesar.

Gregorio no contestó. La suerte de esa Roja no le interesaba.Permanecieron en silencio el resto de lo recorrido.

Al rodear la Plaza de España, Marujita dirigió la vista hacia el Castillo de Montjuich y después hacia el Palacio de Proyecciones, donde había estado el Centro de Abastos. Ya nada era lo que había sido. Gregorio rompió el mutismo.

_ Has de olvidarte del pasado, Marujita- Dijo poniendo la mano sobre el dorso de la de su hermana.

_ No lo pienso hacer, Gregorio, no tengo intención de arrancar ni una sola pagina de mi  vida. –Le contestó al tiempo que fruncía la frente.

Su hermano hizo un gesto malhumorado y golpeó el volante.

_ ¿ Pero cuándo te vas a dar cuenta de lo que está ocurriendo, Marujita?- Dijo apretando los dientes.- Deberías saber que he tenido que remover cielo y tierra para que tu nombre desaparezca de los ficheros. Hablar con el obispo, con algunas relaciones que tengo en la Falange y hasta con el propio Gobernador Civil. Voy a deber muchos favores y los que me los hicieron no van a privarse de cobrárselos.

_ Gracias, hermano, por tu generosidad. No esperaba menos- Ironizó Marujita con la mirada en el vacío.

_ Lo que tienes que hacer, de aquí en adelante, es asegurarte un matrimonio y ser una mujer decente. Volver al orden y convertirte en lo que te corresponde, en lo que nuestros padres y yo mismo siempre hemos esperado de ti. Todos estos años no han sido otra cosa que un paréntesis que, te repito, has de olvidar.

Marujita  pestañeó.

_ ¿ Y quién te crees que va querer casase conmigo?- Preguntó burlona.

Gregorio lanzó la vista hacia la pierna coja de su hermana.

_ Cualquier hombre que se vea vinculado a una familia con nuestra cuna y apellido, será capaz de olvidarse que se ha casado con una lisiada.

Esas palabras retumbaron en los oídos de  Marujita con más fuerza que todas las bombas que habían caído sobre Barcelona a lo largo de la guerra.

_ Puede que esté lisiada- Contestó transcurridos unos instantes-Pero no más que este país. Si algo tengo en común con él, es que no nos repondremos en la vida de nuestras heridas.

_ No tienes remedio, Marujita…- Dijo crispado su hermano.- Después de tanto tiempo enseñando a los demás, deberías tú también acostumbrarte a aprender. Aprender a mantenerte callada. Te aseguro que, en caso contrario, no podré hacer más nada por ti.

Gregorio apartó la vista del asfalto torciendo la cabeza hacia su hermana. Le daba la impresión de que Marujita no había escuchado ni una sola palabra. Parecía ausente y lo estaba. Al tiempo que acariciaba el diario de Anita que se había llevado consigo y tenía sobre el regazo, recordaba a su amiga y también aquella conversación con su vecina. En ese momento, soltó una carcajada que sorprendió al hombre. Este reaccionó enfurecido.

_ ¿ Ahora de qué te ríes?- le Dijo- Te puedo asegurar que la situación no está para reírse de nada, ni de nadie. Menos todavía de la gente que hoy tiene el poder en este país.

_ Aunque quisiese explicártelo, creo que no lo entenderías…- Le contestó  nostálgica.

Miró a través de la ventanilla. Estaban atravesando la Diagonal, rumbo a la Bonnanova. Lejos quedaba la calle Barberà, a la que sin duda nunca más volvería, a no ser mediante el recuerdo. En esos momentos, se alegró de haber sido una de las “amigas de Anita”.

Con esta historia, solo quiero recordar que todo es trágico-cómico en nuestra existencia y que detrás de la tristeza, siempre está la sombra de la sonrisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Historias cómicas de la guerra y posguerra española, Sin categoría

UN INSÓLITO DELINCUENTE : SOBRE “FUL” DE RAFA MELERO ROJO

ful

 

 

 

Rafa Melero Rojo es un escritor que se ha ido consolidando  en el mundillo del “Noir”. Llegado al panorama literario negrocriminal de la mano de Lorenzo Silva, se dio a conocer como un autor de novela policial de urdimbre procedimentalista, sobre todo a través del personaje del sargento Masip y de la figura del asesino en serie. Temas centrales de sus dos primeras novelas, La ira del Fenix  ( Playa de Ákaba,2014) y  La penitencia del Alfil  (Alrevés,2015). Parece que Melero ha decidido darle un descanso a su héroe y al propio universo institucional y simbólico de la policía autonómica, para situarse al otro lado de la raya. Es decir, el mundo de la delincuencia y el crimen organizado. Ese giro es unánimemente comentado por los pasillos de los ambientes literarios, sobre todo después de que Melero hubiese acostumbrado a los lectores al ambiente de la investigación criminal. Ese paso literario por el estricto ámbito de la delincuencia ha adquirido configuración a través del personaje de su nueva novela Ful, (Alrevés,2016)

Ful es un  modesto pintor de brocha gorda y un trabajador precarizado  que nace y vive en Lleida. Su periplo fue común al de muchos adolescentes de su barrio y  generación. Adscrito a un medio social periférico, se revela testigo de un contexto familiar en el que el alcoholismo, la violencia de género, el drama, el fracaso escolar, la pobreza económica  y la falta de perspectivas dominan la vida cotidiana. Con una trayectoria de perfil bajo, Ful va entrando progresivamente y muy a su pesar, en el universo de la pequeña delincuencia, pero sin hundirse del todo en el hoyo, dado que escapa de la drogodependencia en la que ha caído mucha de su gente. No tiene una mentalidad criminal en el sentido estricto y por momentos mira con envidia a quienes han escapado de un destino fatalista, en especial a un amigo de infancia convertido en Mosso de Esquadra, Pepe.  Sin embargo, asume su existencia. De repente, se presenta para él la oportunidad de dar un “verdadero golpe”. Robarle un  alijo de droga a un camello africano. La operación parece, en un principio, bastante rudimentaria. Apoyado por dos otros amigos, Jose y el El Pelota, al igual que él, sin gran futuro en la vida, llevan a cabo la operación. Contra todo pronóstico, la cosa acaba teniendo un mal giro y las consecuencias se revelan catastróficas. Ful y sus cómplices se encuentran con dos cadáveres sobre las espaldas. El asunto se termina de agravar cuando descubren que le han provocado la muerte al camello y a la prima de uno de los más feroces e implacables capos del cártel columbiano de la droga.Unos días después, un sicario  sin escrúpulos y de gatillo fácil, Wilfredo Martins, viaja desde Bogotá rumbo a España.A partir de aquí, Ful se va a topar  de frente con el auténtico mundo de la delincuencia y el crimen organizado.

Rafa Melero ha optado esta vez por  la narración en primera persona,  un estilo que suele estrechar los vínculos entre el protagonista y los lectores, asegurando compenetración entre ambos.  Añade un toque de originalidad, dado que la trama   está ambientada en una ciudad relativamente tranquila y poco acostumbrada a los sobresaltos. Lo que hace que rompa con el mito  de la concentración del crimen  en Barcelona y el carácter apacible de las demás capitales de provincia de Cataluña.

La obra de Melero nos habla de la dimensión más humana del delincuente, así como de  sus circunstancias personales en medio de la desigualdad social y la ausencia de verdaderas oportunidades. También  de la adolescencia y la juventud robadas y del delito como único forma de supervivencia. La novela no deja de ilustrar, por otra parte, la corrupción policial, la globalización del crimen organizado y  todo el submundo que lo envuelve, en el que priman formas micro-totalitarias de poder y donde la arbitrariedad, el miedo, la crueldad y la muerte se convierten en “reglas de oro”.   No cabe duda de que se trata de la obra más “social” de Rafa Melero, en contraste con sus anteriores novelas, excesivamente apologéticas del universo policial y con las que, un servidor, se ha mostrado a menudo muy crítico. El hecho de que Ful haya venido avalada por autores como Paco Gómez Escribano , cuya obra siempre se ha centrado en el mundo delictivo de la periferia urbana, demuestra que existe un verdadero cambio de rumbo  en la producción literaria de Melero , ilustrada por una mirada empática  con la historia de vida de aquellos individuos situados al  otro lado de la frontera establecida por la ley y el orden.

Organizada en capítulos cortos de lectura fluida, la obra refleja el esfuerzo de Melero en la renovación narrativa, así como un claro distanciamiento de la novela procedimental en beneficio de una vocación mucho más ” Noir” y sensible ante los orígenes, causas, motivaciones y consecuencias de la desviación social. Podemos hablar de una faceta de Melero hasta la fecha desconocida y desde luego, muy interesante, que apela a considerar Ful como su mejor novela.

Deja un comentario

Archivado bajo Luces y sombras del género negro, Sin categoría

HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (II) : TURRÓN EN EL ARMARIO

turron

 

En mi casa, en Noche Buena, los que quince comensales que somos habitualmente, solemos hablar de muchas cosas, la mayoría sin importancia, pero graciosas. La política y el trabajo están prohibidos como tema de conversación: orden de mi madre, que ejerce de matriarca del clan. Sin embargo, siempre surge por una razón u otra. Solo que esta vez no hay discusiones, porque tenemos todos la misma mirada sobre la Memoria Histórica. Cuando brindamos con cava, mis hermanos siempre sueltan la misma exclamación : ” ¡ Viva la República!”. Y entonces se fastidió y nos vemos incapaces de cumplir las ordenes de mi madre. No, no entramos en disertaciones sobre la Guerra Civil y sus causas, ni sobre el franquismo (aunque se cuele algún exabrupto contra la derecha española, lo reaccionaria y retrograda que es y el mucho daño que le ha hecho y sigue haciendo a este país).Lo que surgen en la conversación son sobre todo memorias individuales de aquel trágico episodio. La principal, la de María, una pariente.  Como preámbulo, María acostumbra a hacer siempre el mismo comentario : ” ¡Uff, cuanta comida! Cuando pienso que, cuando era niña, no teníamos nada por Navidad, ni siquiera una tira de turrón.” ¡Y zaaasss! Me gusta escuchar las historias que cuenta María sobre los años de la posguerra y en especial, sobre su infancia y adolescencia, la misma que nunca tuvo.

María es de Toledo y con 12 años, se trasladó a trabajar a Madrid como “chica de servir” o mejor dicho, como esclava, que eso  es lo que eran en los 40 las empleadas de hogar. Entró en una casa de gente adinerada, que había hecho fortuna gracias al negocio del extraperlo  durante la guerra y la inmediata posguerra. Por lo  visto, los “señores” eran muy católicos, apostólicos y romanos, pero debían saltarse alguna pagina del Evangelio, dado que no tenían  empacho en jugar con la usura. En suma, formaban parte de esa casta de oportunistas que sacaban provecho del dolor y la miseria colectiva y que, por pura lógica, siempre exaltaron las virtudes del Caudillo, puesto que era gracias a él que se habían hecho de oro. Nuestra pariente guarda un recuerdo terrible de aquella casa y todavía es hoy el día en el que, con  más 80 años de edad,  no deja de emocionarse y entristecerse cuando cuenta su periplo. Pero sobre todo, cuando hace mención a un detalle: su obligación  de  servir el día de Noche Buena. Siempre evoca a sus padres, que vivían en el pueblo, y lo mucho que les añoraba en esa fecha tan señalada.

Sin embargo, hay algo  mucho más importante en esa adolescencia “robada” que fue la de María. El recuerdo de la mesa de vajilla y cristalería lujosa de los “señores” y los manjares y vinos caros que se ponían. Todo, mientras ella y sus otras compañeras que servían en esa casa (que eran niñas también), se morían prácticamente de hambre. Eso sí, esperaban que aquellos “feudales” se fuesen a dormir con el estomago lleno  y la mente embriagada, para poder “picar” algunas porciones de turrón.Pero nada. La “Señora”, que rezaba todos los días, también parecía olvidarse de uno de los principales preceptos  de la Fe Cristiana : la caridad. Antes de irse a dormir, se aseguraba de guardar las bandejitas con turrón en un aparador cerrado con llave, de esos que había por aquel entonces, con vitrina.

Las niñas-esclavas no iban a tener oportunidad de oler otra aroma que el que desprendía el betún limpia botas del “Señor”. Dos de la madrugada, agotadas y con ganas de acostarse, las niñas veían cómo la “Señora” les lanzaba casi a la cara los tres o cuatro pares de botas y zapatos de su marido. La orden era clara: ” El señor las quiere limpias para mañana por la mañana a primera hora”. Con cepillo en mano, se ponían a lustrar el calzado, al tiempo que miraban de reojo la vitrina del aparador, con la esperanza de que, en un acto de mea culpa y de temor al purgatorio, la “Señora” repartiese alguna tira de turrón entre la servidumbre. Pero la expectativa no se cumplía. La “Señora” debía decirse que, siendo las niñas pobres, seguro que eran hijas de “Rojos” y que, ante tan diabólicas criaturas, cualquier buen cristiano debía hacer gala de firmeza y sin piedad.

A pesar de todo, María suele acabar su historia añadiendo un toque de humor a aquellos recuerdos tristes que siempre envuelven  su mente durante la cena de Noche Buena. Ella y sus compañeras empezaron a olor las botas y los zapatos del “Señor”.Se pasaban los calzados las unas a las otras .Apestaban a pies sucios. Y entonces terminaron riéndose y preguntándose cómo un caballero  exteriormente tan pulcro y estirado , podía tener un olor de pies tan espantoso, como para tumbar a todo un ejercito.” ¡Metíamos las narices dentro y parecía que nos íbamos a desmayar!” , cuenta hoy María, ahogada en carcajadas.“Del asco que nos daba, nos lanzamos los zapatos y las botas las unas a las otras. Me acuerdo que nos reímos mucho”.

Aquella noche, en la que la melancolía y la nostalgia habían dominado a la joven María por la ausencia de los suyos, tuvo una pequeña dosis de felicidad. Su marido, Eusebio, ( que tiene más o menos su edad), siempre le reprocha que saqué a colación malos recuerdos :él prefiere olvidar aquellos  años tan duros. Creo que se equivoca, porque pienso que no hay justifica sin memoria. De la misma manera que considero que no hay tragedia sin comedia, ni sombras sin luces.

Yo siempre escucho a María con interés e incluso la provoco para que cuente anécdotas de la posguerra, todavía sabiendo que muchos de sus recuerdos le resultan dolorosos.  Supongo que lo hago por cierto egoísmo intelectual. Al escuchar esa historia sobre el turrón encerrado en el armario a resguardo de las criadas y  ese calzado apestoso del “Señor” con el que eran humilladas hasta última hora, no puedo otra cosa que llegar siempre a la misma conclusión : que la mugre que vemos y olemos, la exterior, no es la que de verdad debe preocuparnos.  La suciedad y podredumbre  que ha de indignarnos, son las que destilan las conductas humanas y sobre todo, las que impregnan la mente y el corazón  de las malas personas. Hoy, María puede comer turrón a su antojo, pero siempre lo hace con delicadeza y saboreándolo. Creo que le gusta apreciar aquello que, en otros tiempos, anhelaba y estaba fuera de su alcance.   Felices Navidades a todos. Y por cierto : ¡ Viva la República!

 

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Historias cómicas de la guerra y posguerra española, Sin categoría

UN INSPECTOR ENTRE SOMBRAS : SOBRE “MAL TRAGO” DE CARLOS BASSAS DEL REY

bassas

 

El sello Alrevés parece haber brindado este año su mejor  catalogo , con autores ya muy vinculados a esa casa y que van madurando poco a poco como escritores bajo el paraguas de los hermanos Kerrigan. Uno de ellos sin duda Carlos Bassas del Rey. Un nombre que se consolida, no solo como el comisario de uno de los encuentros más importantes del mundillo “Noir”, Pamplona Negra, ( por cierto, en el que tendré el honor de participar el próximo enero de 2017) ,sino que se reafirma como uno de los escritores más interesantes del momento. Bassas parece además haber dejado atrás definitivamente su etapa narrativa sobre el universo cultural asiático ( origen de su buena proyección ), para contemporanizar con su propio tiempo. Así lo demuestra su última novela ” Mal trago” ( Alrevés,2016) , ambientada en la imaginaria ciudad navarra de Ofidia y protagonizada por el inspector Heredoto Corominas, un personaje que cobró vida con su novela anterior, ” Siempre pagan los mismos” ( Alrevés,2015).

Un menor es encontrado muerto en la caja fuerte de un edificio modernista de la ciudad, propiedad de una familia de pasado esplendor social y económico, pero venida a menos con los años. Adquirido por un poderoso empresario de la promoción inmobiliaria,el palacete está a punto de ser derribado después de haber simbolizado durante décadas la estética y los valores de la burguesía local. Hijo de un modesto relojero autónomo que apenas si consigue llegar a fin de mes, el cadáver del menor viste la indumentaria propia de una ceremonia religiosa y denota una exquisita pulcritud. El simbolismo que envuelve al cuerpo del niño desconcierta al inspector  Corominas, recién reincorporado a la policía tras ser sometido a un expediente disciplinario con resultado de suspensión temporal. La motivación del secuestro del niño  también es de difícil inteligibilidad, dada la modesta condición social de su progenitor. Sin embargo, unos días después, el policía recibe la visita de un preeminente abogado de la ciudad, a sueldo del susodicho promotor inmobiliario, quien afirma que su cliente recibió una exigencia de rescate por el niño secuestrado y asesinado y ello sin  mantener ningún vinculo personal o familiar, ni con el menor, ni con su padre. La desorientación termina de sembrarse entre Corominas y sus hombres. En los días siguientes, otro niño de misma edad, es objeto de   secuestro y encontrado en las mismas condiciones que la primera victima. En este caso también, se trata de un menor con progenitores de modesto estatuto social y económico y en el que el rescate es exigido a otro empresario sin tampoco ningún vinculo directo con el joven.

Aunque me consta que Carlos Bassas del Rey ha puesto lo mejor de si mismo en esta novela, debo reconocer que no soy un devoto de las tramas con menores de por medio y que, en mi modesta opinión, empiezan a cundir en exceso en la producción ficcional ” Noir”. Esto en detrimento de la crítica hacia otras formas de atropello contra determinados individuos y colectivos y que la novela negra actual no debería descuidar.  Sin embargo, es  mérito del autor haber introducido una dosis de originalidad en la articulación de su trama, rompiendo con mucho “dejá vu” en torno a la historias de secuestros y asesinatos. El compromiso social no falta a la cita y tampoco hay duda alguna que Bassas ha sabido poner el dedo en la yaga, denunciando la ruindad y el egoísmo de las élites financieras en medio de una sociedad que se está partiendo en dos.

Es evidente que el autor ha querido subordinar la trama al personaje principal,  Corominas,  que es el que le da fuerza a la novela.  Así lo demuestra el perceptible e indiscutible esfuerzo por profundizar y afinar en la psicología del inspector, sobre todo en comparación a los rasgos algo menos definidos que le trazó en su anterior novela.En efecto,Corominas es un  hombre que tiene que lidiar con las rivalidades, enemistades y puñaladas en un mundo policial no tan  cohesionado como lo que aparenta. Las peores mezquindades entre compañeros  se dejan entrever, ocultas  bajo la bandera de una supuesta camaradería simbólicamente configurada en base al universo masculino de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero sobre todo y ante todo,  Bassas indaga en un Corominas  dudoso, no solo alrededor de su profesión como policía, sino también acerca de los aspectos más existenciales de su vida .Asolado por la proximidad de  la vejez y el miedo a la soledad, Heredoto es un hombre confrontado a conflictos generacionales  que determinaron la relación problemática con su padre recientemente fallecido  y que de paso, parecen ensombrecen ahora  la relación con su propia prole; a una vida sentimental y sexual que pierde fuelle y que compensa con escapadas sórdidas en otros lechos en medio de la culpa;  al dolor ante la pérdida de los amigos, así como a un pasado policial repleto de pecados inconfesables.

Bassas ha sabido adentrarse en los entresijos  de un hombre inseguro y lleno de preguntas. En suma, en un personaje rodeado por muchas sombras y caracterizado por su faceta más humana. Si algo hay que decir, es que Bassas rompe muchos mitos en torno a la figura del policía y pone sobre el tapete su falsa inquebrantabilidad de carácter, en beneficio de los aspectos más subjetivos y emocionales.   Lo que resulta un mérito añadido a la vista del buenismo vainillero con el que algunos autores tratan e ilustran el universo de las Fuerzas de Seguridad, colando una evidente apología de la ideología e institución policial.

El estilo narrativo es ligero y cuidado, reflejando un constante anhelo de autosuperación en el autor. La novela resulta coral en cuanto a los personajes secundarios y Bassas introduce un toque simpático al asignarles  nominaciones con nombres de importantes autores actuales del “Noir” y que el lector identificará de inmediato. Un gentil homenaje a sus compañeros de viaje en el arte de escribir.Pero sobre todo y ante todo, la obra nos recuerda las consecuencias de la incomprensión y la crueldad para con aquellos que cargan con una diferencia no elegida. También el lado implacable del paso del tiempo, así como la necesidad de zanjar los litigios con las personas más cercanas, antes de que sea demasiado tarde y hayamos perdido la oportunidad de decirles  , a pesar de todo, lo mucho que las queremos.Si algo ha sabido hacer Bassas, en cualquier caso, es recobrar un aspecto esencial del género negro : las luces y sombras de la condición humana.

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Luces y sombras del género negro, Sin categoría

MEDITERRÁNEO NEGRO : LEYENDO ” LO QUE NOS QUEDA DE LA MUERTE” DE JORDI LEDESMA

jordi-ledesma

Debo reconocer que fui  un lector tardío y “resistente”, frente a la obra de Jordi Ledesma y eso a pesar de que su novela El diablo en cada esquina ( Alrevés, 2015), viniese públicamente avalada por uno de los escritores más reconocidos del momento.  Siempre he desconfiado de las adulaciones a un autor, sobre todo en este mundillo del “Noir”, atestado de cortesanos y camarillas, pensando también que, detrás de los elogios demasiado unanimistas, suele aparecer la sombra alargada del borreguismo intelectual. Sin embargo,  una de esas causalidades de la vida me llevó a asistir a la presentación de “Diez negritos”, la compilación de relatos cortos de Alex Martin Escribà  y Javier Sanchéz Zapatero y en la que participaba precisamente Ledesma.  Su intervención explicando las motivaciones de su cuento me despertó  interés y fue   un detonador para decidirme a leer su comentada obra. Esa la razón por la que, más movido por mis propios criterios,  aposté también por hacerme con  su  nueva novela, ” Lo que nos queda de la muerte” ( Alrevés,2016).

Reus, años noventa, el cuerpo de un joven apodado Bocaclancha, es encontrado muerto y flotando cerca de los embarcaderos. Abandonado por su madre toxicómana, educado por sus abuelos y más bien apagado, el Bocaclancha ha estado metido en historias de trapicheos y camellismo, dejando que las sospechas apunten a los llamados “Mellizos”, dos jóvenes dedicados al tráfico de droga y aparentemente a sueldo de los carteles columbianos. Un  comandante de la Guardia Civil, conocido como “El cocodrilo” por su talante autoritario, déspota y árido  va a ser el encargado de investigar el caso. El comandante alberga la particularidad de estar casado con una mujer mucho más joven que él, Lucía, de una fascinante belleza, objeto de todas las miradas en la ciudad, pero sobre todo, sujeto de sueño erótico de Ignacio, un joven  procedente de los estratos más acomodados de la ciudad. La mujer del Guardia Civil  tiene una amiga,  Silvia, que anhela todo lo que tiene de atractivo Lucía  y aspira a salir de la vida aburrida y sin alicientes que lleva como ama de casa y mujer de un modesto electricista. Alrededor de ellos giran una serie de personajes corales, entre otros, Sergi, un niño bien, cínico y vividor, enredado en una relación de la que busca en deshacerse y su mejor amigo, el Poeta, que vive a su costa.  La muerte del Bocaclancha, no solo va romper cierta rutina en la ciudad costera, sino que además pondrá al descubierto la verdadera realidad social  de la turística y apacible plaza mediterránea.

Si algo hay que señalar, es la prosa tremendamente cuidada y magnética  de Jordi Ledesma, plasmada en primera persona, que enseguida cautiva y establece complicidad con el lector. La elegancia del lenguaje se combina con numerosos pasajes en la que impera un vocabulario crudo, abrupto y sin prejuicios muy concorde con las respectivas ambientaciones y situaciones. Se trata de una novela corta, pero con una indudable capacidad de condensar una historia de peso. En efecto, Jordi Ledesma  nos pasea por los pasillos oscuros de una ciudad dominada por la imagen externa del bienestar social, el ocio y la vida lúdica, sacando a la superficie las miserias sociales y humanas de la urbi costera : las desigualdades y falta de perspectivas,  la inmigración sureña, el carácter explotador  y el rapiñismo del mundo de la especulación urbanística y el negocio hotelero, el cretinismo, la impunidad, la bajeza humana de las élites locales, la frustración de los más desfavorecidos, la pequeña delincuencia juvenil y el abuso de poder y los trapos sucios de las fuerzas de seguridad, así como las dudas y angustias ante la propia identidad personal, constituyen el abanico de problemáticas que plantea el autor.

Ledesma  sabe  mostrar la parte más “negra” de ese idílico Mediterráneo de reclamo estival, jugando  a la vez con la denuncia social y la mirada crítica sobre la condición humana y esto a través de un narrador enigmático, que finalmente acaba recordándonos la necesidad de mirar la realidad de frente y no torcer la vista cuando aparecen ante nosotros las cloacas de nuestra existencia individual y colectiva.

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Luces y sombras del género negro, Sin categoría

HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA

cantera-para-la-extraccion-de-pizarra-e1415049440281

 

Si algo me llena de curiosidad y placer al oído, son las historias orales, las de las gentes anónimas que vivieron la época de la  guerra y posguerra española. Es decir, los testimonios que hunden sus raíces en las memorias individuales. Todos nosotros, sobre todo los que ya empezamos a tener una cierta edad y vivimos nuestra infancia, adolescencia o juventud en los años de la Transición, tuvimos ocasión de oír contar muchos episodios personales sobre la guerra y posguerra, que nos narraban sobre todo nuestros mayores, los verdaderos guardianes del pasado y correa de transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Mi padre, que hoy es octogenario y que tenía seis años cuando estalló la guerra civil, también fue un “contador” de esas historias.

Los que tenemos nuestra “culturilla” histórica sabemos de qué manera el franquismo se mostró bajo su rostro más cruel en las zonas rurales. No fue una excepción en  Galicia, sobre todo  la del  interior, la de los pequeños pueblos. Desde luego, ese “enanoíde” fascista, del que se cumplen cuarenta y un años de su muerte, no tuvo piedad ni con las gentes de su propia tierra. Mi padre es precisamente gallego, nacido en un pequeño pueblo  de la provincia de Ourense, fronterizo con la de León. Por eso su identidad es una especie de mestizaje entre gallego y castellano-leonés. En aquel pueblo de mi padre, solo mandaban tres hombres : Don Ricardo, el cura,que con su sotana negra y cara de mala persona, encarnaba lo peor del nacional-catolicismo; Don Toñito,el alcalde, que además era el dueño de las canteras de pizarra, donde tenía a sus esclavos y por supuesto, el cabo de la Guardia Civil. Después, claro, estaban los “señalados”, los “¡¡Rojos!! o los sospechosos de serlo.

Contaba mi padre que había dos hombres  buscados con saña  por la Guardia Civil  después de haber organizado una protesta en las minas  de Don Toñito y eso a raíz de las condiciones lamentables de trabajo a las que eran sometidos.  Resulta que, huyendo de los tricornios, aquellos dos hombres atravesaron el cementerio del pueblo y se dispersaron para confundir a la pareja de la Benemérita. Uno de ellos, según mi padre, de nombre, Adón, quiso ocultarse en una fosa vacía. Al intentar introducirse en ella, de repente, oyó una voz que parecía venir de ultratumba : ” ¡Ven, ven, estoy aquí!” El pobre hombre casi sufrió un infarto, corriendo por patas camino arriba sin parar, aterrorizado ante esa voz venida del más allá. Estuvo varios días escondido, hasta que fue descubierto y detenido. Por supuesto, explicó lo de esa voz entre sus allegados, que a su vez lo difundieron entre quienes les quisiesen escuchar. Y así, no fue difícil que naciese la leyenda, sobre todo  en una tierra como la gallega rural de entonces,  tan dada a las supercherías : el cementerio del pueblo estaba maldito y allí moraban almas en pena.

Muchos años después,  Adón e Hipólito, (su compañero de lucha en las minas),  se reencontraron  durante un caluroso mes de agosto. La aldea ya no era lo que había sido, ni la gente tampoco. Transcurrían  finales  de los 60 y ya había una gasolinera y un hostal para forasteros y en él, hasta una sala de baile donde se pinchaba música moderna de la ciudad. Al dueño  lo conocían como  “El cachapo”, que en realidad se llamaba Gónzalo. Era el que de verdad le había dado vida al pueblo. En ese mismo hostal y   entre cervezas y juego de cartas, surgió entre Adón e Hipólito, la leyenda del cementerio como tema de conversación y eso con motivo  del sepelio de un vecino. Hipólito estaba viviendo en Francia, donde trabajaba en la Renault ,  encontrándose en esos instantes  de vacaciones en el pueblo.  Los dos amigos entraron en discusión sobre esa estupidez acerca de almas en pena que había tenido al pueblo en vilo en  tiempos en la posguerra. ” ¡¡Todo mentira!!” , dijo el cosmopolita y moderno operario de la Renault. Su viejo amigo, Adón, le rebatió el argumento y  dijo : ¿”Te acuerdas de aquella vez que nos escapamos de la Guardia Civil y que nos metimos en el cementerio?” . ” Claro que sí, qué jóvenes que éramos…”, le contestó Hipólito, sin entender muy bien a cuento de que venía ese episodio. Adón se explica : ” Pues mira, me intenté esconder en una fosa y te juro que oí a un muerto que me decía eso, ” ¡Ven, Ven, estoy aquí!”. “Yo me lo creo…porque lo viví, aunque esas cosas no sabría explicar por qué pasan, pero pasan. Y mira que yo, la iglesia, ya le pueden dar por el culo”– Añadió Adón.  Hipólito  soltó una carcajada que desconcertó a su amigo. ” Pero, imbécil, si era yo, avisándote que también estaba ahí escondido”,  le soltó. Adón no salía de su asombro.

Desde aquella noche en el cementerio, en el invierto de 1945, nunca se habían vuelto a ver. El de la Renault había logrado escaparse a Ponferrada, pasar por León y Burgos, llegar a Irún y desde allí, cruzar la frontera hacia Francia a través de no se sabe qué artimañas. Adón, en cambio, se había quedado en el pueblo y pasado algún tiempo en una cárcel de Montforte de Lomos, convencido casi durante toda su vida de que, a pesar de que no fuese demasiado creyente, los muertos podían hablar. No pudo resistirse de decirle lo que pensaba a su antiguo compañero de lucha : ” ¡¡ Me cago en la madre que te parió!!”. Al oír la conversación, toda la sala  entera se destornillaba de risa.

Adón se había forjado en el pueblo reputación de hombre valiente, casi el único en ser capaz de plantarle  cara a la caciquil familia de Don Toñito y al inquisidor de Don Ricardo. Era una especie de héroe, con un nutrido periplo penitenciario y el cuerpo molido a palos en más de una ocasión. Claro está,  las revelaciones de Hipólito en el hostal, a oídos de todos, hicieron caer el “mito”.  El pobre Adón se convirtió en el hazme reír de todo el pueblo y pasó de ser ese héroe que había sido para muchos mineros, a convertirse en un hombre “acojonado” y “cagado por las patas abajo” ante un supuesto fantasma que ni siquiera era real.

Mi padre siempre contaba esa historia.  Nosotros nos reíamos al oírla. Al recordar aquello, solo puedo llegar a una conclusión en torno a la condición humana : que todo hombre, incluso el más  valiente del mundo, ( y  Adón era uno de ellos vive perseguido por la sombra de sus propios miedos.  Pero sobre todo, hoy, me doy cuenta de que, detrás de los dramas individuales y colectivos de la guerra y la posguerra, también había un  lado gracioso. Supongo que fueron esas anécdotas las que hicieron más llevaderos los duros años del franquismo. En efecto, nuestra historia política y social, es una auténtica tragicomedia.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Historias cómicas de la guerra y posguerra española, Sin categoría