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HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (IV) : ” LA BAILARINA DE TANGO”

tango

                                                                                                                   

Para Mireia Llinars 

 

El coordinador de  Seguridad de la línea 1 del metro de Barcelona fijaba la vista atentamente en la pantalla del ordenador, repasando una larga lista de nombres y apellidos.; la de sus hombres. Varios Vigilantes de Seguridad se apelotonaban a su alrededor al tiempo que permanecían a la espera de que su jefe les asigne ruta. Algo en común tenían y que no era solo su viril  uniformidad constituida de grueso jersey, pantalón de campaña marca atributos y botas militares. Si algún vínculo les unía  en aquellos instantes, era el temor de verse abocados a prestar servicio en un lugar de  mala reputación : la vieja e inutilizada cochera de la estación de Sagrera y que, según contaba la historia urbana de Barcelona, había servido de refugio anti-aéreo durante la Guerra Civil española.  Corrían sobre ella no pocas leyendas, que justamente por serlo, abundaban de exagerado contenido gótico.

El coordinador fue asignando funciones a los mozos, que respiraban con alivio al oír el puesto atribuido y su operativa.   Un último Vigilante de Seguridad había permanecido en una esquina de la sala y mientras se demoraba su destino. Intuyó que le caería la “china”  . Su jefe le miró y dijo :

_ Tú, Xicota, a Sagrera…

_ ¿ A la cochera? pidió precisión con asombro.

_Pues claro, a la estación fantasma…- contestó su superior en un tono burlón que desató  las risas  entre el resto de sus compañeros.

_ ¡Anda, Xicota, con un par de cojones, que tú sí que eres un machote!-hizo guasa uno de los vigilantes.

_ Este, te digo que esta noche se caga por las patas abajo- se sumó en burlas otro vigilante al que Xicota miró desafiante.

A pesar de que medía casi un metro ochenta, mostraba cara de matón y se machacaba el cuerpo en el gimnasio tres veces por semana,  Xicota  no se revelaba menos acobardado  que sus compañeros cuando oía hablar de las almas en pena,voces del más allá y seres demoníacos que, según parecía, formaban parte de las historias   sobre la cochera de Sagrera.   Prefirió ignorarlas y pensar que eran  meras fabulaciones imaginadas por quienes no sabían cómo paliar la aburrida  rutina operativa de cada noche de servicio.

Al llegar a Sagrera, el vigilante se dirigió hacia el famosa, solitaria y temida cochera. Era un lugar  de paredes ennegrecidas por el paso del tiempo, maloliente, casi en la penumbra y donde reinaba un silencio sepulcral. No había otra compañía que la de una multitud de clase de insectos y  una población de ratas asquerosas que se alimentaban de la podredumbre esparcidas por unos raíles inutilizados desde hacía siglos. La abandonada cochera se convertía a veces en el   espacio de reunión de grafiteros y expertos en gamberrismo contra los bienes públicos y a los que el servicio de seguridad debía impedir la permanencia allí.

Xicota se sentó en un banco viejo y carcomido, desde donde debía ejercer la vigilancia y avisar al centro de control de la presencia de intrusos.   Eran horas muertas sin nada que hacer y durante las cuales la única distracción la constituían el teléfono móvil y los intercambios conversacionales entre el resto de los vigilantes a través del walking. Entre pitillo y pitillo, ronda y ronda de punta a punta del andén, pasaron las horas. Habían llegado las tres  de la madrugada y el vigilante lamentó  “todavía tener para rato” hasta el final del servicio. Se volvió a sentar  en el banco y apoyó la espalda contra una fría pared. Después de que su nuca fuese cediendo, su mentón chocó contra el torax, perdiendo  la batalla  contra el sueño.

Transcurridos unos minutos,  una masa de gritos y llantos penetraron en sus oídos, al tiempo que su cuerpo sintió  zumbidos que daban la impresión de ser  bombas. Parecía que la tierra se iba a resquebrajar bajo sus pies. Gritos de desesperación y llantos seguían golpeando sus tímpanos y sin conseguir saber de dónde procedían. De repente, sintió  una presencia a su lado y al girar la cabeza, experimentó un espantoso escalofrío que erizó  el vello de sus poderosos brazos. La mirada de Xicota desprendió una profunda sensación de terror ante la imagen de una mujer con un peinado de los años 30 y que lucía un vestido negro de noche y zapatos de hebilla que tampoco parecían  ser del presente.

_ ¿ Quién es usted?- consiguió pronunciar  con la voz quebrada y al tiempo que su rostro se volvía complemente pálido.

_ Alguien entre muchos otros- le contestó ella con pena y la mirada en el vacío.

— ¿ Qué hace usted aquí?- volvió a preguntarle, invadido por la duda de si lo que estaba viendo era real o el simple producto de su imaginación. Asustado, hizo ademán de levantarse.

_ Quédate sentado a mi lado- le requirió ella reteniéndole  por el codo.

Sí, su mano era real y suave. Xicota se fijó que la chica  llevaba una fina pulsera de oro en la muñeca. Aceptó permanecer a su lado. No quería enojar al fantasma que acababa de aparecer ante él. Pese a todo, esa mujer venida de ultratumba le resultó tremendamente atractiva. Tenía ojos marrones, cabello negro, tez pálida y unos labios rosados que a Xicota se le antojaban muy sensuales. Sus pechos eran bonitos, aunque no muy grandes, su cintura fina y sus piernas alargadas como las de un cisne.

Se produjo un silencio  que la chica rompió unos instantes después.

_ Supongo que detestas este lugar solitario, a mi, en cambio, me encanta…- la chica de los ojos marrones, labios sensuales y piernas de cisne miró a su alrededor como si estuviese recordando-¿ Sabes?- prosiguió- Yo agradezco  este silencio y celebro  no tener que oír  esos llantos y gritos de desesperación y aquellos suspiros repletos de pena y de miedo. ¿ Tú también los oíste, verdad?- añadió intentando cogerle la mano. Xicota se la  retiró asustado.

_ Sí…- contestó el vigilante con un hilo de voz.

_Fue hace mucho tiempo, casi una eternidad. Era en 1939, durante una tarde soleada. Aquel sol era como una luciérnaga, una pequeña luz brillando en la  inmensa oscuridad de nuestra desgracia. Esos rayos de sol deshielaban nuestros corazones endurecidos por el odio y la maldad. Hacía un día agradable, de esos que pensábamos que jamás volverían a existir. De repente, oímos el sonido de las sirenas y la presencia de la aviación italiana en el cielo. Hacía tiempo que nos habíamos acostumbrados al ruido terrorífico que desprendían esos pájaros de hierro. Oímos las primeras bombas que se deslizaban en el vacío, feroces y sin piedad. Empezamos a correr de un lado para el otro, sin control ni rumbo. Qué extraño, solo conseguimos comprender el valor de nuestras vidas cuando estamos a punto de que nos las quiten.

Xicota se quedó extasiado ante aquella mujer de voz dulce y melodiosa. Una vez superados los primeros momentos del  indescriptible terror que había sentido al ver a ese ser salido de la nada,  sintió   la necesidad de hablarle. No comprendía por qué razón,aquella joven de la que no sabía si era real o no, ejercía en él tan irresistible magnetismo.

_ ¿ Y qué ocurrió?- se atrevió a preguntarle el vigilante.

_ Buscamos uno de los refugios anti-aéreos, el mismo en el que estamos ahora. En pocos minutos, en este  andén, había una multitud de gente: niños de inocencia usurpada, mujeres solitarias, ancianos que sabían que jamás morirían en paz- la chica cerró los ojos-  Muertos de miedo,con los oídos torturados por esas bombas y  la mirada desorbitada, terminamos abrazándonos los unos a los otros y sin ni siquiera conocernos de nada. Así era la vida, nos agarrábamos a lo que teníamos y a los que podíamos cuando nos envolvía el desamparo. Solo queríamos que esos aviones se fuesen para no volver  nunca más.- la joven suspiró con pesar- pero en el fondo de nuestro corazón habíamos perdido la esperanza de que  así  fuese.

_ ¿ Qué pasó después?- aumentaba la curiosidad de Xicota.

La chica hizo un gesto de amargura y se quedó pensativa como si estuviese rebuscando en su memoria.

_ Una vez con la certeza de que los bombardeos habían terminado, salimos en hilera de aquí- dijo recorriendo la estación con la mirada- Las calles estaban repletas de llamas de fuego, columnas de humo y polvo.  Conseguimos abrirnos camino entre toda esa grisalla que nos cegaba.  En nuestro andar torpe, apenas si nos dábamos cuenta  que estábamos tropezando con una multitud de cadáveres. Recuerdo que pisé a un animal muerto, un precioso gato blanco con manchas negras. Llevábamos tiempo percatándonos  de que los italianos no tendrían piedad ni con el más mínimo vestigio de vida que encontrasen en su camino.

La chica apoyó la nuca contra la pared y cerró de nuevo los ojos. Xicota miraba su brazo recaído sobre el banco de mármol. Acercó el dedo meñique a la pulsera de la joven como si quisiese comprobar que lo que estaba viendo era real. Ella sonrió todavía con los ojos cerrados.

_ Supongo que quieres saber qué acabó siendo de mi- prosiguió tras girar la cabeza y brindarle una mirada triste.

_ Claro…- asintió él.

Después de unos segundos inmersa en el mutismo, dijo :

_Una semana después, entraron los “Nacionales” en Barcelona. Nunca olvidaré esa fecha : 25 de enero de 1939. En los días siguientes fui arrestada, sometida a un tribunal militar y condenada a la pena capital. No había cometido otro delito que el de haber sido capaz de pensar por mi misma y alzar una muralla alrededor de mi mente y espíritu, una fortaleza que me protegiese de las mentiras de todos ellos. No me dejaron despedirme de los míos. Cuando me encontré delante del pelotón de fusilamiento, sin embargo, me sentí aliviada. Creo que la muerte es el mejor sendero hacia la libertad, sobre todo cuando comprendes que tu vida va a ser una cárcel.

_¿ Cómo te llamas?- quiso saber Xicota al tiempo que la observaba en una mezcla de deslumbramiento y ganas de huir de allí.

Ella le sonrió y pensó su respuesta durante unos segundos.

_ Tengo un millón de nombres, los de aquellos que ya no están entre nosotros…

Los llantos y los gritos volvían a pasar por la mente de la chica.

_ ¿ Los oyes?- le preguntó mirando al vigilante.

Sí, Xicota los oía, pero quería salir de dudas y dijo :

_¿ Quién eres en realidad, un fantasma, entonces es verdad  eso de que estáis aquí?

La chica suspiró. Sus pupilas estaban humedecidas por la nostalgia.

_ Le haces demasiado caso a tus compañeros- ironizó con gesto burlón- Los fantasmas solo existen en nuestra mente y establecen  su morada en ella  cuando se abren las compuertas de nuestros miedos y dudas ante lo desconocido.

Xicota seguía oyendo aquellos llantos y gritos.

_ ¿Adónde están ellos ?- preguntó vacilante.

_ En las mazmorras del olvido. Cuando vuelvas aquí y les tornes a oír, has de saber que no vienen a atemorizarte. Esos llantos solo son lágrimas ante la injusticia y los gritos  voces contra la amnesia.

Mientras ella hablaba, Xicota fijó la vista en sus finas y largas piernas, deslizando después las pupilas hasta  sus tobillos. Imaginó unos bonitos pies debajo de sus zapatos de hebilla. La chica notó que la observaba.

_ ¿ Te gustan mis piernas?- le preguntó con picardía.

El vigilante se mostró incómodo por el  atrevimiento al que se había prestado.

_¿ Sabes? Era bailarina…- añadió  risueña.

_ ¿Bailarina? – se sorprendió él con el ceño fruncido.

_ Sí, bailarina de tango…- le contestó orgullosa- Bailaba en un cabaret situado en la Avenida Francesc Layret

Xicota le miró a los ojos sin pedir precisiones, dado que algo sabía de ese arte venido de otros tiempos, pero en cambio nunca había oído hablar de dicha calle. Hizo un gesto de duda.

_ ¿Francesc Layret?

_ Sí, era así como se hacía llamar la Avenida del Paralelo durante la República. Yo era la reina de aquel cabaret, el Cabaret Cala- explicó con nostalgia- Todos decían que era un lugar frecuentado por putas, maricones y gentes de mala de vida…Yo solo sé   que era feliz en ese lugar- terminó sonriendo.

_ Tango…- dijo él por lo bajo.

_ ¿ Quieres que te enseñé a bailarlo? le sugirió al intuir en el vigilante una cierta curiosidad.

Xicota hizo un gesto afirmativo con la frente. Ella se levantó y cogiéndole por la mano, le llevó al centro del andén. Una vez uno enfrente del otro, se miraron fijamente a los ojos y tras una ancha sonrisa con sus brillantes labios, la chica puso una  mano en el omoplato del vigilante y con la otra  le cogió el brazo, cruzándose sus dedos en alto. Ella inicio los primeros pasos tras meter su rodilla entre las piernas del mozo. Un paso adelante y otro hacía atrás, y  otro hacía un lado. Movían las caderas de izquierda a derecha y derecha a izquierda y hacían rápidos movimientos con   los pies. Con sus brazos pegados el uno al otro y tendidos rectos hacia adelante, unían sus manos entrecruzando los dedos. Sus mejillas estaban también pegadas la una a la otra, al tiempo que miraban al frente.

La joven cantaba la letra de un viejo y dramático tema de Carlos Gardel, mientras el sonido de un acordeón imaginario penetraba en sus tímpanos y hacía vibrar de emoción sus cuerpos.

 Adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno
Son las mismas que alumbraron
Con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor
La vieja calle donde el eco dijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer
Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia hoy me ven volver

Volver con la frente marchita…

_ Qué canción más bonita…- le susurró  Xicota al oído.

Ella sonrió y cerró los ojos.

_ ” Volver”… Es mi tango preferido- le contestó la bailarina antes de repetir la letra y al tiempo que aumentaba la emoción de Xicota. -Me gusta porque habla del sufrimiento del alma ante un destino cruel e inmerecido.

Habían cogido ritmo y continuaron bailando  durante un buen rato. Xicota se dejaba guiar, siguiendo los pasos que su compañera marcaba y  tras  superar la torpeza de los primeros momentos. Aquella  letra a rebosar de dolor y el propio  sonido melancólico del acordeón les arrastraban como una ola.  Xicota experimentaba una extraña sensación ante la electrizante suavidad que desprendía la piel de la joven. Era como si el lado siniestro e inhóspito de esa cochera hubiese desaparecido de repente, convirtiéndose en un lugar mágico.

Sin querer, Xicota tropezó con uno de los cordones desatados de sus botas militares. La pareja perdió el equilibrio y cayeron el uno sobre el otro en el suelo, estallando enseguida en carcajadas.  Sus miradas se habían fusionado. Sentían sus respectivos alientos y respiraciones a medida que se iban acercando sus labios. Cerraron los ojos y se besaron. Xicota gozó del sabor a miel de la joven, al tiempo que le acariciaban las hondas de su suave y perfumado cabello. El vigilante volvió a mirar los ojos marrones de su maestra de baile. Ella  le regaló una sonrisa acariciarle también la mejilla.

De repente, algo sobresaltó al vigilante, el  maldito walking.

_ ¡ Centro de Control para V5 en operativa de la cochera de Sagrera!- Emanó una masculina y autoritaria voz del aparato-¿ V5, me recibe?-insistió el operador en tono malhumorado.

Xicota estaba sentado en el banco de mármol. Miró a su lado y no había nadie. La chica con sabor a miel había desaparecido. El Vigilante de Seguridad concluyó que había caído en un profundo sueño, producto de interminables horas de servicio durante varios días seguidos. «¡ Mierda, me he quedado sobado!», pensó. Esperaba que nadie se hubiese dado cuenta, porque menuda sanción le caería si el coordinador venía a saber que se había pasado durmiendo  durante todo el servicio. Se apresuró en responder después de retirar de forma atropellada el aparato de la funda que colgaba de su cinturón.

_ ¡V5 para Centro de Control, adelante!- dijo en tono castrense y disimulando su somnolencia.

_ ¿ Todo bien, V5? Te recuerdo que debes transmitir novedades cada media hora. No lo has hecho una sola vez a lo largo de toda la noche.- le amonestó el operador.

_ El walking parece tener muy mala recepción y por lo visto, el móvil se ha quedado sin cubertura.- se justificó Xicota acariciándose su nuca afeitada al estilo militar.

_No pasa nada,compañero…- se apaciguó el operador- estando metido en ese zulo, no me extraña que se pierda la comunicación.

Xicota se sintió aliviado al comprobar que había disipado dudas en su compañero. Sin embargo, lo que sí le sorprendía, era el extraño sueño que acababa de experimentar. En ese mismo instante, miró al suelo y percibió una pulsera de oro.  La misma que portaba en la muñeca aquella muchacha que decía ser bailarina de tango. No, no había sido un sueño, al menos eso creía. Oyó de nuevo al operador.

_ ¡Centro de Control para V5!

_¡Adelante!- contestó Xicota sin conseguir apartar de su mente a aquella muchacha de ojos marrones  venida de otro tiempo.

_ Se cierra operativa en la cochera de Sagrera- ordenó el operador- Retorna a la base para finalización de servicio.

_ ¡O.K. recibido!

Xicota colgó su mochila a la espalda y se aprestó a abandonar la cochera. Antes de irse, dirigió la mirada hacia el banco de mármol y  después al suelo, donde seguía la pulsera de oro. Decidió dejarla allí, no fuese a ser que aquella bailarina de tango con sabor a miel la echase a faltar y desease recuperarla. Volvió a recordar sus preciosas y finas piernas de cisne y sus zapatos de hebilla. Siempre terminamos amando a seres irreales.  Sonrió y se fue con  recuerdo de ella en la mente.

Nunca  sabemos muy bien  dónde se trazan las fronteras entre la realidad y el sueño; entre lo terrenal y lo fantasmal; entre la vida y la muerte; entre el pasado y el presente. Sea como sea, siempre hay una extraña fuerza que nos interpela contra la desmemoria para con los ausentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (II) : TURRÓN EN EL ARMARIO

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En mi casa, en Noche Buena, los que quince comensales que somos habitualmente, solemos hablar de muchas cosas, la mayoría sin importancia, pero graciosas. La política y el trabajo están prohibidos como tema de conversación: orden de mi madre, que ejerce de matriarca del clan. Sin embargo, siempre surge por una razón u otra. Solo que esta vez no hay discusiones, porque tenemos todos la misma mirada sobre la Memoria Histórica. Cuando brindamos con cava, mis hermanos siempre sueltan la misma exclamación : ” ¡ Viva la República!”. Y entonces se fastidió y nos vemos incapaces de cumplir las ordenes de mi madre. No, no entramos en disertaciones sobre la Guerra Civil y sus causas, ni sobre el franquismo (aunque se cuele algún exabrupto contra la derecha española, lo reaccionaria y retrograda que es y el mucho daño que le ha hecho y sigue haciendo a este país).Lo que surgen en la conversación son sobre todo memorias individuales de aquel trágico episodio. La principal, la de María, una pariente.  Como preámbulo, María acostumbra a hacer siempre el mismo comentario : ” ¡Uff, cuanta comida! Cuando pienso que, cuando era niña, no teníamos nada por Navidad, ni siquiera una tira de turrón.” ¡Y zaaasss! Me gusta escuchar las historias que cuenta María sobre los años de la posguerra y en especial, sobre su infancia y adolescencia, la misma que nunca tuvo.

María es de Toledo y con 12 años, se trasladó a trabajar a Madrid como “chica de servir” o mejor dicho, como esclava, que eso  es lo que eran en los 40 las empleadas de hogar. Entró en una casa de gente adinerada, que había hecho fortuna gracias al negocio del extraperlo  durante la guerra y la inmediata posguerra. Por lo  visto, los “señores” eran muy católicos, apostólicos y romanos, pero debían saltarse alguna pagina del Evangelio, dado que no tenían  empacho en jugar con la usura. En suma, formaban parte de esa casta de oportunistas que sacaban provecho del dolor y la miseria colectiva y que, por pura lógica, siempre exaltaron las virtudes del Caudillo, puesto que era gracias a él que se habían hecho de oro. Nuestra pariente guarda un recuerdo terrible de aquella casa y todavía es hoy el día en el que, con  más 80 años de edad,  no deja de emocionarse y entristecerse cuando cuenta su periplo. Pero sobre todo, cuando hace mención a un detalle: su obligación  de  servir el día de Noche Buena. Siempre evoca a sus padres, que vivían en el pueblo, y lo mucho que les añoraba en esa fecha tan señalada.

Sin embargo, hay algo  mucho más importante en esa adolescencia “robada” que fue la de María. El recuerdo de la mesa de vajilla y cristalería lujosa de los “señores” y los manjares y vinos caros que se ponían. Todo, mientras ella y sus otras compañeras que servían en esa casa (que eran niñas también), se morían prácticamente de hambre. Eso sí, esperaban que aquellos “feudales” se fuesen a dormir con el estomago lleno  y la mente embriagada, para poder “picar” algunas porciones de turrón.Pero nada. La “Señora”, que rezaba todos los días, también parecía olvidarse de uno de los principales preceptos  de la Fe Cristiana : la caridad. Antes de irse a dormir, se aseguraba de guardar las bandejitas con turrón en un aparador cerrado con llave, de esos que había por aquel entonces, con vitrina.

Las niñas-esclavas no iban a tener oportunidad de oler otra aroma que el que desprendía el betún limpia botas del “Señor”. Dos de la madrugada, agotadas y con ganas de acostarse, las niñas veían cómo la “Señora” les lanzaba casi a la cara los tres o cuatro pares de botas y zapatos de su marido. La orden era clara: ” El señor las quiere limpias para mañana por la mañana a primera hora”. Con cepillo en mano, se ponían a lustrar el calzado, al tiempo que miraban de reojo la vitrina del aparador, con la esperanza de que, en un acto de mea culpa y de temor al purgatorio, la “Señora” repartiese alguna tira de turrón entre la servidumbre. Pero la expectativa no se cumplía. La “Señora” debía decirse que, siendo las niñas pobres, seguro que eran hijas de “Rojos” y que, ante tan diabólicas criaturas, cualquier buen cristiano debía hacer gala de firmeza y sin piedad.

A pesar de todo, María suele acabar su historia añadiendo un toque de humor a aquellos recuerdos tristes que siempre envuelven  su mente durante la cena de Noche Buena. Ella y sus compañeras empezaron a olor las botas y los zapatos del “Señor”.Se pasaban los calzados las unas a las otras .Apestaban a pies sucios. Y entonces terminaron riéndose y preguntándose cómo un caballero  exteriormente tan pulcro y estirado , podía tener un olor de pies tan espantoso, como para tumbar a todo un ejercito.” ¡Metíamos las narices dentro y parecía que nos íbamos a desmayar!” , cuenta hoy María, ahogada en carcajadas.“Del asco que nos daba, nos lanzamos los zapatos y las botas las unas a las otras. Me acuerdo que nos reímos mucho”.

Aquella noche, en la que la melancolía y la nostalgia habían dominado a la joven María por la ausencia de los suyos, tuvo una pequeña dosis de felicidad. Su marido, Eusebio, ( que tiene más o menos su edad), siempre le reprocha que saqué a colación malos recuerdos :él prefiere olvidar aquellos  años tan duros. Creo que se equivoca, porque pienso que no hay justifica sin memoria. De la misma manera que considero que no hay tragedia sin comedia, ni sombras sin luces.

Yo siempre escucho a María con interés e incluso la provoco para que cuente anécdotas de la posguerra, todavía sabiendo que muchos de sus recuerdos le resultan dolorosos.  Supongo que lo hago por cierto egoísmo intelectual. Al escuchar esa historia sobre el turrón encerrado en el armario a resguardo de las criadas y  ese calzado apestoso del “Señor” con el que eran humilladas hasta última hora, no puedo otra cosa que llegar siempre a la misma conclusión : que la mugre que vemos y olemos, la exterior, no es la que de verdad debe preocuparnos.  La suciedad y podredumbre  que ha de indignarnos, son las que destilan las conductas humanas y sobre todo, las que impregnan la mente y el corazón  de las malas personas. Hoy, María puede comer turrón a su antojo, pero siempre lo hace con delicadeza y saboreándolo. Creo que le gusta apreciar aquello que, en otros tiempos, anhelaba y estaba fuera de su alcance.   Felices Navidades a todos. Y por cierto : ¡ Viva la República!

 

 

 

 

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ANAMARÍA TRILLO : ” QUERÍA VER HASTA QUÉ PUNTO SE PUEDE REPARAR EL ALMA HUMANA TRAS UN DESASTRE DEMENCIAL”

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Fotografía Click&Play

Periodista y editora, Anamaría Trillo está entre los nuevos autores y autoras que  han ido surgiendo bajo la identidad de lo que se ha venido a conocer como Generación Subway. Una corriente literaria y poética que ha girado alrededor del sello  Playa de Ákaba y bajo el impulso del novelista Lorenzo Silva y la poetisa Noemi TrujilloAnamaría Trillo  escribe desde que era muy joven y ahora acaba  de dar el gran salto con su primera novela, ” Amaneció de nuevo Madrid” ( Playa de Ákaba,2015). Una obra que ya está en su segunda edición, pero sobretodo, un magnifico regalo literario y un alegato contra la desmemoria. Obra inserta en la más exquisita tradición realista, “Amaneció de nuevo Madrid” es un homenaje a los “vencidos”, una reflexión sobre la adolescencia robada, pero también una oda a la esperanza incluso en las peores circunstancias. A lo largo de esta entrevista, conversamos sobre esta nueva  e importante aportación a la tradición narrativa sobre la guerra y la posguerra española.

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Tu periplo ha sido hasta ahora como editora y lectora. Ahora estás al otro lado de la barrera en condición de escritora. Supongo que la percepción de las cosas no es la misma de un lado como del otro. ¿Qué es lo que separaba a esas dos almas?

Puede parecer que la faceta de editora puede ayudarte como escritora a la hora de saber qué puede funcionar y qué no, qué es bueno o qué no lo es, pero en realidad no es así. Te ayuda a tener cierto criterio sobre lo que quieres escribir, te ayuda a la hora de tener un poco más de visión sobre lo que hacen los demás, pero ningún editor tiene una bola de cristal como para saber qué libro tendrá éxito y cuál no. Cuando estoy en mi papel de editora, intento olvidarme de que yo también escribo, para no juzgar las obras de otros autores como si fueran mías, busco algo de objetividad y pongo a trabajar a la lectora, no a la escritora. Lectora, editora y escritora son tres formas de enfrentarse a un texto que son diferentes, a veces pueden complementarse y otras no. En cualquier caso, las tres forman parte de mí, aunque lo cierto es que leo desde niña, escribo desde niña y soy editora como adulta. Quizás las dos primeras están más presentes en mí, o al menos de una manera más “natural”.

Coincidiendo con el aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, han ido proliferando bastantes novelas sobre este periodo histórico y al mismo tiempo retomando fuerza la narrativa sobre la guerra y la posguerra en España.  ¿Se puede decir que se está rompiendo con los recientes años de silencio narrativo sobre esta etapa de nuestra historia?

Hay mucha gente que opina que hay demasiadas obras sobre la guerra civil española, pero yo no estoy de acuerdo. En otros países se ha tratado el tema de la guerra y la memoria de manera más profunda, y creo que en España aún tenemos mucho que hacer para llegar a ese nivel. Sí se está rompiendo ese silencio, pero debe romperse aún más y no confundir silencio con olvido o perdón. Me parece que en España, quizás por culpa de un sistema educativo deficitario, no se estudia suficientemente nuestra historia, y lo que es más grave, nuestra historia más reciente.

Hablando de enseñanza, todos conocemos la fama de “maría” que solía tener y sigue teniendo la historia. ¿La literatura  es una forma más amable de conocimiento del pasado, más asimilable, vehicula mejor la construcción de la memoria colectiva?

Es una pena que la asignatura de historia no tenga el lugar que merece en nuestro sistema educativo, y así nos va. Hay generaciones enteras que desconocen hasta los datos más básicos de nuestra historia: lamentable. Yo la recuerdo de manera dispar, hubo profesores soporíferos, pero también hubo quienes me contagiaron su pasión.

Podemos hacer la misma valoración respecto de la literatura. Creo que no se estudia ni suficiente ni en la dirección adecuada. En cuanto a vehículo de memoria colectiva, efectivamente, creo que la literatura ayuda a aprender sobre nuestra propia historia de manera más amena, aunque también tenemos que aceptar que de manera más subjetiva.

Lo ideal sería poder combinar ambas. Entiendo la utilidad de las asignaturas de ciencias, no discuto que son muy necesarias, ahora bien, también creo que las humanidades deberían tener su justo valor. Para que los ciudadanos de verdad puedan ser libres tienen que leer, aprender a forjarse sus propias opiniones: estudiar historia, filosofía, sociología, literatura… Es increíble que muchos jóvenes no sepan por qué tenemos una monarquía y no una república, por qué Gibraltar no es español, qué responsabilidad tenemos en los refugiados saharauis, etc. Presumimos de libertad, pero tenemos la libertad que nos da el dinero.

Si me permites el inciso y contrastándolo con el profundo realismo de tu novela, no te parece que series televisivas de éxito como, por ejemplo, “ Amar en tiempos revueltos” o “Velvet”,  han tendido a caer en la más escandalosa frivolización de un periodo histórico muy doloroso para la sociedad española y que, para colmos, relativiza la envergadura del franquismo? 

Estoy completamente de acuerdo. En las pocas ocasiones en las que he visto alguna de estas series he acabado enfadada y quitando la televisión. Se ha frivolizado absolutamente un tiempo que fue terrible. En los 40 y 50, los españoles y las españolas no eran como nos quieren hacer ver. Son meros folletines donde priman las historias de amor, pero no se profundiza en absoluto en la realidad. Mucha gente me pregunta por qué escribo de manera tan realista y la verdad es que me gusta ser muy precisa, con obsesión casi de cronista, porque creo que en la vida real están las mejores historias, los mejores giros argumentales, los personajes más creíbles. Quizás resulto pretenciosa al decirlo, pero si estas series folletinescas han gustado al público, no se imaginan los productores lo interesante que resultaría una serie de la vida de Margarita en Madrid. Estoy convencida de ello.

Supongo que, al igual que muchas escritoras y escritores que han abordado este periodo histórico, te habrás imbuido de toda la literatura sobre la guerra y la posguerra, sobre todo de las obras más clásicas y emblemáticas que proliferaron desde la generación del 50 hasta la producción de los 80 y 90. ¿Cuáles han sido tus influencias literarias, qué autores te marcaron más?

Pues en realidad mi influencia literaria viene de bastante más atrás, en Amaneció de nuevo Madrid he tratado de emular, humildemente, al gran Benito Pérez Galdós. He querido beber de su realismo. He leído mucho sobre la guerra y la posguerra, sí, pero no ficción, y lo he hecho así precisamente para no verme influenciada sobre lo que escriben los demás.

¿Por qué Madrid como contexto narrativo?

Madrid es una ciudad maravillosa. Me encanta pasear por ella y tiene una historia apasionante. Sé que muchos escritores buscan evadirse de su realidad buscando lugares lejanos, países ajenos o lugares exóticos, pero yo quería escribir de lo que conozco, de lo que puedo ir a ver en cualquier momento, de lo que me trae recuerdos…

El título “Amaneció de nuevo Madrid” es muy sugerente y enseguida se da uno cuenta de que en tu espíritu debió de estar esa tenebrosa posguerra que vivió la capital. Supongo, por otra parte, que eso te debió de exigir mucha investigación. ¿Cómo trabajaste para preparar los materiales para tu novela?

Pues leyendo lo más posible sobre nuestra historia, consultando a los que saben, escuchando a quien te quiere contar cosas… la documentación ha sido apasionante. Hay mucha gente aficionada a la historia de Madrid con webs, blogs, etc. Me he empapado de los libros de algunos cronistas oficiales de la Villa, como Pedro Montoliú o Ángel del Río, y también, como periodista, he buceado por la hemeroteca de diarios como el ABC.  Como digo, un trabajo apasionante.

Aunque tu historia es puramente ficcional, te he escuchado decir que el periplo de tu protagonista, Margarita, hunde sus raíces en la experiencia de algunas mujeres de tu familia. Supongo que tus sensaciones no debieron de ser exactamente las mismas al indagar en las hemerotecas   o al  escuchar las “historias orales” de personas de carne y hueso que además te son personalmente próximas. ¿Al ponerte a escribir, cómo  enfrentaste el reto  de  gestionar el equilibrio entre la objetividad del dato y la subjetividad de la experiencia humana? 

Creo que ahí se nota que tengo dos perfiles: periodista y escritora, y una forma de ser: curiosa y con ganas de aprender. Como periodista me he enfrentado a los datos de manera aséptica —al menos en esta novela—, he querido retratar un Madrid lo más fiel a la realidad posible, teniendo en cuenta que por mi edad no he podido conocerlo en los años 40. Ha sido un proceso de documentación laborioso pero apasionante. Como escritora, esos datos fríos es como si los hubiera cocinado, templado y aderezado, pero eso sí, con sumo cuidado para no perder verosimilitud. El aderezo son recuerdos, cosas que me han contado, anécdotas que he leído… para escribir, leer lo es todo en realidad y escribir esta historia me ha supuesto leer mucho. No te imaginas la pila de libros que tengo para leer ahora que estoy con mi segunda novela.

Margarita es una adolescente de 14 años, casi una niña. ¿Por qué eliges esa etapa vital y no, a mujeres  adultas como protagonistas y sobre las que sin duda también hay mucho que contar respecto a ese periódico histórico?

Quería mostrar la invisibilidad de la mujer, y esta comienza desde niña. También quería que quienes no lo han vivido o a quienes no les han contado cómo era España en aquella época vieran cómo era la infancia, cómo se trataba a la mujer, cuánto han cambiado las cosas y también que hay que seguir luchando para que cambien aún más. Las mujeres adultas son personajes muy interesantes, pero la inocencia que tiene Margarita es un elemento esencial en esta historia. Los hombres ganaron o perdieron una guerra, pero creo que todas las mujeres perdieron la guerra.

Supongo que el hecho de que tu protagonista sea una mujer, debió de ser una elección personal y no sé si deliberadamente comprometida. Te lo digo porque, más allá de los debates bien conocidos que dominan a la crítica y teoría literaria feminista, es una evidencia que existe una “historia silenciada”, una invisibilidad “literaria” de la experiencia de las mujeres en aquellos tenebrosos años del primer franquismo. 

La elección del personaje femenino vino “impuesta” por la idea en la que se basa la historia: una niña que entra a servir en la ciudad y debe dejar su hogar y familia. En cualquier caso, el tono de la novela es de denuncia de esa invisibilidad. Es cierto que el papel de la mujer durante la guerra y la posguerra ha sido absolutamente silenciado, durante la guerra lucharon valientemente y durante la posguerra sacaron adelante a sus familias cuando no había casi con qué. Hay que tener en cuenta el papel que cobró la mujer durante el franquismo, el adoctrinamiento de la Sección Femenina, su anulación absoluta frente al hombre, la humillación de arrebatarle sus derechos. A veces me pregunto cómo una sociedad puede tratar tan mal a las mujeres que le han dado la vida.

La adolescencia “truncada” o “robada” es un tema recurrente en buena parte de la tradición narrativa sobre la guerra y la posguerra. ¿Aunque te pueda parecer una especulación filosófica, te preguntaría si, efectivamente, piensas también que los acontecimientos y las circunstancias, como le ocurre a Margarita, tienden siempre a robarnos alguna etapa de nuestra vida?

En la novela lo expreso así y estoy convencida de ello: una guerra civil es lo peor que le puede pasar a una sociedad. Nuestra guerra civil es como una brecha en el siglo XX, una ruptura brutal en el progreso que podríamos decir normal de nuestra sociedad. No hablamos de ejércitos ni campos de batalla, al estilo de las campañas del siglo anterior, hablamos de personas que fueron arrolladas por una sublevación, por un golpe de estado que sembró el odio, y odio es lo que recogió. ¿Qué se puede esperar de las personas que sufrieron algo así? La vida se quiebra a su vez, es imposible olvidar, en muchos casos, es imposible perdonar. La juventud robada es un elemento común en todas las guerras, y sin embargo la historia recuerda a los adultos que no actuaron como tales, sino que sentados en sus despachos jugaron a odiarse, incapaces de detener la barbarie.

También hay muchos personajes secundarios, pero que, paradójicamente, tienen un enorme magnetismo y sus vidas cotidianas  se revelan como un valioso testimonio sobre una época condicionada por un bien determinado ambiente ideológico, político y social. ¿Pretendías quizás buscar vías narrativas alternativas a las de la novela histórica pura y dura, siempre centrada en los grandes personajes y acontecimientos, incidiendo en cambio mucho más  en la memoria de los “ de abajo”?

La verdad es que no veía ningún atractivo en contar esta historia a través de personajes conocidos; es cierto que esta novela no es una novela histórica pura y dura, pero no quería ensalzar ni vapulear a nadie, ni siquiera entrar a valorar lo que dicen los biógrafos de uno u otro bando. Quería contar historias con minúsculas, mucho más interesantes, por otra parte. Jugué a un paseo imaginario por el Madrid de la posguerra, y quise contar lo que vería en ese paseo. Madrid en esa época no eran las parafernalias franquistas, ni los desfiles de la Victoria; Madrid eran los madrileños día a día, la lucha por sobrevivir, por encontrar qué comer, por vencer a la miseria y a la enfermedad, y, sin embargo, la gente se enamoraba, amaba a sus hijos, se inventaban canciones, chistes, la gente bailaba en las verbenas… quería ver hasta qué punto se puede reparar el alma humana tras un desastre demencial, y eso había que hacerlo buscando almas diferentes entre la gente corriente.

También hay cuestiones como el amor o el matrimonio y en el que ilustras los roles tradicionales de las mujeres y el encorsetamiento de las relaciones entre los géneros en esa  España “integrista” del nacional-catolicismo. Hay algunos escritores y cineastas sobre esta época que, a veces, con el único objetivo de jugar con el morbo del lector o espectador, extrapolan rituales amorosos de nuestro tiempo,  distorsionando el contexto histórico y las mentalidades y valores culturales y morales que le estaban asociados. Tú, en cambio, eres de un exquisito realismo. ¿Explícame una cosa, cómo se pone una escritora actual y moderna en la piel de una mujer española de los años 40?

Es verdad, muchas veces nos encontramos películas o novelas en las que algo “cojea”, a mí esas cosas me chirrían, pero existen, y es que se trata a los personajes como si fueran personas de nuestro siglo, tienen reacciones o pasiones que no son propias de su época. Creo que esa labor es fundamental a la hora de crear una ficción, y  por ejemplo metiendo un desnudo a destiempo o una escena de sexo apasionado estropeamos todo el trabajo previo. En los 40 no se amaba como ahora, recordemos que ni siquiera los esposos se veían desnudos. Todo era pecado, el sexo era un vehículo para la reproducción, la familia católica era la base de la sociedad y la moral estaba por encima de cualquier otra cuestión. Había hipocresías para todos los gustos, es verdad, pero ese “integrismo”, como dices, marcaba absolutamente a la sociedad.

Yo aún iría más allá en la pregunta y es cómo una mujer del siglo XXI puede ponerse en la piel de mujeres y hombres de los años 40. Creo que he recreado bien a todos los personajes, tanto masculinos como femeninos. Tengo el defecto de meterme mucho, quizá demasiado, en la historia y los personajes. Hay autores que se olvidan de que ellos no son sus personajes; yo no soy ninguno de mis personajes, ellos tienen vida propia aunque sólo sea dentro de mi cabeza y como tal cada uno decide, piensa y actúa en consecuencia. Es un trabajo fascinante, por eso creo que me gusta tanto escribir. Vives otras vidas, experimentas sentimientos que nunca tendrías… es maravilloso. Por ejemplo, jamás se me ocurriría matar a otra persona, pero puedo imaginar cómo sería y qué implicaciones tendría.

En “Amaneció de nuevo Madrid” describes muchas situaciones, sobretodo la de los “vencidos” en las que domina  la pobreza, el hambre, las heridas personales, la soledad, las injusticias y la desmoralización. Sin embargo, a diferencia de otras novelas inspiradas en esta época, casi siempre muy tremendistas y pesimistas, en tu obra hay un “rayo de sol” narrativo, un toque de optimismo y la prueba está en que el final no alberga esa parte dramática y desconcertante que han caracterizado a otras obras. ¿Consideraste quizás que era necesario serenar la mirada sobre un pasado político, social e histórico tan complicado y casi siempre sujeto a condicionamientos ideológicos y percepciones maniqueas?

 Yo tengo, como todo el mundo, mis propias opiniones, mi ideología, pero no quería que la novela fuera una muestra pública de ello. ¿A quién le iba a interesar? Mi opinión, en cierto sentido, no era lo importante. Si después de leer la novela, alguien tiene curiosidad por saber mi opinión sobre ciertas cosas, nos tomamos un café y se lo cuento.

He hablado más de los vencidos porque procedo de aquellos que fueron vencidos, qué duda cabe de que eso me ha influenciado al igual que el hecho de que considero que el 18 de julio de 1936 es una abominación, pero ¿qué ganaba con mostrarlo a las claras en una novela absolutamente inventada? Nada. Efectivamente, me serené y busqué hacer un retrato de época, contando esas historias que parece que no son importantes, pero que en realidad lo son, y mucho, porque son las historias de quienes nos dieron la vida a los que nacimos con la democracia. La idea de que siempre hay una esperanza nace de ahí, de que a pesar de todo, la gente de mi generación pudimos nacer en libertad. La novela no es una historia de buenos y malos, héroes o villanos, es como la vida misma, donde no ganan siempre los buenos, ni los malos tienen justo castigo. La vida es injusta, es como es y, pase lo que pase, el ser humano siempre sale adelante, más o menos tocado, pero siempre sale adelante. Prueba de ello es que nuestros abuelos vivieron una guerra, hambre, frío, miseria… pero nosotros estamos aquí. Ojalá no lo olvidemos nunca, ese es el propósito de esta novela.

Al leer tu novela y después recapitularla, tuve la extraña sensación en algunos momentos de ver el Madrid de hoy, azotado por años de conservadurismo, en los que  la desigualdad y la exclusión, la falta de oportunidades y el abuso de poder son notorios. ¿Si me permites la reflexión, no dirías que, aunque aborda un contexto histórico bien localizado, “Amaneció de nuevo Madrid” es de una asombrosa actualidad?

Absolutamente cierto. En la posguerra, Madrid era una ciudad de acogida, donde la gente del mundo rural buscaba una vida mejor. Hoy en día, en Madrid hay mucha gente que viene de fuera buscando una vida mejor. Ahora mismo, al igual que entonces, encontramos lugares donde brilla una ciudad llena de opulencia y también rincones donde pulula la más terrible de las miserias. Hay semáforos donde se paran coches con precios obscenos mientras en la acera se arropa bajo una manta mugrienta un ser humano que hace tiempo que ha dejado de ser tratado como tal. Madrid tenía esos contrastes, y los sigue teniendo. Amaneció de nuevo Madrid podría contarse hoy en día perfectamente.

Desde un punto contextual y estético, tu obra recorre muchos lugares emblemáticos de Madrid, que no solo han forjado la identidad cultural de la capital, sino también la memoria individual y colectiva  de sus habitantes. Sin embargo, justo cuando estaba en las últimas paginas de tu novela, me enteré de que una multinacional china pretendía demoler el Edificio España y que el Café Comercial cerraba sus puertas. ¿No te da la impresión de que en Madrid, sobre todo en medio de esta crisis y del imperio de lo económico, se están destruyendo, por decirlo de alguna manera, sus “ lugares de la memoria”?

El imperio económico no sabe de nostalgias, ni de fotografías en blanco y negro, tradiciones o leyendas. Si un edificio sobra, se tira. Da igual lo que represente. Que hay que cerrar un local emblemático, se cierra. No cuidamos de nuestra memoria, sólo cuidamos de nuestro futuro y no nos damos cuenta de que somos de donde venimos y no a donde vamos. Básicamente porque nadie sabe qué traerá el futuro. En realidad, con las cosas nos pasa como con las personas, las viejas nos molestan. No somos capaces de honrar a nuestros mayores, ¿vamos a honrar un edificio o un monumento? La especulación se ha cargado la zona de Canalejas, se han borrado del mapa antiguos frontones que malviven como fantasmas emparedados, se han “perdido” preciosos monumentos como el templete de acceso al metro en Gran Vía… pasan los años y nada parece importar, sólo que los grandes inversores nos llenen de tiendas y colorines la ciudad. A mí me gusta mucho mirar fotografías antiguas y la verdad, no veo que ahora la ciudad sea más bonita que entonces. Supongo que soy rara, o demasiado nostálgica, pero me da miedo que deje de importarnos que arrasen con todo, los chinos, los especuladores, los políticos… o todos a la vez.

Ya para ir acabando, tu novela abre muchas posibilidades hermenéuticas,desde la reivindicación del papel de las mujeres o la denuncia de la infancia robada, pasando por la crítica social y política. Sin embargo, a pesar de la diversidad de las subjetividades lectoras, es evidente que el autor también tiene un mensaje e intención concretos. ¿Cuál ha pretendido ser el tuyo?

Supongo que el mensaje es que la vida sigue. La novela es sólo un pedazo de historia, lo importante es que para cada uno de nosotros salga el sol mañana por la mañana. No he descubierto la rueda contando lo que pasó a los vencidos, ni cómo sufrió la población en la posguerra o cómo se anuló a la mujer en el franquismo, sólo quería contar algunas cosas que deseo que no se olviden.

Siempre te has reivindicado como editora y periodista. ¿Podemos añadir también que ha nacido una escritora que ha emprendido un sendero por el que va seguir a partir de ahora caminando?

Esas son mis dos profesiones “serias”, las académicas, las que uno emprende para ganarse la vida. Luego están las pasiones, esas nacen contigo. Como escritora nací el primer día que escribí ficción —allá por la niñez—, ahora bien, Amaneció de nuevo Madrid es la prueba palpable de que una de mis pasiones podría ser una profesión. Es la que más me gusta de todas, y es en la que soy más yo, pero no está tan claro que pueda ganarme la vida con ello. La carrera literaria es complicada. El futuro dirá cuál de las tres toma el timón en mi vida, quizás las tres, no lo sé. Provengo de una familia obrera, he tenido que trabajar mucho para conseguir lo que tengo y no poseo un apellido que me permita sacar una novela y ganar aún más dinero del que ya tengo atesorado, así pues no queda más que seguir trabajando, seguir escribiendo, seguir apostando por lo que creo que es ser escritora y vivir con el deseo de que mañana amanezca.

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LAS DOLOROSAS VERDADES DEL PASADO : UNA APROXIMACIÓN A “UN MILLÓN DE GOTAS” DE VICTOR DEL ÁRBOL

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A veces pueden encontrarse algunas novelas  que, a pesar de su aparente naturaleza comercial,recogen  cuestiones relevantes de la experiencia humana, resultando en realidad   intelectualmente mucho más refinadas de lo que hace suponer su propio carácter  de obra para el gran público. Me refiero, claro está, al best- seller de Víctor del Árbol, ” Un millón de gotas” ( Destino, 2014). Una obra que, detrás del thriller a través del que se hilvana la trama, guarda el mérito de interpelar  sobre  temas nada baladís .

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Ex Mosso de Esquadra, Víctor del Árbol fue uno de los primeros representantes del nuevo y singular fenómeno  de los escritores procedentes del universo policial  y que contribuyeron en mucho a dotar de rigor y realismo a la novela negra, limando en ella los vicios de quijotismo que han a menudo caracterizado a este género Surgido en el panorama literario desde la esfera de  los sellos editoriales independientes con títulos como El peso de los muertos ( Catalia 2006) y galardonado con el Premio Tiflos de Novela, también fue finalista en el  XIII Premio Fernando Lara.  Su rápida  proyección resultó deudora de un primer gran éxito , “La tristeza del Samurai” ( Alréves, 2011). Algo  meritorio por partida doble a la vista del ninguneo al que son sometidos  los editores independientes por parte de la crítica y los medios.  

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Nota a añadir, Víctor del Árbol es uno de los autores españoles que más proyección están teniendo en el ámbito internacional en estos momentos y esto muy especialmente en el país vecino. En el 2012 recibió el Prix du Polar Européen de manos de la prestigiosa y mítica revista Le Point.  Hecho muy loable teniendo en cuenta el   neonacionalismo cultural que está caracterizando a un medio intelectual galo que  digiere muy mal su pérdida de hegemonía en el mundo; en posturas cada vez más autodefensivas e inmerso en el nostálgico convencimiento de que no hay signos de vida inteligente más allá de las fronteras de la gloriosa Exception Française” Un millón de gotas” acaba de hecho de ser traducido al francés con buenas expectativas de éxito al otro lado de los Pirineos.  Parece así que Victor del Árbol ha sabido superar obstáculos y barreras infranqueables, consolidando su nombre en el panorama literario.

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Con un perfil que encarna al mismo anti-héroe, el personaje central de ” Un millón de gotas” ejerce sin embargo en el lector una atracción magnética.  Gonzalo es un abogado de derecho civil, bastante gris,  que lleva casos de violencia de género y divorcios y que por añadidura vive amenazado por los exmaridos de sus clientas.  Casado con una mujer de la parte alta de Barcelona, Lola,  una esposa infiel y que siempre le hace sombra y bajo el yugo de su suegro, Agustín, un hombre poderoso, arrogante, prepotente y rapiñero,  frente al que se siente anulado y que le desprecia, Gonzalo se resiste a reconocer su infelicidad matrimonial y la sensación de encarcelamiento que le produce vivir en un ambiente muy  alejado de sus propios origines sociales e ideológicos. Su holgada situación económica no le hace olvidar el sentimiento de  soledad que le produce su vida familiar y el desasosiego por el odio indisimulado que le profesa su hijo adolescente y homosexual, Xavier, que  vive afectado de por vida por una cojera a raíz de un accidente de natación  en su infancia y del que considera responsable  a su padre. Gonzalo compensa la indiferencia de su hijo con el amor obsesivo por su hija menor, Patricia.

En medio de una reunión mundana que su mujer le organiza con motivo de su cumpleaños, Gonzalo recibe la inesperada visita de un hombre, Alcaráz, un policía de la vieja escuela y de periplo oscuro,  que le anuncia el suicidio de su hermana, Laura, una subinspectora de policía con una vida desordenada, dominada por el alcohol y las drogas, sexualmente promiscua y  descentrada a raíz del secuestro y asesinato de su hijo de seis años  a manos de un miembro de la mafia rusa. Se presume que su suicidio es debido a las sospechas que han recaído sobre ella, tras ser encontrado el cadáver del secuestrador de su hijo, asesinado en muy extrañas circunstancias. Sin contacto con Laura desde hacía una década, Gonzalo  conserva de su relación con su hermana los recuerdos de infancia y la imagen de una muchacha extrovertida y segura de sí. Poco a poco va descubriendo el origen de su progresiva degradación tras  la muerte de su hijo Roberto, pero también su implicación en la investigación de un turbio asunto delictivo y en la que va a  contar con la colaboración de un  apuesto joven de origen africano, Saika. Al mismo tiempo también, se desvelan los entresijos de los conflictos familiares y las razones del odio que su madre, Esperanza, una mujer anciana y rodeada por un misterioso secreto, le ha estado profesando a su difunta hermana LauraGonzalo tendrá que destapar  muchas verdades del pasado y en el que ocupará un lugar central su propio padre, Elías,  desaparecido de repente  a finales de los años 60.

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A lo largo de la trama Víctor del Árbol   pone luz al  lejano periplo del padre de Gonzalo, que remontará a la época de la Segunda República y la Guerra Civil, pero sobre todo a los primeros años del estalinismo en una Unión Soviética testigo de  cómo se van sembrando las semillas del totalitarismo. Estudiante asturiano de ingeniería y con ideas comunistas, Elías acude a la Unión Soviética con el fin de colaborar en el Plan Quinquenal. En medio de los peores momentos de la represión  en la URSS, Elías es arrestado arbitrariamente por la policía política soviética  y deportado a Siberia, junto a otros tres compañeros extranjeros que habían acudido a Rusia  fascinados por la Revolución, un francés,Claude y dos británicos, Martin y Michael, a los que les une una relación amorosa. Durante su deportación , los tres amigos viven rodeados por la sombra de un delincuente común, Igor Stern, un hombre malvado, de ademanes animalescos e instintos caníbales. Rumbo al campo de Názino, Elías conoce mientras tanto a una joven enfermera, Irina, viuda de un profesor de literatura represaliado por Stalin y a su pequeña hija, Anna. Gonzalo va tener que descubrir el significado de ambas en la vida de su padre.

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                          “Un millón de gotas” gira sobre todo en torno dos ejes, la investigación policial en la que  Laura ha estado implicada  antes de suicidarse y la comprensión de las razones de la enigmática desaparición de Elías, un padre al que Gonzalo tiene por un ídolo a raíz de sus profundos ideales y heroísmos durante la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y la resistencia frente al Nazismo. El autor despliega un catálogo de personajes, de historias y contextos aparentemente inconexos, pero cuya verdadera y objetiva  inter-relación  va desvelando a lo largo de la trama y con una singular capacidad para sorprender al lector.  A lo largo de la novela Del Árbol juega con las dimensiones cronológicas y los contextos históricos con una indiscutible habilidad narrativa, pautando los tiempos y trasladando al lector del presente al pasado, sin brusquedad ni confusión.

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La angustia, el remordimiento, la culpa, el odio, el rencor, el ansia de poder  y la venganza dominan a los personajes centrales, pero también los sentimientos amorosos.  La pasión romántica más normativa se entrecruza con pinceladas de homoerotismo y hay que reconocerle al autor el loable mérito de abordar cuestiones como la homosexualidad más allá de las representaciones patologizadoras, los arquetipos risibles, la frivolidad o la mera e hipócrita corrección política a la que se nos tiene acostumbrados. Sin embargo, si  una principal  virtud  debe reconocérsele a ” Un millón de gotas” es el ingenio de su autor para superar ciertas limitaciones narrativas de la novela negra, bordeando otros géneros literarios, entre ellos la novela histórica y la política. De hecho, Del Árbol ha  reconocido él mismo que su producción literaria alberga un género  “mestizo” más que estrictamente “negro“.  Salvadas todas las distancias, debe mencionarse a otros escritores que también se han embarcado en esa arriesgada empresa de los géneros fronterizos, como es el caso por ejemplo de Claudio Cerdán con su thriller, “La revolución secreta” ( Alrevés ,2014) y que en medio de un entramado de hombres lobos, ha sabido introducir no pocos factores de reflexión histórica,civilizatoria y ética  y hacer de su novela una crítica hacia la bestialidad humana y la barbarie de la guerra.    Se confirma así el surgimiento en España de una nueva generación de escritores que han sabido otorgarle una cierta estatura intelectual al  género del thriller, desmontando muchas de las ideas recibidas sobre su estatuto de literatura vinculada a la cultura del “medio pelo”.

” Un millón de gotas” abre en toda su amplitud un abanico de problemáticas, en especial  cuestiones actuales como la realidad del crimen organizado  alrededor de la explotación y las  vejaciones al encuentro de  los individuos más indefensos. También interpela sobre elementos de muy hondo calado político e ideológico, entre otros, las difíciles relaciones  con la memoria histórica   y la incidencia que a menudo tienen respecto a nuestras interacciones más personales y humanas. Aun así no debería obviarse el espíritu que planea en todo momento sobre la obra de Víctor del Árbol y que  consiste en recordarnos el dolor  que nos producen las  verdades ocultas en un lugar recóndito del pasado y el desconcierto que puede llegar a zarandearnos  al  descubrir las miserias que rodean   a aquellos que  hemos estado  toda la vida idealizando. Del Árbol no deja de poner sobre tapete de cómo las utopías y los grandes ideales pueden llegar a ser pervertidos por  nuestras propias bajezas,  sucumbiendo bajo las garras de esa banalizada maldad humana de la que nos hablaba Hannah Arendt. Pero sobre todo y ante todo, Un millón de gotas  alberga  una reflexión sobre las consecuencias de la mentira, un alegato contra el abuso de poder y una invitación a no perder la perspectiva de la memoria histórica respecto a las atrocidades del totalitarismo.

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