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HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA

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Si algo me llena de curiosidad y placer al oído, son las historias orales, las de las gentes anónimas que vivieron la época de la  guerra y posguerra española. Es decir, los testimonios que hunden sus raíces en las memorias individuales. Todos nosotros, sobre todo los que ya empezamos a tener una cierta edad y vivimos nuestra infancia, adolescencia o juventud en los años de la Transición, tuvimos ocasión de oír contar muchos episodios personales sobre la guerra y posguerra, que nos narraban sobre todo nuestros mayores, los verdaderos guardianes del pasado y correa de transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Mi padre, que hoy es octogenario y que tenía seis años cuando estalló la guerra civil, también fue un “contador” de esas historias.

Los que tenemos nuestra “culturilla” histórica sabemos de qué manera el franquismo se mostró bajo su rostro más cruel en las zonas rurales. No fue una excepción en  Galicia, sobre todo  la del  interior, la de los pequeños pueblos. Desde luego, ese “enanoíde” fascista, del que se cumplen cuarenta y un años de su muerte, no tuvo piedad ni con las gentes de su propia tierra. Mi padre es precisamente gallego, nacido en un pequeño pueblo  de la provincia de Ourense, fronterizo con la de León. Por eso su identidad es una especie de mestizaje entre gallego y castellano-leonés. En aquel pueblo de mi padre, solo mandaban tres hombres : Don Ricardo, el cura,que con su sotana negra y cara de mala persona, encarnaba lo peor del nacional-catolicismo; Don Toñito,el alcalde, que además era el dueño de las canteras de pizarra, donde tenía a sus esclavos y por supuesto, el cabo de la Guardia Civil. Después, claro, estaban los “señalados”, los “¡¡Rojos!! o los sospechosos de serlo.

Contaba mi padre que había dos hombres  buscados con saña  por la Guardia Civil  después de haber organizado una protesta en las minas  de Don Toñito y eso a raíz de las condiciones lamentables de trabajo a las que eran sometidos.  Resulta que, huyendo de los tricornios, aquellos dos hombres atravesaron el cementerio del pueblo y se dispersaron para confundir a la pareja de la Benemérita. Uno de ellos, según mi padre, de nombre, Adón, quiso ocultarse en una fosa vacía. Al intentar introducirse en ella, de repente, oyó una voz que parecía venir de ultratumba : ” ¡Ven, ven, estoy aquí!” El pobre hombre casi sufrió un infarto, corriendo por patas camino arriba sin parar, aterrorizado ante esa voz venida del más allá. Estuvo varios días escondido, hasta que fue descubierto y detenido. Por supuesto, explicó lo de esa voz entre sus allegados, que a su vez lo difundieron entre quienes les quisiesen escuchar. Y así, no fue difícil que naciese la leyenda, sobre todo  en una tierra como la gallega rural de entonces,  tan dada a las supercherías : el cementerio del pueblo estaba maldito y allí moraban almas en pena.

Muchos años después,  Adón e Hipólito, (su compañero de lucha en las minas),  se reencontraron  durante un caluroso mes de agosto. La aldea ya no era lo que había sido, ni la gente tampoco. Transcurrían  finales  de los 60 y ya había una gasolinera y un hostal para forasteros y en él, hasta una sala de baile donde se pinchaba música moderna de la ciudad. Al dueño  lo conocían como  “El cachapo”, que en realidad se llamaba Gónzalo. Era el que de verdad le había dado vida al pueblo. En ese mismo hostal y   entre cervezas y juego de cartas, surgió entre Adón e Hipólito, la leyenda del cementerio como tema de conversación y eso con motivo  del sepelio de un vecino. Hipólito estaba viviendo en Francia, donde trabajaba en la Renault ,  encontrándose en esos instantes  de vacaciones en el pueblo.  Los dos amigos entraron en discusión sobre esa estupidez acerca de almas en pena que había tenido al pueblo en vilo en  tiempos en la posguerra. ” ¡¡Todo mentira!!” , dijo el cosmopolita y moderno operario de la Renault. Su viejo amigo, Adón, le rebatió el argumento y  dijo : ¿”Te acuerdas de aquella vez que nos escapamos de la Guardia Civil y que nos metimos en el cementerio?” . ” Claro que sí, qué jóvenes que éramos…”, le contestó Hipólito, sin entender muy bien a cuento de que venía ese episodio. Adón se explica : ” Pues mira, me intenté esconder en una fosa y te juro que oí a un muerto que me decía eso, ” ¡Ven, Ven, estoy aquí!”. “Yo me lo creo…porque lo viví, aunque esas cosas no sabría explicar por qué pasan, pero pasan. Y mira que yo, la iglesia, ya le pueden dar por el culo”– Añadió Adón.  Hipólito  soltó una carcajada que desconcertó a su amigo. ” Pero, imbécil, si era yo, avisándote que también estaba ahí escondido”,  le soltó. Adón no salía de su asombro.

Desde aquella noche en el cementerio, en el invierto de 1945, nunca se habían vuelto a ver. El de la Renault había logrado escaparse a Ponferrada, pasar por León y Burgos, llegar a Irún y desde allí, cruzar la frontera hacia Francia a través de no se sabe qué artimañas. Adón, en cambio, se había quedado en el pueblo y pasado algún tiempo en una cárcel de Montforte de Lomos, convencido casi durante toda su vida de que, a pesar de que no fuese demasiado creyente, los muertos podían hablar. No pudo resistirse de decirle lo que pensaba a su antiguo compañero de lucha : ” ¡¡ Me cago en la madre que te parió!!”. Al oír la conversación, toda la sala  entera se destornillaba de risa.

Adón se había forjado en el pueblo reputación de hombre valiente, casi el único en ser capaz de plantarle  cara a la caciquil familia de Don Toñito y al inquisidor de Don Ricardo. Era una especie de héroe, con un nutrido periplo penitenciario y el cuerpo molido a palos en más de una ocasión. Claro está,  las revelaciones de Hipólito en el hostal, a oídos de todos, hicieron caer el “mito”.  El pobre Adón se convirtió en el hazme reír de todo el pueblo y pasó de ser ese héroe que había sido para muchos mineros, a convertirse en un hombre “acojonado” y “cagado por las patas abajo” ante un supuesto fantasma que ni siquiera era real.

Mi padre siempre contaba esa historia.  Nosotros nos reíamos al oírla. Al recordar aquello, solo puedo llegar a una conclusión en torno a la condición humana : que todo hombre, incluso el más  valiente del mundo, ( y  Adón era uno de ellos vive perseguido por la sombra de sus propios miedos.  Pero sobre todo, hoy, me doy cuenta de que, detrás de los dramas individuales y colectivos de la guerra y la posguerra, también había un  lado gracioso. Supongo que fueron esas anécdotas las que hicieron más llevaderos los duros años del franquismo. En efecto, nuestra historia política y social, es una auténtica tragicomedia.

 

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PEPE CARVALHO : UN ANTI-HÉROE EN LA “FICCIÓN HISTÓRICO-POLÍTICA” DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN.

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He oído decir muchas veces  que el Marlowe español es sin duda Pepe Carvalho. Las comparaciones siempre me han parecido odiosas, más todavía cuando se hace tabula rasa de los contextos históricos en los que se mueven las  distintas figuras ficcionales y que no siempre son equivalentes  desde un punto de vista social como cultural. Este “comparativismo intuitivo” que, claro está, no hay que confundir con el “Comparativismo” “serio” como subdisciplina de la teoría y hermenéutica literaria “académica”, alberga el mal añadido de que tiende a desvirtuar a los personajes  y hacer que pierdan “inteligibilidad” propia. Y la “inteligibilización” del perfil de Carvalho solo es posible desde nuestra  realidad española y catalana y  esto porque es un producto de la misma.

Particularmente, la imagen del detective Carvalho con la que más me quedé, sobre todo allá por los años 80, fue encarnada en Eusebio Poncela, a través de la plomiza serie que emitía TV1 en aquella época y dirigida por el argentino Adolfo Aristariain.  Supongo que el relativo rechazo que me generaba aquel fastidioso producto televisivo condicionó en mucho mi mirada .  Eusebio Poncela fue uno de los mejores actores de la Transición, que aceptó  interpretar uno de los peores papeles televisivos de su vida y a través del que distorsionó por completo el personaje que se suponía que tenía que simbolizar. Cuenta la leyenda que el contrato de Vázquez Montalbán con el Ente Público  vino ayudado por las horas bajas y los apuros económicos que atravesaba el autor, dejándolo sin margen de maniobra frente a los criterios de productores, directores y guionistas. Esa misma leyenda acaba con la publicación de ” Asesinato en Prado  del Rey” (1987) y que según se narra, fue la forma que tuvo   Vázquez Montalbán de tomar su revancha.Tuvieron que pasar los años y caer en mis manos las primeras novelas del escritor barcelonés para confirmar que aquella serie era una auténtica birria, después de vaciar al personaje de todos sus matices y convertirlo en una burda y caricaturesca aproximación a la criatura de Vázquez Montalbán.

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Más allá de todo ello,  lo que sí llama la atención  fue la habilidad  del escritor para inventar una figura como Carvalho, que sin embargo  las malas lenguas vinculaban a una simple   clonación de su propia personalidad. Visto así,  el autor barcelonés habría estado en lo meramente auto-ficcional  o en la ficción verídica, faltando al esfuerzo de imaginación y creatividad literaria exigida a todo escritor que reivindicase ese apelativo. No fueron pocos los que  se  preguntaron  si Pepe Carvalho hacía función de camuflaje, de mascara  de su propio  padre o si en realidad  tenía vida propia y una biografía que contar más allá de su creador.  Esa era al menos la hipótesis que planteó en su momento  Manuel Blanco Chivite  con su obra  Carvalho, un detective de ficción ( Ediciones Vosa, 2007) un libro corto, pero profundo y sesudo, que tuve ocasión de rescatar en los cementerios de la biblioteca de Granollers.

Apuntaba Andreu Martin precisamente en el prologo al libro de Blanco Chivite, que él nunca había creído en los personajes detectivescos, porque en realidad carecían de verosimilitud y existencia propia, dado que sus experiencias eran inconexas y sin pasado.  Según el “Maìtre à pensée” del “Noir” español, si algún personaje de ficción hacía excepción, era Carvalho. Y es que Vázquez Montalbán había sabido a través de las veinte novelas que constituyeron la serie, describir la evolución y los cambios personales y existenciales de un personaje que adquiría humanidad a través de las metamorfosis de su  periplo. La verdadera cuestión está en saber si, como lo apuntan los más malintencionados, los diferentes perfiles y estados anímicos que irá adquiriendo el personaje, no eran en realidad el espejo de la propia evolución vital de su creador, del personaje “paralelo”, como  lo llamará Blanco Chivite en referencia a Vázquez Montalbán.

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De origen gallego, Pepe Carvalho es un hijo de la posguerra, de los vencidos y del exilio, como el propio padre de Vázquez Montalbán. Milita en el Partido Comunista y se casa con Muriel, una compañera de partido de ideas ortodoxas. Las desavenencias con su mujer vienen condicionadas por los factores ideológicos, que Muriel lleva hasta lo ridículo y patético, al considerar que el placer sexual y la belleza femenina son un producto “pequeño burgués” del sistema capitalista. La delirante  personalidad de su pareja  les acaba llevando a la ruptura.

           Alejado de la sombra de Muriel, Carvalho irá evolucionando en coherencia con sus posturas heterodoxas y actitud crítica respecto al desmanes  estalinista del PSUC.  Su gran amigo por aquel entonces es Cerdán, un compañero de partido con el que discrepa constantemente y que resulta una caricatura ficcional del emblemático filosofo y teórico marxista, Manuel Sacristán.  Pero por la vida de Carvalho también irán circulando otros personajes como Biscuter, un quinqui que conoce en la cárcel y con el que va adentrándose en las artes gastronómicas. Carvalho  es hasta entonces un hombre rodeado por  Rojos y chorizos. Al salir de la cárcel,  dará un paso más en su evolución y se cruzará en su camino Wonderful, el agente de la CIA  a través del que entrará en el servicio de espionaje norteamericano. Un cambio de rumbo de Carvalho que quedó ilustrado en ” Yo maté a Kennedy”. (1972.) Después de la CIA  vendrá Bromuro, el limpiabotas que ejerce de confidente y el personaje de Sánchez Bolin, un escritor gordo que parece caricaturizar al propio Vázquez Montalbán y que plasmó en obras como “El balneario” (2002). La memoria urbana de Barcelona, en especial la de las Ramblas y de Vallvidrera está siempre presente en las diversas etapas vitales de Carvalho y que en realidad no deja de ser esa misma ciudad condal que está en los recuerdos de juventud del autor.

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Durante la Transición Carvalho es ya un hombre cínico, ascéptico, apolítico, decepcionado, que  no cree en nada y termina por convertirse en un detective que cobra por sus servicios y desconfía del Estado, al que considera una organización mafiosa.  Un hombre solitario, sin otra relación sentimental que la que mantiene con Charo, una prostituta de lujo, cuando Muriel ya ha pasado al olvido para siempre y mientras sigue torturado por la muerte de Laura, una amante de clase alta cuyo asesinato le obsesiona. Para entonces, Carvalho es  un hombre preocupado por la vejez y unos años que le van devorando. Es el momento en el   personaje de Vázquez Montalbán ya había alcanzado fama y reconocimiento en el extranjero, sobre  todo gracias a “Los mares del sur” (1979), al ser galardonada con el Prix International de Roman Policier y con el propio Premio Planeta.

los mares del sur

El Pepe Carvalho de los 80 es sin duda el más interesante, por lo mucho que atestigua de toda una época. Políticamente, nunca ha creído en el ilusionismo generado por la figura de Felipe González y por eso vota a los comunistas en 1982, aunque sin demasiado entusiasmo y convencido que el PCE  va directo a su perdición. No es  una anécdota  el hecho mismo de que Vázquez Montalbán dimitiese aquel mismo año del Comité Central del PSUC. “Asesinato en el Comité Central” (1983). fue una de las mejores ficcionalizaciones literarias de los entresijos del comunismo español, la guerra entre clanes y facciones y la definitiva descomposición del gran artífice del antifranquismo.  El propio  ensayo político de Vázquez Montalbán, ” El optimismo de la razón” ( Planeta, 1988), dedicado a Rafael Ribó, reflejó la fidelidad  al PSUC, que después se convirtió en Iniciativa per Catalunya. El escritor reafirmaba así su heterodoxia frente a aquellos que consideraban que aquel niño pijo de la alta burguesía catalana resultaba demasiado insulso e incoloro en comparación a figuras míticas como Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri o dirigentes históricos como Gregorio López Raimundo. Vázquez Montalbán  tampoco creía en el dirigente socialista Felipe González, ni  menos todavía en el pujolismo, aunque algunos años antes se hubiese opuesto con firmeza al Manifiesto de los 2300 lanzado por gente como Federico Jiménez Losantos y Amando de Miguel, las futuras estrellas de la caverna mediática que se habían dedicado a atizar la polémica sobre la cuestión lingüística   No cabe duda  que Vázquez Montalbán   trasladó al personaje de Carvalho su propia incredulidad ante  el ilusionismo del PSOE.

Comité central

En mi adolescencia y primera juventud, cuando un servidor era militante de las Juventudes Socialistas, los constantes torpedos de Vázquez Montalbán contra el guerra-felipismo  solían desconcertarme, sobre todo a la vista de la hipnosis que aquel líder carismático ejercía en todos nosotros. Felipe González acabó defraudando a la sociedad española, convirtiéndose en el cerebro del terrorismo de Estado,  el amigote de multimillonarios y el cómplice de la extrema-derecha venezuelana anti-chavista.  No es descabellado afirmar hoy que el tiempo terminó por darle la razón a Vázquez Montalbán. Sobre la biografía política del escritor barcelonés abundan un buen numero de artículos y trabajos, pero merece la pena señalar, por ejemplo, la obra de Mari Paz Balibrea, En la tierra baldía ( El Viejo Topo, 1999), un ensayo que recorre la evolución política e intelectual del escritor desde las decepciones que generaron los acontecimientos del Mayo del 68 o la propia edición de  Francesc Salgado , Manuel Vázquez Montalbán. Obra periodística ( 1960-1973) ( Debate, 2010). 

postmodernidad

La última etapa de Carvalho fue la de la Barcelona olímpica del 92 y su agotamiento es el puro reflejo del que está sufriendo entonces su creador. Hay unanimidad en reconocer que Vázquez Montalbán vivió su último tramo de vida presionado por los compromisos contractuales con el sello Planeta, pero zarandeado por una creatividad mermada que le llevaban a la repetición y el autoplagio. En efecto, El laberinto griego (2005) y Sabotaje olímpico (2001)  fueron sin duda su obras menos logradas y más repetitivas.  Pero lo que está claro es que había una relación inter-subjetiva y complementaria entre Vázquez Montalbán y su personaje, donde las fronteras entre la realidad y la ficción, la verdad y la mentira terminaron tornándose borrosas. Carvalho fue, en efecto,  un anti-héroe  en medio una ficción verídica sobre la realidad histórico-política que le tocó vivir a Vázquez Montalbán.

 

laberinto

 

La auto-ficción está a menudo denostada, olvidándose que no mantiene una forzosa riña con la calidad literaria y que la subjetividad personal del escritor siempre se filtra en cualquier historia inventada, por grandioso que sea el imaginario fantasioso de la obra. Otra cosa bien diferente es que  las historias autoficcionales no tengan otro estatuto que el de instrumentos  de auto-terapia o  auto-ayuda. De éstas  abundan hasta la saciedad y de ello dejan un buen ejemplo los  policías metidos a escritores y dedicados a la auto-apología o lo que es peor, a la apología de la ideología policial, en base a tramas insustanciales en el espíritu  de la “literatura de entretenimiento” más barata. Una tendencia que sin embargo hay de distinguir y no confundir con lo que fue la labor de Vázquez Montalbán, dado que la auto-ficcionalidad a la que se prestó el creador de Carvalho no despojaba sus historias de un lado magnético : el compromiso político y social con su  propio tiempo. En ese sentido, es muy difícil desvincular el cínico personaje de Carvalho de las ilusiones y decepciones que vivió la propia generación de Vázquez Montalbán.  Como nos lo recordaron Javier Sánchez Zapatero y Alex Martin Escribà, Carvalho   fue  el ojo crítico a través del que Vázquez Montalbán vertebró una mirada desencantada sobre la realidad circundante y ello en base a una postura contra-cultural y un realismo social de un profundo escepticismo.  A través de él, su creador hizo sobre todo una crónica de toda una etapa de la historia política y social española, de los sueños que se forjaron durante la posguerra y el antifranquismo y de las enormes desilusiones que trajo la Transición y Post-Transición. Así lo apuntó al menos el propio Vázquez Montalbán :

” Mi vida no tiene mucho interés- decía- Ha sido más historia que vida hasta los setenta y desde entonces, es más literatura que vida”.

Desde luego, Vázquez Montalbán no era un nostálgico, porque consideraba que la nostalgia era la que impedía tener una mirada serena y lucida sobre el pasado.   El prestigioso estudioso del género negro y policial español, José Colmeiro  en su compilación, ” Manuel Vázquez Montalbán,el compromiso con la memoria (Contributors, 2007), apuntó cómo  Carvalho   se convirtió en el instrumento mediante el cual  Vázquez Montalbán se erigió, efectivamente, en un “fabulador del ayer”. Quizás sea ese el gran mérito del personaje de Carvalho, recordarnos el sentido de la “memoria”, que es a lo que nos estamos acostumbrando a perder en los tiempos actuales y en un clima de derrota del pensamiento y de la utopía.

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LAS PUERTAS DEL PASADO : SOBRE “ELS ENEMICS SILENCIOSOS” DE MIREIA LLINÀS

 

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A pesar de sus apenas treinta años y un aire de joven muchacha ingenua, tímida y existencialista, Mireia Llinàs ( Barcelona, 1985) ya tiene hecho un cierto camino profesional y eso le convierte sin duda en una privilegiada en un país como el nuestro, que ya lleva tiempo relegando al basurero laboral o al exilio a nuestros jóvenes talentos. Graduada en Cine y Audivisual, ha participado como guionista en diversas series de televisión y  trabajado como analista de  proyectos cinematográficos. El año pasado quedó finalista en el Premi Agustí Vehí (2015)   empezando  a hacer hablar de ella en los corrillos del “Noir”  en catalán. Ha participado recientemente en el Festival Tiana  de Novela negra  catalana (2016)  y también en el finalizado BCNegra 2016. Este año acaba de publicar su primera novela, “Els enemics silenciosos”, ( Columna, 2016) . Llinàs no se define como una escritora de género negro en el sentido estricto, porque no le gustan las etiquetas. Es una apasionada de la indagación en el pasado y su relación con el presente. Por eso creo que se inserta en esa ascendente corriente por la que este blog y un servidor apuestan con fuerza : el híbrido   entre el género negro y el género histórico.

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Nora es una joven detective que trabaja en una unidad especial de los Mossos de Esquadra y  que posee un don : desplazarse al pasado. No elige las épocas hacia las que viaja, sino que son éstas las que le llaman  y siempre por un mismo motivo, un crimen sin resolver. De forma inesperada, se ve llevada en el tiempo hacia  El Indiano, una sala de baile de ambiente descocado y situado por lo que entonces todavía se denomina, el Barrio Chino. A las puertas de la Guerra Civil, allí conoce a un joven, Enric, del que se enamora, revelándose su relación imposible, a la vista de que el espacio-tiempo les separa. De nuevo en el siglo XXI,  Nora es avisada de un caso  a finales de los años cuarenta. Una prostituta de lujo, Dolores Rey, muy vinculada a la alta sociedad de aquel momento, ha sido brutalmente asesinada por tres hombres.  Un anciano de un barrio popular de Barcelona, Marcelino , que conoce los poderes de Nora,  le pide a la detective que resuelva el caso. Marcelino mantiene una deuda con aquella mujer :  el regalo de un coche de juguete que le devolvió la infancia en la misera y hambrienta España de la posguerra.  Marcelino está  convencido de que el caso se cerró deliberadamente en falso.  Un cerrajero y antiguo delincuente, su hijo y un amigo con problemas psiquiátricos habían cargado con el crimen sin verdaderas pruebas.

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Tras indagación por parte de Nora,   todas las sospechas apuntan a que detrás de esos tres hombres más o menos oscuros y sin un motivo concreto para asesinarla,   existen muchos pasillos oscuros que llevan hacia gente muy poderosa del régimen franquista,  entre otros, un militar procedente de la aristocracia y con una carrera prometedora y una alta autoridad eclesiástica. Nora y su compañero Pere, un mosso con el que mantiene una relación ambigua, están decididos a resolver el caso, a pesar de que nadie tenga interés en que se reabra.  Durante sus vaivenes entre el pasado y el presente, Nora se va a encontrar con un obstáculo que amenaza su propia vida : Dos hombres gemelos y siniestros, por lo visto, con el mismo poder que ella para desplazarse en el tiempo, intentan impedirle que descubra la verdad. De forma paralela irán surgiendo una serie de personajes directa o indirectamente relacionados con la víctima y sus supuestos asesinos, entre ellos, un militante anarquista que simboliza  la última resistencia frente al franquismo y un régimen que se verá abocado a convertirse en una pieza clave  el ajedrez de la Guerra Fría.   A  lo largo de sus viajes, en medio del peligro y la intriga, Nora se encuentra de forma intermitente con Enric, sobre el que van pesando los años, pero del que no han cambiado los sentimientos por ella.

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A través de la figura de Nora, Mireia Llinàs nos lleva hacia los tiempos más oscuros de la tenebrosa y parca España de la posguerra. Es también  por los caminos de la trama que van desfilando unos valores sociales y  tradiciones culturales y populares, hoy, inimaginables para nosotros y en el seno de nuestra sociedad democrática, pero que dominaran la vida colectiva española a lo lo largo de los 40 y 50. Llinàs nos pasea además por la memoria urbana y arquitectónica de Barcelona, llevándonos a lugares que ya solo moran en los libros y en el recuerdo de los más ancianos. Pero la obra  tiene el mérito, sobre todo, de denunciar la hipocresía de una sociedad revoluta y arropada en los signos de un régimen dictatorial y la doble  forma de medir del nacional-catolicismo. Mireia Llinás nos recuerda cómo bajo el caparazón de la moralidad , pueden reinar en realidad actitudes profundamente inmorales y basadas en el abuso contra quienes sufren del desamparo.  Y al contrario también, cómo detrás de personas a las que la sociedad condena , pueden existir en realidad valores humanos y  éticos. La bajeza, los prejuicios  y la mezquindad de las clases dominantes recorre  la obra, pero al mismo tiempo las de unas clases populares  presionadas por las circunstancias de un régimen de represión y terror.

Mireia Llinàs aporta su propio estilo a esta nueva tendencia narrativa negro-histórica, dado que ha añadido ciertas dosis de novela fantástica, aunque sin forzar lo inverosímil, (vicio en el que suelen caer bastantes autores en este género), trabajando con inteligencia el mensaje de la trama. La influencia de su formación como guionista se deja notar, dado que se desliza en la historia cierta magia propia de las artes audiovisuales, pero sin apartarse de la reglas de la tradición narrativa. Nos equivocamos  al pensar que una novela, en principio pensada para el entretenimiento del lector, carece siempre de sustancialidad y se muestra ajena  a la crítica de las realidades políticas, sociales, culturales o históricas. La obra de Mireia Llinàs viene a confirmarlo.

                                   Els enemics silenciosos es una novela que no está falta de moraleja, dado que nos recuerda  la necesidad que tenemos de saldar nuestras deudas con aquellos que nos quisieron y el lado atemporal del amor y del cariño. Pero sobre todo, nos interpela sobre el hecho de que nunca conseguimos rehacer el pasado por mucho que lo revivamos y que solo podemos cumplir con la obligación moral de brindarle reparación a aquellos que fueron agraviados en él.

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ANAMARÍA TRILLO : ” QUERÍA VER HASTA QUÉ PUNTO SE PUEDE REPARAR EL ALMA HUMANA TRAS UN DESASTRE DEMENCIAL”

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Fotografía Click&Play

Periodista y editora, Anamaría Trillo está entre los nuevos autores y autoras que  han ido surgiendo bajo la identidad de lo que se ha venido a conocer como Generación Subway. Una corriente literaria y poética que ha girado alrededor del sello  Playa de Ákaba y bajo el impulso del novelista Lorenzo Silva y la poetisa Noemi TrujilloAnamaría Trillo  escribe desde que era muy joven y ahora acaba  de dar el gran salto con su primera novela, ” Amaneció de nuevo Madrid” ( Playa de Ákaba,2015). Una obra que ya está en su segunda edición, pero sobretodo, un magnifico regalo literario y un alegato contra la desmemoria. Obra inserta en la más exquisita tradición realista, “Amaneció de nuevo Madrid” es un homenaje a los “vencidos”, una reflexión sobre la adolescencia robada, pero también una oda a la esperanza incluso en las peores circunstancias. A lo largo de esta entrevista, conversamos sobre esta nueva  e importante aportación a la tradición narrativa sobre la guerra y la posguerra española.

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Tu periplo ha sido hasta ahora como editora y lectora. Ahora estás al otro lado de la barrera en condición de escritora. Supongo que la percepción de las cosas no es la misma de un lado como del otro. ¿Qué es lo que separaba a esas dos almas?

Puede parecer que la faceta de editora puede ayudarte como escritora a la hora de saber qué puede funcionar y qué no, qué es bueno o qué no lo es, pero en realidad no es así. Te ayuda a tener cierto criterio sobre lo que quieres escribir, te ayuda a la hora de tener un poco más de visión sobre lo que hacen los demás, pero ningún editor tiene una bola de cristal como para saber qué libro tendrá éxito y cuál no. Cuando estoy en mi papel de editora, intento olvidarme de que yo también escribo, para no juzgar las obras de otros autores como si fueran mías, busco algo de objetividad y pongo a trabajar a la lectora, no a la escritora. Lectora, editora y escritora son tres formas de enfrentarse a un texto que son diferentes, a veces pueden complementarse y otras no. En cualquier caso, las tres forman parte de mí, aunque lo cierto es que leo desde niña, escribo desde niña y soy editora como adulta. Quizás las dos primeras están más presentes en mí, o al menos de una manera más “natural”.

Coincidiendo con el aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, han ido proliferando bastantes novelas sobre este periodo histórico y al mismo tiempo retomando fuerza la narrativa sobre la guerra y la posguerra en España.  ¿Se puede decir que se está rompiendo con los recientes años de silencio narrativo sobre esta etapa de nuestra historia?

Hay mucha gente que opina que hay demasiadas obras sobre la guerra civil española, pero yo no estoy de acuerdo. En otros países se ha tratado el tema de la guerra y la memoria de manera más profunda, y creo que en España aún tenemos mucho que hacer para llegar a ese nivel. Sí se está rompiendo ese silencio, pero debe romperse aún más y no confundir silencio con olvido o perdón. Me parece que en España, quizás por culpa de un sistema educativo deficitario, no se estudia suficientemente nuestra historia, y lo que es más grave, nuestra historia más reciente.

Hablando de enseñanza, todos conocemos la fama de “maría” que solía tener y sigue teniendo la historia. ¿La literatura  es una forma más amable de conocimiento del pasado, más asimilable, vehicula mejor la construcción de la memoria colectiva?

Es una pena que la asignatura de historia no tenga el lugar que merece en nuestro sistema educativo, y así nos va. Hay generaciones enteras que desconocen hasta los datos más básicos de nuestra historia: lamentable. Yo la recuerdo de manera dispar, hubo profesores soporíferos, pero también hubo quienes me contagiaron su pasión.

Podemos hacer la misma valoración respecto de la literatura. Creo que no se estudia ni suficiente ni en la dirección adecuada. En cuanto a vehículo de memoria colectiva, efectivamente, creo que la literatura ayuda a aprender sobre nuestra propia historia de manera más amena, aunque también tenemos que aceptar que de manera más subjetiva.

Lo ideal sería poder combinar ambas. Entiendo la utilidad de las asignaturas de ciencias, no discuto que son muy necesarias, ahora bien, también creo que las humanidades deberían tener su justo valor. Para que los ciudadanos de verdad puedan ser libres tienen que leer, aprender a forjarse sus propias opiniones: estudiar historia, filosofía, sociología, literatura… Es increíble que muchos jóvenes no sepan por qué tenemos una monarquía y no una república, por qué Gibraltar no es español, qué responsabilidad tenemos en los refugiados saharauis, etc. Presumimos de libertad, pero tenemos la libertad que nos da el dinero.

Si me permites el inciso y contrastándolo con el profundo realismo de tu novela, no te parece que series televisivas de éxito como, por ejemplo, “ Amar en tiempos revueltos” o “Velvet”,  han tendido a caer en la más escandalosa frivolización de un periodo histórico muy doloroso para la sociedad española y que, para colmos, relativiza la envergadura del franquismo? 

Estoy completamente de acuerdo. En las pocas ocasiones en las que he visto alguna de estas series he acabado enfadada y quitando la televisión. Se ha frivolizado absolutamente un tiempo que fue terrible. En los 40 y 50, los españoles y las españolas no eran como nos quieren hacer ver. Son meros folletines donde priman las historias de amor, pero no se profundiza en absoluto en la realidad. Mucha gente me pregunta por qué escribo de manera tan realista y la verdad es que me gusta ser muy precisa, con obsesión casi de cronista, porque creo que en la vida real están las mejores historias, los mejores giros argumentales, los personajes más creíbles. Quizás resulto pretenciosa al decirlo, pero si estas series folletinescas han gustado al público, no se imaginan los productores lo interesante que resultaría una serie de la vida de Margarita en Madrid. Estoy convencida de ello.

Supongo que, al igual que muchas escritoras y escritores que han abordado este periodo histórico, te habrás imbuido de toda la literatura sobre la guerra y la posguerra, sobre todo de las obras más clásicas y emblemáticas que proliferaron desde la generación del 50 hasta la producción de los 80 y 90. ¿Cuáles han sido tus influencias literarias, qué autores te marcaron más?

Pues en realidad mi influencia literaria viene de bastante más atrás, en Amaneció de nuevo Madrid he tratado de emular, humildemente, al gran Benito Pérez Galdós. He querido beber de su realismo. He leído mucho sobre la guerra y la posguerra, sí, pero no ficción, y lo he hecho así precisamente para no verme influenciada sobre lo que escriben los demás.

¿Por qué Madrid como contexto narrativo?

Madrid es una ciudad maravillosa. Me encanta pasear por ella y tiene una historia apasionante. Sé que muchos escritores buscan evadirse de su realidad buscando lugares lejanos, países ajenos o lugares exóticos, pero yo quería escribir de lo que conozco, de lo que puedo ir a ver en cualquier momento, de lo que me trae recuerdos…

El título “Amaneció de nuevo Madrid” es muy sugerente y enseguida se da uno cuenta de que en tu espíritu debió de estar esa tenebrosa posguerra que vivió la capital. Supongo, por otra parte, que eso te debió de exigir mucha investigación. ¿Cómo trabajaste para preparar los materiales para tu novela?

Pues leyendo lo más posible sobre nuestra historia, consultando a los que saben, escuchando a quien te quiere contar cosas… la documentación ha sido apasionante. Hay mucha gente aficionada a la historia de Madrid con webs, blogs, etc. Me he empapado de los libros de algunos cronistas oficiales de la Villa, como Pedro Montoliú o Ángel del Río, y también, como periodista, he buceado por la hemeroteca de diarios como el ABC.  Como digo, un trabajo apasionante.

Aunque tu historia es puramente ficcional, te he escuchado decir que el periplo de tu protagonista, Margarita, hunde sus raíces en la experiencia de algunas mujeres de tu familia. Supongo que tus sensaciones no debieron de ser exactamente las mismas al indagar en las hemerotecas   o al  escuchar las “historias orales” de personas de carne y hueso que además te son personalmente próximas. ¿Al ponerte a escribir, cómo  enfrentaste el reto  de  gestionar el equilibrio entre la objetividad del dato y la subjetividad de la experiencia humana? 

Creo que ahí se nota que tengo dos perfiles: periodista y escritora, y una forma de ser: curiosa y con ganas de aprender. Como periodista me he enfrentado a los datos de manera aséptica —al menos en esta novela—, he querido retratar un Madrid lo más fiel a la realidad posible, teniendo en cuenta que por mi edad no he podido conocerlo en los años 40. Ha sido un proceso de documentación laborioso pero apasionante. Como escritora, esos datos fríos es como si los hubiera cocinado, templado y aderezado, pero eso sí, con sumo cuidado para no perder verosimilitud. El aderezo son recuerdos, cosas que me han contado, anécdotas que he leído… para escribir, leer lo es todo en realidad y escribir esta historia me ha supuesto leer mucho. No te imaginas la pila de libros que tengo para leer ahora que estoy con mi segunda novela.

Margarita es una adolescente de 14 años, casi una niña. ¿Por qué eliges esa etapa vital y no, a mujeres  adultas como protagonistas y sobre las que sin duda también hay mucho que contar respecto a ese periódico histórico?

Quería mostrar la invisibilidad de la mujer, y esta comienza desde niña. También quería que quienes no lo han vivido o a quienes no les han contado cómo era España en aquella época vieran cómo era la infancia, cómo se trataba a la mujer, cuánto han cambiado las cosas y también que hay que seguir luchando para que cambien aún más. Las mujeres adultas son personajes muy interesantes, pero la inocencia que tiene Margarita es un elemento esencial en esta historia. Los hombres ganaron o perdieron una guerra, pero creo que todas las mujeres perdieron la guerra.

Supongo que el hecho de que tu protagonista sea una mujer, debió de ser una elección personal y no sé si deliberadamente comprometida. Te lo digo porque, más allá de los debates bien conocidos que dominan a la crítica y teoría literaria feminista, es una evidencia que existe una “historia silenciada”, una invisibilidad “literaria” de la experiencia de las mujeres en aquellos tenebrosos años del primer franquismo. 

La elección del personaje femenino vino “impuesta” por la idea en la que se basa la historia: una niña que entra a servir en la ciudad y debe dejar su hogar y familia. En cualquier caso, el tono de la novela es de denuncia de esa invisibilidad. Es cierto que el papel de la mujer durante la guerra y la posguerra ha sido absolutamente silenciado, durante la guerra lucharon valientemente y durante la posguerra sacaron adelante a sus familias cuando no había casi con qué. Hay que tener en cuenta el papel que cobró la mujer durante el franquismo, el adoctrinamiento de la Sección Femenina, su anulación absoluta frente al hombre, la humillación de arrebatarle sus derechos. A veces me pregunto cómo una sociedad puede tratar tan mal a las mujeres que le han dado la vida.

La adolescencia “truncada” o “robada” es un tema recurrente en buena parte de la tradición narrativa sobre la guerra y la posguerra. ¿Aunque te pueda parecer una especulación filosófica, te preguntaría si, efectivamente, piensas también que los acontecimientos y las circunstancias, como le ocurre a Margarita, tienden siempre a robarnos alguna etapa de nuestra vida?

En la novela lo expreso así y estoy convencida de ello: una guerra civil es lo peor que le puede pasar a una sociedad. Nuestra guerra civil es como una brecha en el siglo XX, una ruptura brutal en el progreso que podríamos decir normal de nuestra sociedad. No hablamos de ejércitos ni campos de batalla, al estilo de las campañas del siglo anterior, hablamos de personas que fueron arrolladas por una sublevación, por un golpe de estado que sembró el odio, y odio es lo que recogió. ¿Qué se puede esperar de las personas que sufrieron algo así? La vida se quiebra a su vez, es imposible olvidar, en muchos casos, es imposible perdonar. La juventud robada es un elemento común en todas las guerras, y sin embargo la historia recuerda a los adultos que no actuaron como tales, sino que sentados en sus despachos jugaron a odiarse, incapaces de detener la barbarie.

También hay muchos personajes secundarios, pero que, paradójicamente, tienen un enorme magnetismo y sus vidas cotidianas  se revelan como un valioso testimonio sobre una época condicionada por un bien determinado ambiente ideológico, político y social. ¿Pretendías quizás buscar vías narrativas alternativas a las de la novela histórica pura y dura, siempre centrada en los grandes personajes y acontecimientos, incidiendo en cambio mucho más  en la memoria de los “ de abajo”?

La verdad es que no veía ningún atractivo en contar esta historia a través de personajes conocidos; es cierto que esta novela no es una novela histórica pura y dura, pero no quería ensalzar ni vapulear a nadie, ni siquiera entrar a valorar lo que dicen los biógrafos de uno u otro bando. Quería contar historias con minúsculas, mucho más interesantes, por otra parte. Jugué a un paseo imaginario por el Madrid de la posguerra, y quise contar lo que vería en ese paseo. Madrid en esa época no eran las parafernalias franquistas, ni los desfiles de la Victoria; Madrid eran los madrileños día a día, la lucha por sobrevivir, por encontrar qué comer, por vencer a la miseria y a la enfermedad, y, sin embargo, la gente se enamoraba, amaba a sus hijos, se inventaban canciones, chistes, la gente bailaba en las verbenas… quería ver hasta qué punto se puede reparar el alma humana tras un desastre demencial, y eso había que hacerlo buscando almas diferentes entre la gente corriente.

También hay cuestiones como el amor o el matrimonio y en el que ilustras los roles tradicionales de las mujeres y el encorsetamiento de las relaciones entre los géneros en esa  España “integrista” del nacional-catolicismo. Hay algunos escritores y cineastas sobre esta época que, a veces, con el único objetivo de jugar con el morbo del lector o espectador, extrapolan rituales amorosos de nuestro tiempo,  distorsionando el contexto histórico y las mentalidades y valores culturales y morales que le estaban asociados. Tú, en cambio, eres de un exquisito realismo. ¿Explícame una cosa, cómo se pone una escritora actual y moderna en la piel de una mujer española de los años 40?

Es verdad, muchas veces nos encontramos películas o novelas en las que algo “cojea”, a mí esas cosas me chirrían, pero existen, y es que se trata a los personajes como si fueran personas de nuestro siglo, tienen reacciones o pasiones que no son propias de su época. Creo que esa labor es fundamental a la hora de crear una ficción, y  por ejemplo metiendo un desnudo a destiempo o una escena de sexo apasionado estropeamos todo el trabajo previo. En los 40 no se amaba como ahora, recordemos que ni siquiera los esposos se veían desnudos. Todo era pecado, el sexo era un vehículo para la reproducción, la familia católica era la base de la sociedad y la moral estaba por encima de cualquier otra cuestión. Había hipocresías para todos los gustos, es verdad, pero ese “integrismo”, como dices, marcaba absolutamente a la sociedad.

Yo aún iría más allá en la pregunta y es cómo una mujer del siglo XXI puede ponerse en la piel de mujeres y hombres de los años 40. Creo que he recreado bien a todos los personajes, tanto masculinos como femeninos. Tengo el defecto de meterme mucho, quizá demasiado, en la historia y los personajes. Hay autores que se olvidan de que ellos no son sus personajes; yo no soy ninguno de mis personajes, ellos tienen vida propia aunque sólo sea dentro de mi cabeza y como tal cada uno decide, piensa y actúa en consecuencia. Es un trabajo fascinante, por eso creo que me gusta tanto escribir. Vives otras vidas, experimentas sentimientos que nunca tendrías… es maravilloso. Por ejemplo, jamás se me ocurriría matar a otra persona, pero puedo imaginar cómo sería y qué implicaciones tendría.

En “Amaneció de nuevo Madrid” describes muchas situaciones, sobretodo la de los “vencidos” en las que domina  la pobreza, el hambre, las heridas personales, la soledad, las injusticias y la desmoralización. Sin embargo, a diferencia de otras novelas inspiradas en esta época, casi siempre muy tremendistas y pesimistas, en tu obra hay un “rayo de sol” narrativo, un toque de optimismo y la prueba está en que el final no alberga esa parte dramática y desconcertante que han caracterizado a otras obras. ¿Consideraste quizás que era necesario serenar la mirada sobre un pasado político, social e histórico tan complicado y casi siempre sujeto a condicionamientos ideológicos y percepciones maniqueas?

 Yo tengo, como todo el mundo, mis propias opiniones, mi ideología, pero no quería que la novela fuera una muestra pública de ello. ¿A quién le iba a interesar? Mi opinión, en cierto sentido, no era lo importante. Si después de leer la novela, alguien tiene curiosidad por saber mi opinión sobre ciertas cosas, nos tomamos un café y se lo cuento.

He hablado más de los vencidos porque procedo de aquellos que fueron vencidos, qué duda cabe de que eso me ha influenciado al igual que el hecho de que considero que el 18 de julio de 1936 es una abominación, pero ¿qué ganaba con mostrarlo a las claras en una novela absolutamente inventada? Nada. Efectivamente, me serené y busqué hacer un retrato de época, contando esas historias que parece que no son importantes, pero que en realidad lo son, y mucho, porque son las historias de quienes nos dieron la vida a los que nacimos con la democracia. La idea de que siempre hay una esperanza nace de ahí, de que a pesar de todo, la gente de mi generación pudimos nacer en libertad. La novela no es una historia de buenos y malos, héroes o villanos, es como la vida misma, donde no ganan siempre los buenos, ni los malos tienen justo castigo. La vida es injusta, es como es y, pase lo que pase, el ser humano siempre sale adelante, más o menos tocado, pero siempre sale adelante. Prueba de ello es que nuestros abuelos vivieron una guerra, hambre, frío, miseria… pero nosotros estamos aquí. Ojalá no lo olvidemos nunca, ese es el propósito de esta novela.

Al leer tu novela y después recapitularla, tuve la extraña sensación en algunos momentos de ver el Madrid de hoy, azotado por años de conservadurismo, en los que  la desigualdad y la exclusión, la falta de oportunidades y el abuso de poder son notorios. ¿Si me permites la reflexión, no dirías que, aunque aborda un contexto histórico bien localizado, “Amaneció de nuevo Madrid” es de una asombrosa actualidad?

Absolutamente cierto. En la posguerra, Madrid era una ciudad de acogida, donde la gente del mundo rural buscaba una vida mejor. Hoy en día, en Madrid hay mucha gente que viene de fuera buscando una vida mejor. Ahora mismo, al igual que entonces, encontramos lugares donde brilla una ciudad llena de opulencia y también rincones donde pulula la más terrible de las miserias. Hay semáforos donde se paran coches con precios obscenos mientras en la acera se arropa bajo una manta mugrienta un ser humano que hace tiempo que ha dejado de ser tratado como tal. Madrid tenía esos contrastes, y los sigue teniendo. Amaneció de nuevo Madrid podría contarse hoy en día perfectamente.

Desde un punto contextual y estético, tu obra recorre muchos lugares emblemáticos de Madrid, que no solo han forjado la identidad cultural de la capital, sino también la memoria individual y colectiva  de sus habitantes. Sin embargo, justo cuando estaba en las últimas paginas de tu novela, me enteré de que una multinacional china pretendía demoler el Edificio España y que el Café Comercial cerraba sus puertas. ¿No te da la impresión de que en Madrid, sobre todo en medio de esta crisis y del imperio de lo económico, se están destruyendo, por decirlo de alguna manera, sus “ lugares de la memoria”?

El imperio económico no sabe de nostalgias, ni de fotografías en blanco y negro, tradiciones o leyendas. Si un edificio sobra, se tira. Da igual lo que represente. Que hay que cerrar un local emblemático, se cierra. No cuidamos de nuestra memoria, sólo cuidamos de nuestro futuro y no nos damos cuenta de que somos de donde venimos y no a donde vamos. Básicamente porque nadie sabe qué traerá el futuro. En realidad, con las cosas nos pasa como con las personas, las viejas nos molestan. No somos capaces de honrar a nuestros mayores, ¿vamos a honrar un edificio o un monumento? La especulación se ha cargado la zona de Canalejas, se han borrado del mapa antiguos frontones que malviven como fantasmas emparedados, se han “perdido” preciosos monumentos como el templete de acceso al metro en Gran Vía… pasan los años y nada parece importar, sólo que los grandes inversores nos llenen de tiendas y colorines la ciudad. A mí me gusta mucho mirar fotografías antiguas y la verdad, no veo que ahora la ciudad sea más bonita que entonces. Supongo que soy rara, o demasiado nostálgica, pero me da miedo que deje de importarnos que arrasen con todo, los chinos, los especuladores, los políticos… o todos a la vez.

Ya para ir acabando, tu novela abre muchas posibilidades hermenéuticas,desde la reivindicación del papel de las mujeres o la denuncia de la infancia robada, pasando por la crítica social y política. Sin embargo, a pesar de la diversidad de las subjetividades lectoras, es evidente que el autor también tiene un mensaje e intención concretos. ¿Cuál ha pretendido ser el tuyo?

Supongo que el mensaje es que la vida sigue. La novela es sólo un pedazo de historia, lo importante es que para cada uno de nosotros salga el sol mañana por la mañana. No he descubierto la rueda contando lo que pasó a los vencidos, ni cómo sufrió la población en la posguerra o cómo se anuló a la mujer en el franquismo, sólo quería contar algunas cosas que deseo que no se olviden.

Siempre te has reivindicado como editora y periodista. ¿Podemos añadir también que ha nacido una escritora que ha emprendido un sendero por el que va seguir a partir de ahora caminando?

Esas son mis dos profesiones “serias”, las académicas, las que uno emprende para ganarse la vida. Luego están las pasiones, esas nacen contigo. Como escritora nací el primer día que escribí ficción —allá por la niñez—, ahora bien, Amaneció de nuevo Madrid es la prueba palpable de que una de mis pasiones podría ser una profesión. Es la que más me gusta de todas, y es en la que soy más yo, pero no está tan claro que pueda ganarme la vida con ello. La carrera literaria es complicada. El futuro dirá cuál de las tres toma el timón en mi vida, quizás las tres, no lo sé. Provengo de una familia obrera, he tenido que trabajar mucho para conseguir lo que tengo y no poseo un apellido que me permita sacar una novela y ganar aún más dinero del que ya tengo atesorado, así pues no queda más que seguir trabajando, seguir escribiendo, seguir apostando por lo que creo que es ser escritora y vivir con el deseo de que mañana amanezca.

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El POLICÍA QUE ERA “ROJO” : REFLEXIONES SOBRE “NUEVE DÍAS DE ABRIL” DE JORDI SIERRA I FABRA

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                  Jordi Sierra i Fabra (1947), es un escritor polifacético, que reúne en su haber más de cuatrocientas obras, desde la novela infantil y juvenil, pasando por el realismo crítico y el género histórico, sin olvidar su amplia producción  ensayística, muy en especial en el ámbito de la crítica e historia musical. Hombre de izquierdas y de hondas convicciones catalanistas, Serra i Fabra es sin duda una de las figuras más importantes del panorama cultural y intelectual catalán y español, que ha sabido combinar una producción literaria amena y de gran público ( más de diez millones vendidos), pero al mismo tiempo profundamente social y comprometida.  Su perfil como escritor de género negro y policial también es bien conocido y ha cosechado un gran éxito, sobre todo a través del personaje del Inspector Miquel Mascarell.

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La singularidad del Inspector Mascarell es haberse erigido en una figura   “de época” y situada en un contexto histórico pretérito : la dictadura franquista. Surgido en el panorama del imaginario literario con la novela ” Cuatro días de enero” Plaza & Janés 2008) , una trama centrada en la experiencia de Miquel Mascarell en los primeros días de la entrada de los “Nacionales” en Barcelona en 1939, Jordi Sierra ha ido trazando el periplo de su anti-héroe  a través de los sucesivos años de la posguerra con  novelas como Siete días de julio (2010); Cinco días de octubre (2011);Dos días de mayo (2013);Seis días de diciembre (2014), todas ellas publicadas por Penguin Random House.

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Miquel Mascarell es un  policía purgado tras la Guerra Civil por su lealtad a la legalidad republicana. Condenado a muerte, pasará finalmente ocho años en el campo de trabajos forzados del Valle de los Caídos. Al final es indultado y retorna a su ciudad natal, Barcelona. Ya nada es lo que era, puesto que encuentra a una ciudad derrotada y humillada, víctima de la represión acaecida en los peores años de la posguerra.  Mascarell lleva su condición de Inspector en la sangre, pero su mentalidad ya no corresponde con los métodos de la policía del nuevo régimen que se ha impuesto tras la derrota de la República. Pasados ya los sesenta, decide investigar los casos por su cuenta.Personaje entrañable, Mascarell es sobre todo el testigo de una época, política y socialmente frustrante. A través de su periplo, devuelve visibilidad literaria a una España parca y oscura, internacionalmente aislada, dominada por curas y militares y bajo el espíritu de la arraigada catalanofobia del régimen franquista. Mascarell es  simboliza el universo de los “vencidos”  y el esfuerzo de supervivencia en el contexto histórico de una dictadura que se va antojar interminable dentro de una España inmersa en las tinieblas del nacional-catolicismo. En ese sentido, Mascarell es ante todo y por encima de todo, un icono literario de la Memoria Colectiva y que Jordi Sierra ha vuelto a plasmar en una sexta novela ” Nueve días de abril” ( Plaza &Janés, 2015)

                       

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Siempre desconcertado por el ambiente social y político que le rodea, Mascarell supera el paisaje de la mediocridad colectiva  con el consuelo de una vida personal en la que encuentra felicidad al lado de su segunda mujer, Patro, una ex-prostituta treinta años más joven que él y junta a la que sobrevive económicamente gracias a una mercería.   Corre el mes de abril de 1950, a unos días de celebrarse el San Jordi, uno de los pocos símbolos del catalanismo cultural que todavía quedan en pie . Dos siniestros detectives acuden  a la tienda requiriendo la presencia de Miquel  en la comisaria de la Vía Layetana, símbolo de la represión franquista en Cataluña.

                        Agustín Maniat, el hijo de un antiguo amigo periodista de La Vanguardia y fusilado tras la guerra, Rubén Maniat, acaba de ser arrestado acusado de asesinato. El sospechoso tenía apuntada en su agenda una cita con Mascarell antes del homicidio y la policía pretende averiguar la naturaleza de su relación con él. El caso es incomodo para el régimen, dado de que se trata de la muerte  de  un diplomático en reserva, Gilberto Fernández, un hombre  vinculado a la embajada española en los Estados Unidos y conocido por una vida moralmente cuestionable. Efecto añadido, Gilberto Fernández ha vivido toda su existencia obsesionado por su amor hacia la madre del sospechoso, Mercedes Maniat, a la que conoció durante la Segunda República. A pesar del paso  de los años, Fernández  había seguido obsesionado con  Mercedes, aprovechando su viudez y proponiéndole una relación. Hombre poderoso, amenaza con hacerle la vida imposible a ella y  su hijo, si no accede a su petición, sobre todo a raíz de los orígenes republicanos de éstos. Poco después, Fernández es encontrado muerto con varias puñaladas en la espalda. La policía necesita arrancarle una confesión a  Agustin Maniat y cerrar el caso cuanto antes a la vista de sus consecuencias en el entramado del régimen franquista y del propio mundo diplomático español, interesado  en cuidar su imagen ante los Estados Unidos, en el contexto ya de la Guerra Fría y en el que España parece abocada a jugar un papel determinante como bastión del anti-comunismo. En medio de la trama juega un papel determinante una mujer bella y misteriosa, Sofía, que desaparece el día mismo del asesinato de Gilberto Fernández y que un primer momento aparece como  la verdadera clave del homicidio. Alrededor de la trama giran también la viuda del diplomático, Elisenda Narváez, una mujer procedente de la alta sociedad barcelonesa, fría y calculadora y que ha vivido amargada por la indiferencia de su marido, todavía enamorado de Mercedes Maniat, su hijo Rosendo y Amalia, que mantenían una relación conflictual con su difunto padre.  Mascarell cree en la inocencia de Agustín Maniat y toda la trama va a consistir en demostrarla mediante la búsqueda de esa mujer de identidad incierta.

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La novela es de lectura ligera, rica de diálogos y austera en narración y en la que los personajes expresan sus miedos y angustias en un país dominado por la represión, donde la palabra es siempre fatídica y en la que los silencios resulta la única protección. Se trata de una entretenida obra de género negro y policial que combina el thriller y la intriga de la novela de espionaje, el amor, la pasión, los celos, las amarguras y las frustraciones. Todo en ello en un contexto dominado por   las problemáticas políticas, sociales e históricas de la Guerra Fría, brindando un elocuente testimonio de esa Barcelona y  España ya revolutas de los peores años del franquismo, pero muy presente en la memoria  de muchos ciudadanos. La trama ilustra a la perfección un país   abocado a jugar un papel importante de la confrontación Este-Oeste y en que las esperanzas en la restitución de un régimen democrático se ven poco a poco disueltas por los intereses internacionales.

El personaje de Miquel Mascarell es  un buen recordatorio de cómo la valentía consiste fundamentalmente en mantenerse fiel a las más profundas convicciones, aun en las circunstancias históricas más adversas. Jordi Sierra nos recuerda efectivamente que los verdaderos héroes son los  “vencidos” y los perdedores.

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RELEYENDO A CARMEN LAFORET : SOCIEDAD Y CONDICIÓN HUMANA EN “NADA”

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Figura enigmática, Carmen Laforet (1921-2004) es sin duda uno de los grandes iconos de las letras españolas y de la literatura universal . El elemento a destacar con más hincapié  todavía, es el hecho también de que representó a una nueva generación dentro de la narrativa española,   cuya singularidad se manifesta por partida doble  debido al propio contexto histórico en la que surgió : la posguerra. Carmen Laforet fue una de las personalidades literarias que más contribuyeron  a cubrir ese vacío dejado por el exilio de la intelectualidad republicana. Junto a autoras como Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa o Ana María Matute rompió con la cosificante concepción del papel de la mujer en la sociedad  que vino a ser impuesta por la dictadura franquista en los oscuros años 40.

                                     Laforet no es encasillable en eso que con un tinte “esencialista” se denomina “literatura femenina“, pero si testimonió de la experiencia de las mujeres como escritoras en ese  masculino  contexto literario de la posguerra española.  I Premio Nadal  de las Ediciones Destino  en 1944  tras quedar fascinados por su manuscrito Ignacio Agustí  y  Joan TeixedorNada se convirtió en uno de los grandes referentes de nuestras letras. Discreta y aborrecedora de la vida pública, Carmen Laforet se fue progresivamente aislando y  recluyendo en el silencio a partir de los años 70 y esto hasta el momento de su muerte en el 2004. Cómo reconocerá en su correspondencia con su amigo Ramón J.Sender,  se sentía incómoda y desplazada en medio de las rivalidades, las envidias,  las intrigas y las enemistades que dominaban en los círculos literarios. Su ausencia pública y mediática, por lo que parece, determinada por una depresión personal y después por una grave enfermedad degenerativa que le llevará a la muerte a los 82 años, fue sin embargo compensada de largo por el reconocimiento que tuvo su producción, en la que abundan relatos, cuentos,  novelas cortas,  libros de viaje, además de numerosos artículos. Ana Caballé e Israel Rolón son autores de un muy recomendable ensayo sobre la escritora, completamentable con la propia biografía  publicada por  su hija y también escritora Cristina Cerezales, Música blanca, centrada en los últimos años de la vida de su madre.

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Todos los autores y su producción literaria viven rodeados por sus sombras y su glorias. Si La mujer nueva (1955), obra plomiza y desconcertante respecto al original perfil moderno y feminista de Laforet ,es la indiscutible “sombra”,  Nada representa su infalible gloria y cuyo espíritu narrativo vuelve a aparecer en La isla y los demonios (1952) . Junto a La familia de Pascual Duarte de Camilo José CelaNada marcó  un hito en la historia cultural e intelectual  española de la posguerra. Aunque con prosas y estilos narrativos muy alejados el uno del otro, a  Cela y Laforet  les une  la virtud de una magistral descripción de esa España de los 40 asolada por la desmoralización y el desconcierto y en la que va a primar la existencia de seres atormentados y heridos : que poca correspondencia mantenían con ese universo triunfalista y fantasmal de la Nueva España  que se esforzó en transmitir la propaganda franquista en los primeros años que siguieron a la “victoria”.

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                     Edgar Neville ofreció una versión  cinematográfica de Nada en 1947 y en  las complicadas circunstancias de ese oscuro cine del franquismo. La obra de Neville, a cuyo guión contribuyó la actriz principal, Conchita Montes, no genera unanimidad, dado que según sus críticos  se pierden en el camino el espíritu y el sentir de los personajes y esto muy a pesar de la excelencia interpretativa de Tomás Blanco y Rafael Bardem. Particularmente siempre he creído que las “adaptaciones” cinematográficas son  “interpretaciones” lectoras que no pueden nunca empatizar del todo con el autor literario. Aun así, sí se le reconoce a Neville el mérito  de haber  escenificado con muy loable habilidad el mundo incoloro y tenebroso que rodeaba el contexto histórico de la obra de Laforet.

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                   Nada vino aventajada por el prestigio del recién creado premio Nadal por los hombres de Destino, escapando de las garras de la censura gracias en parte a los vínculos que el antiguo y disidente órgano de propaganda de la Falange todavía mantenían con los entresijos del poder.  Está por saber si  la ausencia de esa  misma y afortunada circunstancia no habría conducido a las mazmorras del silencio una obra que, sin albergar una “retórica política y social” en el sentido estricto, si conserva una estructura narrativa y una trama que es muy difícil no “subtextualizar” ( leer entre líneas, cómo se suele decir) en términos precisamente políticos  y sociales.

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Edgar Neville

Obra maestra y pieza esencial en los materiales didácticos de aquella famosa asignatura de “literatura española” en nuestra época del bachillerato, tengo en memoria el  método nada pedagógico con la que aquellos profesores  nuestros presentaban a Nada y  la propia figura de Carmen Laforet. Todavía recuerdo cuán desmotivante resultaba la lectura obligatoria de aquella obra y el “trabajo de clase” que se nos imponía a esos  adolescentes que éramos entonces y que, cómo tales, permanecíamos impregnados por el anti-intelectualismo propio de nuestra edad.

Es obvio  que las lecturas y los procesos de “hermeneutización” que las circunscriben nunca son descontextualizables de la mentalidad y los valores culturales imperantes en el periodo en el que se sitúa el propio  lector. Crecidos en los años 80 y impregnados por el post-moderno temperamento hedonista e individualista de la época, qué decir que Nada resultaba una inapetecible obra “clásica” de la literatura española cuya trama y estructura narrativa se nos antojaba un martirio. Ya agobiados por aquella “maría” que era la ” Historia de España” y el torturante aprendizaje “memorístico” de fechas y acontecimientos históricos de los que no alcanzábamos a comprender el significado, leer una novela inspirada en los años de la posguerra española resultaba, por lo tanto, tarea de bien escaso aliciente.

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Como efectivamente las  hermenéuticas literarias  se desarrollan bajo el peso de nuestras etapas vitales y experimentales, quise hacer estos días una “relectura” de aquella obra que en mi adolescencia tan penitente me había resultado.  Hoy  compruebo el contraste entre mi época de “bachiller” (apurado en acabar el “trabajo de clase” sobre Nada con ideas atrapadas al vuelo ) y el deleite hoy de su relectura junto a café y cigarrillo y en ese sofá que nos embruja los fines de semana a los ya cuarentones.

En mis manos tuve este pasado fin de semana esa obra de Carmen Laforet que se había quedado apalancada en mi biblioteca como un reliquia de mi juventud. De esta manera, vine a recuperar una trama y unos personajes que moraban de forma vaga en mi memoria. Tengo que decir que me quedé atrapado en las telarañas de esa  Andrea que tanto agobio me había producido en los años de instituto y por los propios personajes que la rodearán en ese gris y angustioso ambiente familiar de la calle de Aribau. Si alguna escena recordaba sobre la llegada de la protagonista a Barcelona, cargada con una maleta repleta de libros y de ilusiones, esta vez percibí con más claridad la descripción de esa capital catalana asolada por la desmoralización y la humillación de la derrota y que enseguida harán desvanecerse las expectativas de Andrea.

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Algo similar me ocurrió con los personajes que dominan el ambiente de aquel piso sucio, azotado por la ruina económica, la miseria, las privaciones y el hambre y que daba testimonio de la decadencia de una familia de la burguesía media catalana. La desagradable sensación que, recuerdo,  habían producido  en mi adolescencia los personajes de Laforet, se contrapone también con la manera en la que me “engancharon” con mi  relectura de adulto, descubriendo una faceta entrañable en ellos, muy a pesar de la oscuridad que los rodea. La narración en primera persona que realiza Carmen Laforet fortifica los vínculos entre la autora y el lector, creando un clima de “intimidad” que te hace quedar poseído por la novela y como si un ser real tuvieses delante tuyo confiándote los secretos de su existencia.

La trama  de Nada también se ha revelado más clara, comparado a esa lectura rápida y bajo la presión de los plazos impuestos por el profesor de literatura para la entrega de “mi trabajo de clase” y del que dependía aprobar o no la asignatura. Esta vez despertó en mi un enorme interés por comprender el desenlace de ese violento conflicto que triangulizan Román, su hermano Juan y la mujer de éste, Gloria.

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Rafael Bardem en el papel de ” Román”

No pude impedirme de embarcarme en un regocijante y apasionado  análisis de la psicología, experiencia y condición  vital  de los personajes. Enigmático y fascinante resulta Román, un antiguo y talentoso músico, algo cínico, maligno e intrigante, que le profesa un odio a muerte a su cuñada Gloria y que por lo que parece no ha hecho otra cosa que causar estragos en la vida de todas las mujeres que se le han podido acercar. Según se viene a entender, espía de los ” Nacionales” durante la guerra y después contrabandista metido en oscuros negocios en la posguerra, Román ejerce como un imán una terrible atracción y curiosidad en AndreaRomán es sin duda el personaje más interesante, por ese mismo talante cínico y sin escrúpulos y por el enigma que rodea su relación con Gloria durante la guerra y las razones del profundo desprecio que le acaba  expresando en todo momento. Antes de que la propia narradora nos lo vaya haciendo entender, el lector enseguida empieza a intuir la oscura, sospechosamente lujuriosa y traicionera relación entre  Gloria y Román durante la contienda y las razones de la propia enemistad de éste con su hermano Juan. Pasión, odio y amor se entremezclan en ese enfrentamiento sin tregua que se libran.

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Tomás Blanco como ” Juan”

Aunque hoy en día podría aparecer como un ser despreciable  a la vista del debate social sobre la violencia de género, Juan es, después de todo, un producto de la propia realidad histórica en la que se contextualiza la trama y donde el patriarcalismo que caracteriza al régimen franquista le ha conferido un poder infalible a los varones. Aun así, Juan suscita cierta amable simpatía e incluso comprensión  en el lector : la sistemática y cotidiana violencia que ejerce sobre Gloria no deja de ser el reverso de sus frustraciones como pintor, en realidad sin talento. Su profundo afecto hacia su  hijo pequeño, al que dedica todos sus cuidados y la parte pasional y de amor-odio que caracteriza la relación con su propio hermano Román, destilan una  profunda parte humana, siempre en contraste y lucha con su propia violencia de carácter y la progresiva locura que lo va envolviendo.

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                                          Conchita Montes como “Andrea” y María Delgado como ” Gloria”

De los personajes femeninos, Gloria compite en interés para el lector con el de la propia protagonista, Andrea. Convencida de su belleza y juventud, Gloria está torturada por la situación de su matrimonio, guiándole  de forma simultanea el amor y el temor hacia Juan. Al igual que muchas mujeres de hoy, se encuentra bajo la presión psicológica y el yugo  de su violento marido, viéndose desgarrada entre el afecto que todavía le tiene y la voluntad de abandonarle aun a riesgo de su vida. Cierta sorpresa y conmoción  producen en el lector sus artimañas como jugadora, sacando un dinero que hace creer a Juan que procede de la venta de sus cuadros sin cualidad artística. Gloria exaspera  por momentos los nervios del lector con su auto-adulación en la que siempre sale a colación su bondad, intentando convencer a Andrea sobre la ilegitimidad del odio que le presta su mezquino y ruin cuñado Román y el cotidiano maltrato de su  marido Juan. La personalidad de Gloria  viene a ser un reflejo de su propia desolación en medio de una familia burguesa venida a menos y en la que la escasez de  bienes materiales es equivalente a la abundancia de conflictos y violencia.

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María Cañete como “Tía Angustias

Los restantes personajes femeninos de la calle de Aribau conservan sus luces y sombras. La abuelita, ( a la que Carmen Laforet nunca identifica por su nombre de pila), impregnada por una demencia senil y  que ya sólo parece ser un espectro de si misma, suscita esa condescendencia  que por lo general acostumbramos a tener con  las gentes ancianas. La abuelita no sólo brinda prueba de la crueldad del paso del tiempo y de la propia decadencia de las gentes de la calle de Aribau, que además deja entrever un antiguo temperamento de madre “castradora” a la vista de la obsesión que tiene por Juan y Román y de la relativa indiferencia que siempre han suscitado en ella sus hijas. Tía Angustias, en cuanto a ella, estricta y controladora, exterioriza un aire de “Bernarda Alba” que hace que el lector ansié verle fuera de escena, sintiendo la tentación de entrar en la novela y volverse cómplice de Andrea. Angustias es un personaje carcelario y posesivo, que pretende sustituirse a la también dominadora prima Isabel, de cuyo yugo Andrea se cree fuera de alcance una vez llegada  a esa  Barcelona de su infancia, de sus sueños y  garantía de libertad y felicidad.   Su relación sentimental de juventud con su jefe, Don Jerónimo, reconfirma el lugar que ocupa el rencor, el resentimiento y la frustración en el ambiente de la calle de Aribau. Angustias opta por los hábitos monjiles, tras haberse convertido en la expresión de la mujer católica e intachable inscrita en el integrista imaginario del nacional-catolicismo. Aunque perfecto testigo de la nueva mujer que se impone tras la Guerra Civil y la total liquidación del ambiente de libertad y progreso traído por la República, es  de agradecerle a Laforet no haber estresado al lector con un personaje que se va quedando en el olvido a lo largo de la trama.  A todos esos personajes femeninos de la Calle  de Aribau se suma finalmente  el de Antonia, la criada. Sin  apenas dialogo, es en mi opinión un personaje de  “paja” y del que el entorno da entender su maldad y enfermizo enamoramiento de uno de los señoritos de la casa, Román.

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Los personajes y el contexto externo a ese piso de la calle de Aribau (la parte nuclear de la trama y origen de la singularidad narrativa de Nada) tienden por momentos a hacer menguar la paciencia, atención e interés del lector. Esto con independencia de que la figura de Enea, la amiga  y compañera universitaria de Andrea, tenga una condición de vaso comunicante con la trama de la calle de Aribau al haber estado su madre en relación amorosa con el indómito Román. La curiosidad de Enea por Ramón vuelve a confirmar la inoptizante  atracción que el tío de Andrea ejerce en las mujeres que se cruzan en su camino.

 

El mundo universitario con el que se encuentra la provinciana, descaudalada y muchos días hambrienta Andrea constituye el universo de los “vencedores” y de los señoritos como Pons, Guixols, Iturdiaga, que parecen ser los únicos privilegiados en tener derecho a soñar con el romántico santuario de las letras y las artes. Aunque la amistad de éstos ocupa un lugar central para Andrea, dado que es a través de ellos que consigue evadirse del agobiante ambiente familiar , no cabe duda también que brindan testimonio de las diferencias sociales en esa desgarrada España de la posguerra.

La esporádica aparición de Gerardo en una cuidada y galante indumentaria que oculta mal su falta de dinero, también se convierte en  un signo de ese carnaval de apariencias detrás del que es amordazado el grito de una Barcelona que se muere de hambre. En los breves pasajes sobre su relación con Gerardo se discierne enseguida esa mentalidad avanzada y feminista de Laforet y que vuelve a plasmar en Andrea. Andrea enseguida pierde interés por Gerardo al ver en él a un machista misógino y egocéntrico  que sólo sirve para semental. Ese aliento feminista contrasta con el delirante y patético misticismo de La mujer nueva y que parece un resultado de las sucesivas crisis de depresión de Laforet.

                          Jaime, el acaudalado novio de Enea, mozo con la carrera de arquitectura sin acabar y sin otra dedicación que el gastar el dinero heredado, así como los propios y ricos padres de su amiga, son representados bajo su forma más gentil  y generosa. Como si se tratasen de un dique frente al mar de desgracia, pobreza y violencia que representan los tíos de Andrea. No siendo Nada una novela “política” y habiéndose visto publicada en un periodo de feroz censura, difícil es imaginar que, aun queriendo,  Carmen Laforet pudiese haber estado tentada por una crítica hacia las clases dominantes. Sin embargo,  no es descabellado pensar que en esa España herida de muerte  por la Guerra Civil , pudiesen haber buenas personas atrapadas contra su voluntad en los dos extremos de un túnel sin salida. Mérito de Nada y de Laforet fue sin duda poner de relieve la parte más humana y menos ideológica de los personajes. Algo que contrasta con la producción literaria y las artes escénicas posteriores a la Transición Democrática, mucho más militantes y  políticamente discursivas en el momento de abordar la temática de la guerra y la posguerra y por lo tanto,  también más sarcásticas, punzantes  y demoledoras con el mundo de los “vencedores“.

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La vida del piso en la calle  de Aribau acaba en tragedia con el suicidio de Román y  sin que Andrea pueda deshacerse de esa mezcla de terror y pasión que le produce su tío. Su ausencia, despierta nostalgia en ella. Andrea concluye, cómo ella dice, que Román ya estaba muerto desde hace mucho tiempo y con su suicidio no hizo otra cosa que devolver a ese invierno del que procedía.  Juan se verá para siempre atrapado en el torbellino de la locura y de la violencia, mientras Gloria va sintiendo un relativo alivio ante la muerte de un cuñado al que tiene por malvado y sin piedad  y la propia y definitiva partida de la criada Antonia, sin consuelo ante la desaparición de ese señorito Román del que estaba  enamorada.  Esto   mientras  la abuelita seguirá envuelta en su demencia senil, agravada por el remordimiento y el dolor. Con un toque de final agridulce, Andrea abandona la calle de Aribau para trasladarse a Madrid gracias a un trabajo que le ha facilitado el padre de Enea y con el que va a poder sufragar la continuidad de sus estudios universitarios.

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A diferencia de las obras inscritas en la tradición del realismo literario de posguerra y donde la tragedia,  la miseria y el tormento  se convierten en el principio y fin de las tramas, Nada da un aliento al futuro, a la esperanza y al optimismo. Aun así, realza el desconcierto y la desolación de Andrea, que conservando en su memoria  un recuerdo lleno de luces sobre sus parientes de la calle de Aribau, no encontrará otra cosa que a seres destrozados en su interior por un motivo u otro. Nada efectivamente ha encontrado de lo que   reinaba en su recuerdo de infancia y en su propia esperanza de vida en Barcelona.

             La novela alberga en su seno una función de “memoria histórica” sobre una determinada sociedad, la de la posguerra española y que libera margen para las interpretaciones más políticas y “sociales” de la obra de Laforet. En ese sentido es de una flagrante contemporaneidad con esta España actual ,donde las distancias sociales se incrementan a pasos agigantados y la ruina de las clases medias se confunde con la de la propia gente de la calle de Aribau, retrotrayéndonos al ambiente social de periodos históricos dominados por el abismo entre “ricos” y “pobres”, la desestructuración, el desarme psicológico, la falta de esperanza y la angustia ante el futuro.

Si alguna problemática levanta también esta obra maestra de la literatura española, es la existencial. Nada nos interpela y recuerda sobre de qué   manera la idealización y magnificación de las cosas y de los seres, ( que es lo que caracteriza a Andrea en el momento de su llegada a Barcelona) , acaban siempre derrotados ante esa cruda realidad en la que el sufrimiento y la bajeza de  los sentimientos se erigen en la inherente sombra de la condición humana.

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