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HISTORIAS TRÁGICO-CÓMICAS DE LA POSGUERRA ESPAÑOLA (II) : TURRÓN EN EL ARMARIO

turron

 

En mi casa, en Noche Buena, los que quince comensales que somos habitualmente, solemos hablar de muchas cosas, la mayoría sin importancia, pero graciosas. La política y el trabajo están prohibidos como tema de conversación: orden de mi madre, que ejerce de matriarca del clan. Sin embargo, siempre surge por una razón u otra. Solo que esta vez no hay discusiones, porque tenemos todos la misma mirada sobre la Memoria Histórica. Cuando brindamos con cava, mis hermanos siempre sueltan la misma exclamación : ” ¡ Viva la República!”. Y entonces se fastidió y nos vemos incapaces de cumplir las ordenes de mi madre. No, no entramos en disertaciones sobre la Guerra Civil y sus causas, ni sobre el franquismo (aunque se cuele algún exabrupto contra la derecha española, lo reaccionaria y retrograda que es y el mucho daño que le ha hecho y sigue haciendo a este país).Lo que surgen en la conversación son sobre todo memorias individuales de aquel trágico episodio. La principal, la de María, una pariente.  Como preámbulo, María acostumbra a hacer siempre el mismo comentario : ” ¡Uff, cuanta comida! Cuando pienso que, cuando era niña, no teníamos nada por Navidad, ni siquiera una tira de turrón.” ¡Y zaaasss! Me gusta escuchar las historias que cuenta María sobre los años de la posguerra y en especial, sobre su infancia y adolescencia, la misma que nunca tuvo.

María es de Toledo y con 12 años, se trasladó a trabajar a Madrid como “chica de servir” o mejor dicho, como esclava, que eso  es lo que eran en los 40 las empleadas de hogar. Entró en una casa de gente adinerada, que había hecho fortuna gracias al negocio del extraperlo  durante la guerra y la inmediata posguerra. Por lo  visto, los “señores” eran muy católicos, apostólicos y romanos, pero debían saltarse alguna pagina del Evangelio, dado que no tenían  empacho en jugar con la usura. En suma, formaban parte de esa casta de oportunistas que sacaban provecho del dolor y la miseria colectiva y que, por pura lógica, siempre exaltaron las virtudes del Caudillo, puesto que era gracias a él que se habían hecho de oro. Nuestra pariente guarda un recuerdo terrible de aquella casa y todavía es hoy el día en el que, con  más 80 años de edad,  no deja de emocionarse y entristecerse cuando cuenta su periplo. Pero sobre todo, cuando hace mención a un detalle: su obligación  de  servir el día de Noche Buena. Siempre evoca a sus padres, que vivían en el pueblo, y lo mucho que les añoraba en esa fecha tan señalada.

Sin embargo, hay algo  mucho más importante en esa adolescencia “robada” que fue la de María. El recuerdo de la mesa de vajilla y cristalería lujosa de los “señores” y los manjares y vinos caros que se ponían. Todo, mientras ella y sus otras compañeras que servían en esa casa (que eran niñas también), se morían prácticamente de hambre. Eso sí, esperaban que aquellos “feudales” se fuesen a dormir con el estomago lleno  y la mente embriagada, para poder “picar” algunas porciones de turrón.Pero nada. La “Señora”, que rezaba todos los días, también parecía olvidarse de uno de los principales preceptos  de la Fe Cristiana : la caridad. Antes de irse a dormir, se aseguraba de guardar las bandejitas con turrón en un aparador cerrado con llave, de esos que había por aquel entonces, con vitrina.

Las niñas-esclavas no iban a tener oportunidad de oler otra aroma que el que desprendía el betún limpia botas del “Señor”. Dos de la madrugada, agotadas y con ganas de acostarse, las niñas veían cómo la “Señora” les lanzaba casi a la cara los tres o cuatro pares de botas y zapatos de su marido. La orden era clara: ” El señor las quiere limpias para mañana por la mañana a primera hora”. Con cepillo en mano, se ponían a lustrar el calzado, al tiempo que miraban de reojo la vitrina del aparador, con la esperanza de que, en un acto de mea culpa y de temor al purgatorio, la “Señora” repartiese alguna tira de turrón entre la servidumbre. Pero la expectativa no se cumplía. La “Señora” debía decirse que, siendo las niñas pobres, seguro que eran hijas de “Rojos” y que, ante tan diabólicas criaturas, cualquier buen cristiano debía hacer gala de firmeza y sin piedad.

A pesar de todo, María suele acabar su historia añadiendo un toque de humor a aquellos recuerdos tristes que siempre envuelven  su mente durante la cena de Noche Buena. Ella y sus compañeras empezaron a olor las botas y los zapatos del “Señor”.Se pasaban los calzados las unas a las otras .Apestaban a pies sucios. Y entonces terminaron riéndose y preguntándose cómo un caballero  exteriormente tan pulcro y estirado , podía tener un olor de pies tan espantoso, como para tumbar a todo un ejercito.” ¡Metíamos las narices dentro y parecía que nos íbamos a desmayar!” , cuenta hoy María, ahogada en carcajadas.“Del asco que nos daba, nos lanzamos los zapatos y las botas las unas a las otras. Me acuerdo que nos reímos mucho”.

Aquella noche, en la que la melancolía y la nostalgia habían dominado a la joven María por la ausencia de los suyos, tuvo una pequeña dosis de felicidad. Su marido, Eusebio, ( que tiene más o menos su edad), siempre le reprocha que saqué a colación malos recuerdos :él prefiere olvidar aquellos  años tan duros. Creo que se equivoca, porque pienso que no hay justifica sin memoria. De la misma manera que considero que no hay tragedia sin comedia, ni sombras sin luces.

Yo siempre escucho a María con interés e incluso la provoco para que cuente anécdotas de la posguerra, todavía sabiendo que muchos de sus recuerdos le resultan dolorosos.  Supongo que lo hago por cierto egoísmo intelectual. Al escuchar esa historia sobre el turrón encerrado en el armario a resguardo de las criadas y  ese calzado apestoso del “Señor” con el que eran humilladas hasta última hora, no puedo otra cosa que llegar siempre a la misma conclusión : que la mugre que vemos y olemos, la exterior, no es la que de verdad debe preocuparnos.  La suciedad y podredumbre  que ha de indignarnos, son las que destilan las conductas humanas y sobre todo, las que impregnan la mente y el corazón  de las malas personas. Hoy, María puede comer turrón a su antojo, pero siempre lo hace con delicadeza y saboreándolo. Creo que le gusta apreciar aquello que, en otros tiempos, anhelaba y estaba fuera de su alcance.   Felices Navidades a todos. Y por cierto : ¡ Viva la República!

 

 

 

 

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