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LA “EXTRANJERIDAD”Y EL IMAGINARIO DEL ANTISEMITISMO MODERNO : EPÍSTOLA A UN AMIGO JUDÍO

 

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Viajo por las redes y topo con un post de mi amigo Fidel Vilanova, un excelente escritor de novela negrocriminal cuyas obras han girado fundamentalmente en torno al mafioso ambiente de corrupción dominante en  la ciudad de Marbella desde la época de Gil y Gil. Leo su escrito, en el que comenta el estreno de la obra teatral de Jean-Claude Gumberg,Ser o no ser judío”, protagonizado por los actores Josep Maria Flotats y Arnau Puig. Fidel analiza todos los estereotipos que cunden en la obra teatral, tanto en relación a la figura del judío, como a la percepción que tiene de él la sociedad gentil.Hijo de una madre deportada a los campo de la muerte, Fidel siempre se ha definido por una contundente afirmación de su identidad como judío.

¿ Cómo debemos entender la noción de identidad, a no ser como el engranaje de sentimientos, sensaciones, emociones y autopercepciones que contraponemos y exaltamos frente a la mirada de terceros?  La formación y afirmación de nuestra identidad no está constituida solo por el conocido proceso de individualización, tal y como siempre lo entendió la tradición sociológica más clásica. La identidad se constituye sobre todo a través de la experiencia personal frente a quienes pretenden, precisamente negar la misma , es decir, provocar nuestra “muerte social” a través de la destrucción de la propia condición de Sujetos que nos define.  Hay que precisar, al hilo de lo apuntado, que el debate sobre la identidad judía ( tanto en el ámbito de la creación ficcional, como en las laderas  de las ciencias sociales y humanas) es un fenómeno mucho más  reciente de lo que acostumbramos a creer  y que vino provocado por el propio fenómeno del antisemitismo en tanto que expresión de rechazo, no al judío en sentido abstracto, sino al judío, precisamente, en tanto que Sujeto.Es decir, en calidad que ser respetable y digno, merecedor de la buena consideración y mirada por parte de la vida comunitaria.

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Dentro de todo el contexto histórico a través del que se configuró la animosidad de la sociedad gentil hacia el “judío”, hay que distinguir dos tradiciones : el anti-semitismo “primitivo”, que tiene una raíz cultural, ver popular  y el anti-semitismo moderno o si se quiere, contemporáneo, que es de urdimbre política y que vino racionalizado e institucionalizado desde las mismas esferas del poder.  El anti-semitismo “primitivo” hunde sus raíces en el propio nacimiento de la civilización cristiana. Judas traicionó a Jesucristo y los judíos mataron al Profeta enviado por su propio Dios. Esa figura del “traidor”, inserta en el Nuevo Testamento y  que arraigará en el imaginario colectivo a través de la  palabra apostólica, encontrará su vertiente “secular” en la figura del individuo hipócrita e indigno de nuestra confianza.La  distancia respecto a los seres de cuya  amistad dudamos es debida, efectivamente, a que tememos que nos vayan a dar el “beso de Judas”. Cualquier individuo que contravenga  a las buenas prácticas, es  también un “judío”, aunque pertenezca a la iglesia anglicana. Dentro del antisemitismo “primitivo”,  el “judío” es un ser sospechoso por naturaleza.

Este anti-semitismo “primitivo”, que yo prefiero llamar, “cultural”, continuó  sin embargo asegurando una relativa convivencia entre la comunidad judía y la sociedad gentil. El “judío” seguía siendo, a pesar de todo, un ser útil a la sociedad y a la propia Razón de Estado. Acaso habría que recordar que los paladines de la Contra-Reforma financiaron sus campañas bélicas de cáliz religiosa gracias a los prestamos y la financiación de los grandes banqueros flamencos, vertiente cosmopolitizada del “judío” usurero de la casa de al lado dispuesto a sacarnos de apuro.Pese a la hostilidad suscitada, el “judío” también fue vinculado al universo de las ciencias y de las letras, que derivo en la idea recibida sobre la inherente condición hebrea del mundo intelectual. La relación entre “judíos” y “gentiles” se reveló así, ambivalente, donde la animosidad y la admiración se complementaban. Ese antisemitismo “primitivo” fue adquiriendo diversas representaciones simbólicas y manifestándose a través de distintas prácticas sociales a lo largo del proceso histórico.

En cambio, la verdadera ruptura entre “judíos” y “gentiles” tiene su origen en el anti-semitismo contemporáneo,efectivamente, “político”, que es donde hunde sus raíces el principio de la “Solución Final”  que conllevó la accidentalidad histórica del nacional-socialismo. El anti-semitismo “político” encontró su germen con ” L’Affaire Dreyfus” en la Francia de la Tercera República.Recordatorio histórico : un capitán de origen judío perteneciente al ejercito francés, es acusado de alta traición e imputado por la venta a Bismarck de  secretos de Estado y estrategias lógico-militares que habrían provocado la derrota de Francia en la contienda con Alemania de 1870. El asunto fue sucedido por un juicio sumarisimo y una confrontación social y política entre las corrientes republicanas y  los sectores más reaccionarios de la sociedad francesa. Dreyfus fue finalmente indultado por falta de pruebas, descubriéndose poco después la existencia de una conspiración contra él en las más altas esferas del ejercito galo. Sin embargo, el  capitán nunca fue del todo limpiado de las falsas acusaciones y muchos tuvieron interés en mantener vivas las  dudas sociales sobre su inocencia.

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Una mentira terminó  creando el “mito”:  el del anti-patriotismo del judío y el de su inherente “extranjeridad”. Los anti-dreyfusard, que así se hicieron conocer los representantes de la tradición contra-revolucionaria, asentaron las bases, no solo del anti-semitismo moderno, sino también de la experiencia histórica del totalitarismo. La delirante retórica sobre la conspiración sionista internacional, además de confirmar esa “extranjeridad” del judío, conformo  en el imaginario colectivo  la figura del “ser maligno”, origen de todas las desgracias colectivas y nacionales y cuerpo extraño del que solo era posible librarse a través de su extirpación sin vacilaciones y  exterminio sin matices. Después vino lo que sabemos.

A finales de los 70, el indómito Bernard-Henry Lévy publicó su controvertido ensayo, ” L’ideologie Française”, donde analizó la intelectualización del anti-semitismo moderno a través de las grandes figuras del pensamiento conservador francés, recordándonos que era Francia, y no Alemania, la auténtica responsable y el verdadero nido del fenómeno fascista. Años después, cuando Claus Barbie, el famoso carnicero de Lyon, es sometido a juicio por colaboracionismo y crímenes contra la humanidad, Alain Finkielkraut retoma a su manera la tesis de Lévy, con su obra, ” La mémoire vaine” : Barbie no es un mero “colaboracionista” descarriado, es la síntesis misma del odio de la sociedad francesa contra los judíos. Los dos autores se lucieron por muchas de sus exageraciones y falta de sentido del matiz, virtud o defecto que les aseguró su vedetismo y fama. Pero si en algo acertaron fue precisamente en eso, en recordar cómo el “judío” se había convertido en un “extranjero” en su propio país. Es esa misma “extranjerización”  y la misma experiencia de los campos de la muerte lo que sembrará el debate sobre la identidad judía contemporánea.

Cuando Jean-Paul Sartre escribe su famoso ensayo, Reflexiones sobre la cuestión judía, es contundente : no existe una comunidad cultural  y religiosa judía coherente y inequívoca, sino un mosaico de individuos a los que une la experiencia del exterminio masivo y que tiene su origen, valga la insistencia, en el nacimiento del propio anti-semitismo político contemporáneo.Visto así, es plausible la hipótesis que el Estado de Israel no nació sobre una base cultural, ni religiosa, ni siquiera en función de oscuros intereses geoestrátegicos de las grandes potencias ( en especial de los Estados Unidos)  sino sobre una voluntad política de devolver a los judíos una ciudadanía que les había sido usurpada en sus países de nacimiento. Durante la Guerra de los Seis Días, muchos judíos franceses  apostaron por Israel, contraviniendo a la política pro-árabe del General De Gaulle. ” Pero qué son ustedes- les preguntan los más indignados ante esa muestra de deslealtad patriótica hacia la República– israelitas o franceses?” Los aludidos responden con otra pregunta. ” ¿ Cómo pueden ser ustedes ser tan cínicos?”  .A pocas palabras, buenos entendedores.Nadie podía exigirles una lealtad inquebrantable a Francia, cuando su propio país les había traicionado e incumplido la promesa de emancipación política y civil que el Estado les brindó durante la Revolución Francesa : ” A los judíos, debemos darles todo como ciudadanos y nada como nación , porque su única y verdadera nación es Francia, su único hogar, el de la “comunauté des citoyens”.  Falacia. Se tardó tiempo en reconocer que  no se le podía pedir a los judíos franceses  una lealtad sin reservas a su país, porque no existía una base moral sobre la que reclamarla. La colaboración, por activa o por pasiva, con el nazismo, por la vía del propio régimen de Vichy, así como la complicidad implícita y explicita de numerosos ciudadanos franceses en la denuncia a la Gestapo de muchos de sus compatriotas, desarmaba cualquier argumento  y confirmaba, en cambio, esa “extranjerización” del propio judío. Durante los acontecimientos del Mayo del 68, los sectores más reaccionarios atribuyeron las revueltas estudiantiles a un “Un judío de origen alemán”, en referencia a Daniel Cohn-Bendit. Poco complacientes con la sociedad que les estaba tocando vivir, los estudiantes replicaron en masa : ” Nous sommes tous des juifs alemán”. Más allá de las irreverencias, el exabrupto contra el emblemático líder estudiantil recuperaba la parafernalia retórica propiamente fascista que configuraba al judío como un ser y cuerpo extraño dentro de la paz social y colectiva.

La promulgación en Francia de leyes contra las tesis “revisionistas” sobre los campos de la muerte y  su codificación como delito a efectos del Código Penal, sobre todo durante el primer Septenado de François Mittérand, no fue el producto de una supuesta presión del dichoso lobby judío. Tampoco de la reacción frente al vertiginoso ascenso del Frente Nacional  de Le Pen, que indignó a la comunidad política al afirmar que el exterminio de los judíos era un mero “detalle”.Fue sobre todo el reconocimiento de una falta moral de la República y del Estado para con unos individuos a los que se había prometido emancipación, pero con los que una parte de la sociedad francesa había hecho todo lo contrario.Los había, efectivamente, “extranjerizado” como responsables de los males nacionales. Hoy, ese antisemitismo moderno ha adquirido un nuevo rostro en la escena internacional y que consiste en difundir la idea de que el Estado de Israel es el culpable de todos los males y del vertiginoso empuje del fundamentalismo islámico, cuando la realidad de los hechos habla de que el yihadismo no es otra cosa que el producto de una guerra civil entre los propios musulmanes. El mito vuelve a mostrarse bajo su rostro más cruel.

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Con esta epístola, amigo Fidel Vilanova, y al hilo de tu comentario sobre ” Ser o no ser judío”, solo quiero decirte que le doy poca importante a las identidades culturales, que siempre son construcciones sociales que mutan con el propio desarrollo del proceso histórico. Un judío del siglo XVII, no es exactamente el mismo que el del siglo XX y este tampoco igual que el del siglo XXI. Estereotipos siempre los hay y los ha habido y eso no solo en relación a los judíos, sino a todos los colectivos minoritarios y objeto de opresión. A mi no me interesa tanto la identidad judía, como el fenómeno del anti-semitismo en si mismo ( y sus formas renovadas), de la misma manera que siempre me preocupó menos la supuesta identidad gay, que  la estricta práctica social de la homofobia ( que también ha ido cambiando su rostro al amparo de manifestaciones más sutiles) .

En efecto, el gran problema, el gran drama histórico, político y social, es el de la “extranjerización”, el de la negación como Sujetos de aquellos que los opresores consideran individuos superfluos que no se merecen ni dignidad, ni el derecho a la existencia.Es decir, que son despojados de su condición de seres humanos. Creo en ese sentido y quizás retomando a Sartre, que eso es lo que une, no solo a los judíos, sino al conjunto de los miembros de los grupos oprimidos :  la resistencia contra quienes quieren “extranjerizarlos” de la propia humanidad.

 

 

 

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JUAN LABORDA : ” NO HAY NADA MÁS LITERARIO QUE EL FRACASO O LA DERROTA”

 

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Profesor de Ciencias Sociales en la enseñanza secundaria, periodista cultural, crítico literario, novelista y cinéfilo, Juan Laborda es otro de los representantes de la “Generación Alrevés”. Es autor de dos novelas ” La casa de todos” (AAche,2009) y de ” La fragilidad del neón” ( Alrevés 2014). Anima  el programa de radio ” Tiempos de historia” y el portal de crítica literaria ” Periodistas Digital“, donde acostumbra a regocijarnos a través de sus diálogos con muchos de los escritores actuales. Juan Laborda no se considera un escritor de novela negra en el sentido estricto y de hecho, prefiere hablar de literatura, más que de géneros. A lo largo de esta entrevista, nos habla de su relación pasional con la historia, de su experiencia como periodista cultural y  de su creación literaria y el papel de la ficción en el conocimiento del pasado y la comprensión de la condición humana. En la actualidad, prepara su  tercera novela.

Tienes una actividad cultural que, aunque coherente con tu perfil intelectual, es polifacética.  Además de profesor de ciencias sociales en  enseñanza secundaria, animas un programa de radio “Tiempos de historia”. La historia y la literatura han estado de hecho  muy imbricadas en tu labor.  ¿Por qué la  elección de una producción literaria basada en el recreación ficcional de los acontecimientos históricos?

La historia, junto con el cine, son los grandes motores de mis creaciones. Soy historiador de formación, he investigado en archivos, realizado obras de divulgación y trabajado ficciones históricas. Además, me dedico a la docencia en el área de Ciencias Sociales. Podemos decir que soy un loco de la historia en el sentido más humano. Por eso, he centrado mis textos en diversos períodos históricos que me resultan atrayentes. En cualquier caso, conviene recordar que Clío, musa de la Historia, es una amante caprichosa. Ese sentido, esa contradicción tan propia del ser humano, es lo que más me atrae del pasado.

Víctor del Árbol me comentaba hace poco que él veía en la literatura una forma alternativa de recuperar la “memoria histórica” y de reavivar el interés de las nuevas generaciones por el pasado, sobre todo frente al lado desmotivante  de los conocimientos abstractos que se producen desde las ciencias sociales en general y la investigación historiográfica en particular. ¿En qué medida suscribirías esa afirmación? 

En líneas generales, todo lo que sirva para que la gente, y los estudiantes en particular, se acerquen al pasado, lo descubran y se sientan interesados, e incluso interpelados por él, me parece tremendamente positivo. La ficción histórica y el ensayo divulgativo, cada vez mejor cultivados, están haciendo mucho por ello. Aún así, tengo ciertas dudas al respecto. La ficción histórica, lo que permite es que uno se aleje, se despegue, del dato concreto, y genere un espíritu similar al de la época tratada. No hay que traicionar nunca el sentido de aquel tiempo. Esto suele ser harto complicado y muchas veces, en aras de allanar el camino a la incorporación de nuevos sujetos al estudio de la historia, se cometen errores, simplificaciones y reducciones (interesadas y fortuitas) que alteran el sentido del pasado. Hay que tener mucho cuidado con tales prácticas y ser riguroso, a la par que ameno, en todos los estilos o géneros que se toquen. En caso contrario, estaremos haciéndole un flaco favor al conocimiento histórico.

¿También eres un gran cinéfilo. La gran pantalla está ayudando, al igual que la literatura, a esa recuperación de la memoria histórica y por canales algo más amenos que el ensayo historiográfico? 

El cine, como ya plantease Marc Ferro, tiene un doble valor en el estudio del tiempo pretérito. Por un lado, nos permite aproximarnos al período del que se habla en el film, pero sobre todo, nos da pie a conocer la sociedad o el momento concreto en el que se produjo la obra. La película, al igual que la novela, es un documento histórico en sí mismo, muestra de su tiempo, de sus mentalidades y de sus condicionamientos. Reflexionar sobre esto es un punto de partida utilísimo para comenzar a utilizar el cine como una herramienta más para el estudio del pasado.

Por otra parte, nuestra sociedad es tremendamente audiovisual. Cada vez estamos más bombardeados por estímulos de este tipo. A nadie se le escapa el poder y el atractivo que tiene para todos la imagen en movimiento. Esto es un arma de doble filo, pues aunque vivimos en una época de gran difusión del cinematógrafo y hay obras geniales, también nos encontramos con pésimas reconstrucciones históricas y con la tiranía, poco creativa, de los grandes estudios. Además, me parece oportuno dotar al espectador de una serie de conocimientos necesarios sobre el medio. De este modo, ser haría imprescindible una “alfabetización” audiovisual, conocer una serie de conceptos para entender, analizar y diseccionar el medio audiovisual. Así crearemos sujetos activos.

Continuando con esta cuestión, tu primera novela ” La casa de todos” es una trama en la que tienen que convivir los representantes de las Dos Españas en un mismo espacio. ¿Qué pretendías con ello, hacer un alegato a favor  de la convivencia y quizás distanciarte de la tradición narrativa más militante y maniquea sobre la guerra civil, tan propia de los años 80 y 90?

Has dado en el clavo. El motivo principal de aquella obra, cuestión que luego me ha acompañado en otras obras, es la futilidad de las grandes ideologías. El concepto del individuo, particular y concreto, enfrentado a las doctrinas. Mi idea era centrarme en el drama humano, hablar de la necesidad de conciliar posturas y señalar un acontecimiento tan excepcional como representativo de la naturaleza del ser humano. Es un episodio, la supervivencia de gentes de ambos bandos en una cueva debido a los bombardeos, que creo casi obligatorio rescatar. Frente a las novelas muy ideologizadas de la guerra civil, la mía relativizaba conceptos y buscaba la reflexión tranquila y conciliadora. Suelen ser posturas poco populares en nuestros días.

Sin embargo, salvo algunas excepciones, parece que la producción ficcional sobre ese periodo histórico, en términos generales, de una gran excelencia, se ha parado en seco. ¿Cómo explicarías el fenómeno?

Es cierto que se ha reducido el número de obras sobre este período fascinante. Fue un filón, muy marcado políticamente en ambos sentidos, que se explotó hasta la saciedad. Los grandes temas del conflicto y de la cuestión humana, siempre clave, fueron muy tratados, pero las perspectivas más conciliadoras, menos politizadas, aún se pueden considerar sin caminar.  Considero que las perspectivas no se han agotado, aunque el tema, en general, ha sido muy utilizado. Quizá esa pueda ser una de las causas que expliquen el fenómeno, aunque es complicado de analizar.

En tu  segunda novela, “La fragilidad del neón”,  la trama se  inspira  en la Francia de los años sesenta, en pleno proceso de descolonización y con la Guerra de Argelia como telón de fondo. ¿Por qué la elección de ese contexto histórico?

Los últimos cincuenta y primeros años sesenta son momentos cargados de encanto. No se trata únicamente del final de la época clásica del cine de Hollywood, sino que también hay un giro en los ideales, las mentalidades y la forma de afrontar la vida.A primeros de los años sesenta la descolonización ya es una realidad, la Guerra Fría se modifica con la coexistencia pacífica, las maneras de entender el arte se alteran y surgen movimientos geniales como la Nouvelle vague. Era un mundo en ebullición, aún con un pie en los rescoldos de la II Guerra Mundial, pero mirando en otra dirección. Se trata de una época de sueños aún posibles, de revoluciones por librar y de ideas contundentes. Un tiempo fascinante, en definitiva, a caballo entre la decadencia y la armonía.

Tu protagonista, Ramón Sandoval, es precisamente un exiliado de la guerra civil. Se trata de un modesto taxista,  un perdedor, no solo desde un punto de vista político, sino también personal y que sin embargo va a ver su vida completamente cambiada al tener que hacer de guardaespaldas de una artista amenazada por el FLN. ¿Qué querías, romper con la amnesia que a veces padecemos respecto a ese exilio “sin rostro”, el de las gentes de a pie y que sin embargo cambiaron el curso de la historia desde su propia invisibilidad y anonimato?

Desde luego, en la novela hay una preocupación evidente por la historia pequeña, casi mínima. La vida de un individuo, su evolución y desarrollo personal, son los mimbres de esta historia. Es un hecho particular, pero también la imagen de un sufrimiento colectivo.Suelo decir que la novela, a pesar de ser histórica, es, en realidad, un drama. Ramón Sandoval, el protagonista, es un hombre reflejo de una época, de una serie de personas que lucharon por sus ideales y que fueron derrotados. Tras ello llegó el exilio, primero de la tierra que les vio nacer, pero también de ellos mismos, y después de sus sueños y pasiones. Muchos españoles se vieron alejados de las teorías oficiales y asqueados de las doctrinas de unos y otros partidos. El desencanto se cebó con ellos. A estos solamente les quedaba sobrevivir. La lucha está en el camino. Ese es el sentido de este personaje para mí.

También le das vida a un personaje muy siniestro, Papon, un colaboracionista del régimen de Vichy y una  figura que fue  muy controvertida en Francia, dado que, como el caso del juicio contra Claus Barbie, “El carnicero de Lyon”, puso sobre el tapete la problemática relación que tienen nuestros vecinos con su pasado político más oscuro. ¿Los franceses han solucionado ese litigio con su memoria colectiva? 

Como sabemos existió una Francia colaboracionista que se humilló bajo el yugo del nazismo encabezada por el Mariscal Pétain. Los efectos de esta política se conocen en parte, pero resultan muy interesantes para entender la realidad histórica. La imagen más conocida de Francia durante la II Guerra Mundial es la de la resistencia, que es cierta y que responde a una realidad. No podemos obviar a héroes como Jean Moulin o la lucha contra el fascismo de figuras anónimas tan bien reflejada por Melville en El ejército de las sombras. A pesar de ello, hay otra realidad, más incómoda de explicar y de tragar. Se trata de aquellos colaboracionistas del nazismo que supieron nadar y guardar la ropa tras el conflicto. Uno de esos casos evidentes es Maurice Papon, el villano de mi novela. Fue un personaje real que ayudó a la deportación de judíos franceses y luego supo esconder su pasado y medrar en el régimen de De Gaulle. No fue el único, y nos presenta una realidad menos grandilocuente, más controvertida y más apegada a los hechos. Francia aún tiene cuentas pendientes con su pasado. El lado oscuro del colaboracionismo, la presencia de sujetos dudosos en los gobiernos de la IV y V República, la Guerra de Argelia (y la represión en la metrópoli), entre otros, son aún hoy temas de lo más peliagudos para la historiografía gala. Son cajones difíciles de abrir.

En tu novela también recreas  el mundo intelectual parisino de los 60, a esa intelligentsia “engagée”, en el sentido más sartriano del término y en el que tu protagonista se va ir moviendo junto a su protegida. ¿Qué queda hoy de ese mundo, sobre todo a la vista de la creciente pérdida de influencia del llamado “pensamiento francés?

Desafortunadamente queda muy poco. Los que lo recordamos no somos pocos, pero lo hacemos desde la nostalgia. Todo esto hace referencia a ese mundo en ebullición que posibilitó figuras tan comprometidas como electrizantes. Me estoy refiriendo a Malraux, Sartre, Camus y toda una serie de intelectuales que lo mismo empuñaban una arma para defender sus ideales en la contienda civil del país vecino que realizaban una conmovedora novela sobre el sacrificio. No nos olvidemos que este tiempo parió a gente como Semprún, autor de culto que sobrevivió a Buchenwald, un campo de concentración nazi, para luego llegar a ser un gran escritor, guionista de cine y hasta ministro de cultura en tiempo del PSOE. Tampoco conviene dejar de lado a las figuras de la farándula que no apartaban sus compromisos sociales o políticos. Me estoy refiriendo especialmente a la sin igual Josephine Baker.

” La fragilidad del neón” se caracteriza por una mezcla de género negro, con sus intrigas y conspiraciones y de novela histórica, política y social. ¿Tú también crees en la “mesticidad” de los géneros literarios?

Creo que en la hibridación está la clave, pero prefiero no hablar de géneros como tal. Uno no escribe pensando en ellos. Hay que tratar de hacer literatura, luego, los libreros te pondrán en la balda correspondiente a novela negra, histórica o la que ellos crean oportuno. Al final, y sé que esto puede sembrar polémica, el género sirve para que te cataloguen a la hora de vender. Hay que buscar historias con alma y la mejor lírica posible a la hora de contarlas. Sé que es una opinión muy particular, pero es como me enfrento a las letras.

¿Qué tienes en vista como próximo proyecto literario?

Estoy inmerso en una nueva ficción. Está resultando muy absorbente y trabajosa, pero la estoy disfrutando. En este caso, he optado por no darle tanto peso al pasado. El reto de esta novela es recorrer la evolución de una serie de personajes en una situación personal muy concreta. Novela de personajes, novela de ideas, de transformaciones, con cine y referentes, pero sin el contenido histórico. Y hasta aquí puedo leer…

Además de escritor también te dedicas al periodismo cultural, en diversas emisoras de radio, pero muy especialmente en el video-portal “Periodistas digital” y en el que colaboráis varias personas. ¿Dónde estuvieron los orígenes de esta iniciativa?

Lo cierto es que a lo largo de mi vida me he ido encontrando de manera muy fluida con toda una serie de actividades que tienen que ver con el periodismo digital. Comencé realizando reseña literaria y cinematográfica para varias webs especializadas (algunas de esas colaboraciones aún siguen vivas), para posteriormente aparecer esporádicamente en cadenas locales como Canal 19 Guadalajara o SER Madrid. En ellas se fue configurando una línea común, siempre relacionada con la literatura, la historia y el cine. Después llegaron las entrevistas para este espacio digital, un formato valiente y no muy habitual en nuestro ámbito mediático. Hay que agradecer notablemente a Periodista Digital que se atreva a mantener este tipo de iniciativas. Del mismo modo, actualmente tengo un programa de historia en la cadena digital 4G Radio.

¿Sentís que portales  como el vuestro están siendo de ayuda a los sellos independientes y a los escritores más noveles, sobre todo frente a los suplementos culturales de los grandes medios de comunicación y que suelen privilegiar a los autores y títulos de los grandes grupos editoriales?

Como sabes, el mundo editorial actual es realmente complejo. Los grandes sellos copan las mesas de novedades, producen un buen número de libros al año y hacen muy difícil que se generen espacios reales de venta, difusión y conocimiento de editoriales más pequeñas. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no tengan buenos autores en sus filas. Los hay espléndidos, pero ellos tienen la promoción asegurada. Por ello, y aunque hay ocasiones en las que entrevisto a figuras con un gran respaldo promocional detrás, trato, en la medida de lo posible, de potenciar otra serie de publicaciones. Así, he entrevistado, entre muchos otros, a autores de sellos como Rayo Verde, Salto de página, Rey Lear, Alrevés, Tropo o Menoscuarto, cuya labor editorial me parece magnífica.

¿Portales como el vuestro tienen un efecto “amortiguador” frente a la crisis y sistemática desaparición de las revistas literarias en papel y de la que  “Qué leer” ha sido una de las últimas víctimas? 

 Creo que es el sino de los nuevos tiempos. El famoso cambio de paradigma no se termina de concretar. El papel está en franco retroceso, pero no acaba de desaparecer y los grandes medios aún no se deciden a centrarse solo en el formato digital. Supongo, y me parece bien, que la convivencia de ambos fórmulas en el periodismo cultural será muy larga. Nosotros hacemos entrevistas en vídeo para internet, un formato que no está tan explotado como podría parecer y que cada vez tiene más seguimiento. Sí, creo que estamos en alza y que es una buena manera de sustituir planteamientos habituales en el pasado, acercando la literatura a gente a la que antes solo le llegaba con las grandes revistas.

En los últimos años se han multiplicado los portales y los blogs literarios, algunos de ellos muy visitados y con gran capacidad de convocatoria y esto a pesar de que a menudo estén gestionados por personas y grupos que no proceden forzosamente del ámbito de la teoría y crítica literaria. ¿La sociedad red ha terminado con la “sacralizada” y elitista figura del crítico “experto”?

No estoy del todo seguro de que se haya producido ese cambio que apuntas. Me explico. Es cierto que vivimos un verdadero boom de la reseña digital, lo cual resulta muy interesante, pues hay gente realmente buena haciendo cosas curiosas en la red. Aún así, una buena crítica especializada en determinados medios tradicionales, tiene un gran peso, dentro y fuera del ámbito estrictamente literario (otra cosa es el impacto en ventas que eso pueda tener).Considero que la clave del tema que planteas está en la profesionalización y en el respeto que se aplique en las reseñas, bien en formato digital, bien en papel. La remuneración siempre obliga a una calidad, aunque ésta puede darse casi en cualquier medio. Ese es otro tema peliagudo.

Es conocido que la vida literaria y cultural española está muy a menudo dominaba por los clanismos, las tribus y los respectivos “Jefes de Secta” y donde el “amiguismo” o las enemistades personales juegan un papel determinante respecto a la proyección o el silencio alrededor de una obra. ¿Desde ” Periodistas Digital” os habéis visto alguna vez frente a ese absurdo y tan “castizo” fenómeno?

Desde esta platea digital no he tenido ningún conflicto en ese sentido. Afortunadamente, las editoriales y los autores van conociendo nuestro trabajo y se muestran interesados en acudir a nuestro espacio. Eso no quita para que siempre existan determinadas tensiones a la hora de promocionar las obras de cada sello.Si puede decirte que ese fenómeno, real como una jaqueca, lo he sufrido más como reseñador que como entrevistador. He tenido algún conflicto menor, pues siempre tiendo a conciliar al respecto.

Se comenta mucho que los críticos literarios y periodistas culturales juegan cada vez más con la carta de la ambigüedad en sus reseñas y comentarios, sobre todo aquellos que tienen aspiraciones literarias y que, por lo tanto, procuran molestar lo menos posibles a los sellos y a sus potenciales editores.

Es una realidad que en nuestro país la crítica tiende al “buenismo” más evidente. No me parece mal, siempre y cuando no se caiga en el panegírico y se den argumentos literarios o intelectuales de peso para cada afirmación. En cualquier caso, lo que habría que desterrar es la asociación del concepto de reseña con el de texto laudatorio, cuestión que ocurre a menudo. Enlazando con la pregunta anterior, este es un asunto clave que puede producir conflictos. Una reseña debe ser respetuosa, digna, bien escrita y argumentada, pero no es necesario que esté sembrada de halagos. El reseñador debería escribir sin estas cortapisas. Desgraciadamente, hay editoriales y, sobre todo autores, que no entienden estos preceptos tan sencillos.

En tu experiencia como entrevistador has traído a tu mesa a escritores de distinta textura, temperamento y perfil literario e intelectual. ¿Sin embargo, cuál es la tendencia dominante  que sintetizaría mejor al “escritor español” en nuestra década?

Es una pregunta muy complicada de responder, pues no puedo dar una visión generalizada de nuestros autores, pero si me gustaría explicar algo. Desde mi punto de vista, existen dos grandes corrientes literarias en los autores que he entrevistado, ambas muy válidas y con un gran recorrido. Por un lado están los autores que buscan su línea narrativa y que una vez que la han encontrado profundizan en ella. Sus obras van ganando en calado y dificultad de construcción, pero no abandonan sus temas de referencia aunque cambie el período o la ambientación. Por otro lado, están aquellos autores que, como si fuera una maldición bíblica, buscan siempre nuevas vías, estilos y formatos, deseosos de innovar no en la literatura, sino en su propia creación. Ambos tienen un poco del otro y un poco de impostura, pues como sabemos, hablar de intenciones en el juego de la creación, no deja de ser una abstracción.

 ¿Por la experiencia que tienes como periodista cultural, crees que los  best-seller de los grandes sellos tienen un “efecto llamada” entre los escritores? Me refiero, por ejemplo, al éxito de “El tiempo entre costuras”, que dio lugar a un tsunami de novelas sobre el mundo del glamour y la alta costura o al propio fenómeno “negro”, donde el éxito de autores como Lorenzo Silva o Víctor del Árbol han hecho que salgan escritores de novela policiaca por todos partes.

Sin duda hay todo un fenómeno de oportunismo y un notable seguimiento de las modas literarias que tienen una mayor aceptación. Como todos sabemos, la fórmula mágica del best-seller no la tiene nadie. Cuando alguien da en el clavo, como lo hizo María Dueñas, siempre hay intentos imposibles de reproducir la fórmula del éxito. Esto es tan humano como absurdo.En cuanto al género negro, coincido en que hay una proliferación excesiva de detectives, festivales y asesinos en serie, surgidos al calor de los buenos resultados de ciertos escritores. Algunas de esas firmas son autores fascinantes, pero creo que debemos tender a hacer literatura, no obras de género. Este renacer del noir comienza a parecerme dramático. Hay gente que solo lee novela negra. A raíz de esto un buen amigo me dijo el otro día: “Hace tiempo ya que empieza a haber demasiados detectives en nuestra literatura”.

 

El año pasado nos dejó una de las “grandes”, Ana María Matute. La pregunta que me llevo haciendo desde entonces es si, con su desaparición, se cierra  el ciclo de esa literatura de “altura”, pero al mismo tiempo, profundamente tremendista y pesimista, dando paso mucho más a una literatura del “entretenimiento”, poco “expresiva”, nada comprometida y en la que todos son ricos, guapos y felices. 

En líneas generales, la desaparición de figuras de gran calado de nuestra literatura supone un cambio en la concepción de los temas y en su tratamiento. No sabría decir en qué momento nos encontramos, pero desde luego, a título particular, las tendencias que me interesan, tienen más que ver con la naturaleza del ser humano, con  las dobleces del individuo, sus cambios de piel, que con el éxito social o el entretenimiento. Resumiendo, no hay nada más literario que el fracaso o la derrota. Esta máxima es fundamental en mi concepción de la literatura y en mis intereses lectores.

A mi me da la impresión que la ofensiva ideológica, pero sobre todo cultural, del neoliberalismo, ha favorecido en gran parte el surgimiento de una literatura comercial basada en la exaltación del triunfo y donde no hay lugar, ni para los dramas, ni para los “perdedores”. ¿Crees que el relativo rearme ideológico de la sociedad española en estos años de crisis social y económica, puede volver a favorecer una literatura más “comprometida” o lo que se suele denominar literatura ” de expresión?

Las épocas de crisis suelen ser muy productivas a nivel creativo. Nunca se sabe qué derroteros pueden tomar los autores, pero las temáticas siempre, independientemente del momento en el que se encuentre la sociedad, deben tender al compromiso o, al menos, a la reflexión sobre la condición humana. Uno de los males de nuestro tiempo es la proliferación de obras, pero aún más preocupante que eso resulta la abrumadora superficialidad de muchas de ellas. Creo que la hondura debe ser inherente a la creación.

 

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