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HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA

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Si algo me llena de curiosidad y placer al oído, son las historias orales, las de las gentes anónimas que vivieron la época de la  guerra y posguerra española. Es decir, los testimonios que hunden sus raíces en las memorias individuales. Todos nosotros, sobre todo los que ya empezamos a tener una cierta edad y vivimos nuestra infancia, adolescencia o juventud en los años de la Transición, tuvimos ocasión de oír contar muchos episodios personales sobre la guerra y posguerra, que nos narraban sobre todo nuestros mayores, los verdaderos guardianes del pasado y correa de transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Mi padre, que hoy es octogenario y que tenía seis años cuando estalló la guerra civil, también fue un “contador” de esas historias.

Los que tenemos nuestra “culturilla” histórica sabemos de qué manera el franquismo se mostró bajo su rostro más cruel en las zonas rurales. No fue una excepción en  Galicia, sobre todo  la del  interior, la de los pequeños pueblos. Desde luego, ese “enanoíde” fascista, del que se cumplen cuarenta y un años de su muerte, no tuvo piedad ni con las gentes de su propia tierra. Mi padre es precisamente gallego, nacido en un pequeño pueblo  de la provincia de Ourense, fronterizo con la de León. Por eso su identidad es una especie de mestizaje entre gallego y castellano-leonés. En aquel pueblo de mi padre, solo mandaban tres hombres : Don Ricardo, el cura,que con su sotana negra y cara de mala persona, encarnaba lo peor del nacional-catolicismo; Don Toñito,el alcalde, que además era el dueño de las canteras de pizarra, donde tenía a sus esclavos y por supuesto, el cabo de la Guardia Civil. Después, claro, estaban los “señalados”, los “¡¡Rojos!! o los sospechosos de serlo.

Contaba mi padre que había dos hombres  buscados con saña  por la Guardia Civil  después de haber organizado una protesta en las minas  de Don Toñito y eso a raíz de las condiciones lamentables de trabajo a las que eran sometidos.  Resulta que, huyendo de los tricornios, aquellos dos hombres atravesaron el cementerio del pueblo y se dispersaron para confundir a la pareja de la Benemérita. Uno de ellos, según mi padre, de nombre, Adón, quiso ocultarse en una fosa vacía. Al intentar introducirse en ella, de repente, oyó una voz que parecía venir de ultratumba : ” ¡Ven, ven, estoy aquí!” El pobre hombre casi sufrió un infarto, corriendo por patas camino arriba sin parar, aterrorizado ante esa voz venida del más allá. Estuvo varios días escondido, hasta que fue descubierto y detenido. Por supuesto, explicó lo de esa voz entre sus allegados, que a su vez lo difundieron entre quienes les quisiesen escuchar. Y así, no fue difícil que naciese la leyenda, sobre todo  en una tierra como la gallega rural de entonces,  tan dada a las supercherías : el cementerio del pueblo estaba maldito y allí moraban almas en pena.

Muchos años después,  Adón e Hipólito, (su compañero de lucha en las minas),  se reencontraron  durante un caluroso mes de agosto. La aldea ya no era lo que había sido, ni la gente tampoco. Transcurrían  finales  de los 60 y ya había una gasolinera y un hostal para forasteros y en él, hasta una sala de baile donde se pinchaba música moderna de la ciudad. Al dueño  lo conocían como  “El cachapo”, que en realidad se llamaba Gónzalo. Era el que de verdad le había dado vida al pueblo. En ese mismo hostal y   entre cervezas y juego de cartas, surgió entre Adón e Hipólito, la leyenda del cementerio como tema de conversación y eso con motivo  del sepelio de un vecino. Hipólito estaba viviendo en Francia, donde trabajaba en la Renault ,  encontrándose en esos instantes  de vacaciones en el pueblo.  Los dos amigos entraron en discusión sobre esa estupidez acerca de almas en pena que había tenido al pueblo en vilo en  tiempos en la posguerra. ” ¡¡Todo mentira!!” , dijo el cosmopolita y moderno operario de la Renault. Su viejo amigo, Adón, le rebatió el argumento y  dijo : ¿”Te acuerdas de aquella vez que nos escapamos de la Guardia Civil y que nos metimos en el cementerio?” . ” Claro que sí, qué jóvenes que éramos…”, le contestó Hipólito, sin entender muy bien a cuento de que venía ese episodio. Adón se explica : ” Pues mira, me intenté esconder en una fosa y te juro que oí a un muerto que me decía eso, ” ¡Ven, Ven, estoy aquí!”. “Yo me lo creo…porque lo viví, aunque esas cosas no sabría explicar por qué pasan, pero pasan. Y mira que yo, la iglesia, ya le pueden dar por el culo”– Añadió Adón.  Hipólito  soltó una carcajada que desconcertó a su amigo. ” Pero, imbécil, si era yo, avisándote que también estaba ahí escondido”,  le soltó. Adón no salía de su asombro.

Desde aquella noche en el cementerio, en el invierto de 1945, nunca se habían vuelto a ver. El de la Renault había logrado escaparse a Ponferrada, pasar por León y Burgos, llegar a Irún y desde allí, cruzar la frontera hacia Francia a través de no se sabe qué artimañas. Adón, en cambio, se había quedado en el pueblo y pasado algún tiempo en una cárcel de Montforte de Lomos, convencido casi durante toda su vida de que, a pesar de que no fuese demasiado creyente, los muertos podían hablar. No pudo resistirse de decirle lo que pensaba a su antiguo compañero de lucha : ” ¡¡ Me cago en la madre que te parió!!”. Al oír la conversación, toda la sala  entera se destornillaba de risa.

Adón se había forjado en el pueblo reputación de hombre valiente, casi el único en ser capaz de plantarle  cara a la caciquil familia de Don Toñito y al inquisidor de Don Ricardo. Era una especie de héroe, con un nutrido periplo penitenciario y el cuerpo molido a palos en más de una ocasión. Claro está,  las revelaciones de Hipólito en el hostal, a oídos de todos, hicieron caer el “mito”.  El pobre Adón se convirtió en el hazme reír de todo el pueblo y pasó de ser ese héroe que había sido para muchos mineros, a convertirse en un hombre “acojonado” y “cagado por las patas abajo” ante un supuesto fantasma que ni siquiera era real.

Mi padre siempre contaba esa historia.  Nosotros nos reíamos al oírla. Al recordar aquello, solo puedo llegar a una conclusión en torno a la condición humana : que todo hombre, incluso el más  valiente del mundo, ( y  Adón era uno de ellos vive perseguido por la sombra de sus propios miedos.  Pero sobre todo, hoy, me doy cuenta de que, detrás de los dramas individuales y colectivos de la guerra y la posguerra, también había un  lado gracioso. Supongo que fueron esas anécdotas las que hicieron más llevaderos los duros años del franquismo. En efecto, nuestra historia política y social, es una auténtica tragicomedia.

 

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